Lo que damos por sentado
Hay puntos que parecen zona de guerra, la nevada ha sido en Madrid como un bombardeo contra los árboles. Entre el coronavirus y la tormenta se demuestra que riqueza, progreso y buena vida no están tan asegurados
JULIO MIRAVALLS | 11 de enero de 2021
Los vaticinadores del tiempo (se supone que hacen predicciones basándose en datos científicos, pero su nivel de acierto resulta bastante aleatorio) podrán presumir esta vez de haber alertado sobre la intensidad que iban a tener las nevadas. Pero todo empezó y terminó antes de lo que dijeron…
En menos de un año nos hemos visto sometidos a dos pruebas catastróficas, para comprobar que no todo lo que damos por sentado de nuestra riqueza, progreso y buena vida, no está tan asegurado. El bienestar no crece alegremente en los árboles, que, además, en cualquier momento se pueden caer encima de cualquiera.
Una enfermedad nos encerró en casa y tendrá consecuencias económicas de larga duración. Y un simple, aunque avasallador, fenómeno meteorológico nos ha dejado inermes e incapaces de hacer las cosas más elementales de nuestra vida cotidiana.
En la tarde del viernes ya llevaba un rato nevando persistentemente en Madrid (debía haber sido el sábado) y las cosas empezaron a torcerse en la organización de la ciudad. A primera hora de la noche los coches patinaban o empezaban a quedarse bloqueados en cualquier lugar. Los pies se hundían hasta el tobillo en la nieve y todavía miles de incrédulos seguían cogiendo sus coches para desplazarse.
A esas horas ya había un autobús municipal subido a una acera y paralizado tras el presumible derrape. Este lunes, más de tres días después, ahí seguía inmóvil. Con un lateral pintarrajeado por descerebrados grafiteros que pretenden sentirse artistas sin otra creatividad que escribir letras grandes.
La cuestión relevante es, sin embargo, que tres días después de que empezase la nevada, que cesó en la noche del sábado para dejar que domingo y lunes luzca el sol, la capital sufre efectos de verdadero arrasamiento. Hay puntos que parecen zona de guerra.
Centenares de árboles, seguramente miles, han sucumbido a la nevada por toda la ciudad. Como en la calle Arturo Soria, una amplia avenida con un bulevar central y las dos aceras poblados por una multitud de árboles grandes y viejos, de hoja perenne y tal vez debilitados por años de escaso riego. La nieve ha sobrecargado sus ramas y sus hojas con toneladas de agua cristalizada y ha terminado por reventarlos.
Las calles, al anochecer del domingo, parecían haber sufrido un bombardeo que sólo había destrozado los árboles y estos, al caer despedazados, han sepultado los coches.
Ya en el lunes, tras una soleada mañana que algo ha derretido la nieve, empleados municipales con motosierras han empezado a trocear los troncos caídos y a practicar una poda improvisada de ramas amenazantes.
Las brigadas del Ayuntamiento empezaron a trabajar el propio domingo, pala en mano o con medios más sofisticados y ayudas militares, a abrir caminos en las calles y paso a las entradas de las viviendas.
Pero la imagen de la ciudad sigue siendo de un caos absoluto. Coches y peatones comparten los senderos abiertos