La bola de cristal 17 años después
Las predicciones sobre la evolución de la economía y la sociedad humana tienden a ver como asunto del futuro los problemas que acucian el presente sin distinguir los que se están gestando
JULIO MIRAVALLS | 27 de abril de 2024
La vieja manía de guardar revistas, periódicos y recortes trae a veces la ocasión de sorprenderse con los recuerdos perdidos. Es lo que ocurre al tropezarse con un ejemplar de Newsweek, una publicación de gran prestigio en tiempos remotos, que ha dado tumbos desde que en 2012 dejó temporalmente de imprimirse. Hoy su fuerte es la web.
El ejemplar en cuestión es un número especial sobre “las cuestiones de 2007”, editado en febrero de aquel año y centrado, básicamente, en la crisis del petróleo con un propósito predictivo. O, mejor dicho, sobre el futuro de la energía, basándose en el petróleo, con una portada ilustrada por unas torres de refrigeración de central nuclear, un pozo petrolífero y, en primer plano, un vehículo eléctrico experimental que por entonces ensayaba Toyota, como concepto. Era un monoplaza muy de ciencia-ficción (este lego llegó a verlo en persona), menos viable que los patinetes eléctricos.
Con el barril de petróleo entonces por debajo de 30 dólares (tras haber rondado los 80 el año anterior), las reflexiones giraban más en torno a la viabilidad de esa economía que en la evolución de posibles alternativas. Que, aún así, los más entusiastas colaboradores veían enormemente inmediatas. Y mira que faltaban años y tropiezos para que cobrasen algo de peso…
Lo más acertado era, sin duda, la visión de la inminencia del gas como “rival” del propio petróleo. “Esta es una nueva era del petróleo, no el final del petróleo como lo conocemos”, escribía Leonardo Maugeri, vicepresidente de ENI.
Pero de todas las reflexiones, tomadas a vuelapluma y sin perder la referencia de que es una publicación de comienzos de 2007, la mejor es, sin duda, lo equivocadas que habrían podido ser las profecías con una bola de cristal formuladas en el año 2000.
Es bastante evidente que las predicciones sobre la evolución de la economía y la sociedad humana tienden, en cada momento, a ver como asunto del futuro las dimensiones de los problemas que acucian el presente, con poca capacidad para distinguir los que se están gestando.
CISNES NEGROS
Lo decía Fareed Zakaria, todavía opinador muy bien considerado hoy en día, refiriéndose a lo que al comienzo de este milenio eran imprevisibles cisnes negros, como un enorme batacazo de la bolsa, los aviones suicidas contra las Torres Gemelas, y las dos guerras subsiguientes, Afganistán e Irak. Pese a lo cual, el producto interior bruto estadounidense creció en esos años a mucha más velocidad que en las épocas anteriores.
Lo que, sin embargo, no parecía estar tan a la vista, en el conjunto de la publicación, era una sombra de la que entonces era ya inminente crisis económica mundial, la gran recesión, cuyo inicio sitúan los más piadosos respecto a Zapatero en 2008, para disculparle que tardase casi dos años en darse por enterado.
La realidad es que a principios de 2007 ya había estallado el escándalo de Enron, que sacudió ferozmente la economía estadounidense, y estaba a punto de desplomarse el castillo de naipes de las hipotecas subprime (“hipotecas basura”). Algo muy parecido a una macro estafa piramidal, que fue lo que arrasó la economía mundial, España incluida, a partir del verano de ese mismo año.
Petróleo y economía han sido dos pesadillas entrelazadas en los 17 años transcurridos desde aquellos voluntariosos análisis mirando al futuro. El ínclito Al Gore (convertido ya entonces en el “ex futuro presidente de los Estados Unidos”), anunciaba, desde su premiada atalaya de observación del cambio climático, que inevitablemente habría un gran cambio “con multitud de pequeñas fuentes alternativas de energía alimentando una red eléctrica inteligente”.
Probablemente imaginaba un mundo de pequeños proveedores y excedentes de autoconsumo, antes que las especulativas macro granjas de paneles solares que devoran lo que antes fueron cultivos o zonas de pasto. Ahora la crisis es el desequilibrio entre los recursos de la oferta y la demanda de energía, que a ratos puede provocar escasez y otras veces dejar la excesiva producción en valor cero. Inteligencia (en la planificación al menos), más bien escasa.
De todo ello surge una pregunta: ¿qué cambios reales estarán ocurriendo ahora mismo delante de nuestras narices mientras dedicamos el tiempo a discutir el sexo de los ángeles y magnificar antiguas ideologías totalitarias?
CHINA Y DEMOGRAFIA
La capacidad de predicción es siempre muy dudosa. Incluso cuando se recurre a sesudos pensadores, como hizo Newsweek en ese número añejo. Y no hay que retroceder nada más que cinco años para darse cuenta de que el futuro sigue igual, columpiándose sobre un endeble hilo que la bola de cristal no llega a distinguir.
Nadie previó que la entrega de toda clase de manufacturas a China, incluida la alta tecnología, durante todo este siglo desembocaría en crear un gigante económico y militar que desafía al mundo y puede estrangularlo.
Tampoco se imaginó en 2019, mientras Alemania cerraba sus centrales nucleares y se entregaba al gas barato de Putin, que una pandemia mundial (casualmente iniciada en China…) y una guerra expansionista lanzada por Rusia pondrían a todo el planeta al borde del colapso.
Las siguientes crisis seguramente ya están ahí, dibujadas, pero la bola del adivino anda perdida por el metaverso.
Tal vez el próximo gran desastre sea el estallido demográfico. En sentido opuesto a lo que los expertos vaticinaban hace 20 años: en vez de ahogarnos el exceso de población, la especie humana camina hacia la decadencia por envejecimiento.
Algunos colegas españoles se hacen eco una y otra vez de la insostenibilidad de las pensiones, porque cada vez hay más ancianos, con mayor tasa de supervivencia en años. Pero el envés de la moneda es que no se cumplen ni las mínimas tasas de reposición generacional. Los jóvenes ahora no tienen hijos y eso quiere decir que, cuando ellos sean los viejos, no habrá suficientes personas en edad de trabajar para sostener una sociedad altamente funcionarial.
O quizás la siguiente gran crisis la provocará la inteligencia artificial que, aliada con la robótica, antes o después empezará a eliminar tareas manuales, rutinarias y de baja cualificación. Que son las que, en realidad, puede desempeñar un porcentaje mayoritario de la población para conseguir su sustento.
Los grandes ejecutivos, los tecnólogos y los bien pensantes suelen asegurar que la IA generará nuevos puestos de trabajo que compensarán la pérdida de empleos menos cualificados.
Es un brindis al sol. La más probable realidad es que, cuando el modelo se asiente, las tareas de alta cualificación se concentrarán en reducidas bolsas de trabajadores de élite, muy bien preparados para apoyarse en la IA y eliminar las tareas intermedias. Las que hoy desarrolla una legión de seres humanos con herramientas o tecleando en la pantalla de un ordenador.
Y de las tareas manuales y menos exigente, no hay más que decir. Serán, en el fondo, más fáciles de reemplazar con medios mecánicos controlados por la IA.
Que la universidad reparta titulaciones a dos manos no significa que los jóvenes con un diploma vayan a tener acceso a esa élite profesional. El conocimiento, que será cada vez más exigente, hay que adquirirlo con un esfuerzo real, no con un papel burocráticamente sellado.
O puede que la gran crisis que viene sea provocada por la falta de balance entre el mundo real y la fantasía urbana de quienes pretenden escribir el guion de la vida en un contenedor digital, ignorando todo lo demás.
La bola de cristal se enturbia con la aceleración de los modelos sociales, sometidos a efímeras modas. Cuando internet empezó a popularizarse, a mediados de los noventa, solíamos decir que la web vivía “años de perro”, por la rapidez con que evolucionaba. Los hechos han demostrado también que el ciclo vital de los grandes cambios en el mundo digitalizado tiene márgenes similares a la vida de los canes: diez, doce, quince años como mucho…
Convendrá guardar alguna publicación con las predicciones que se hagan ahora para el futuro inmediato y contrastarlas dentro de diez o doce años, para reírse no de lo equivocadas que estuvieron, sino de todo lo que no llegaron a imaginar.
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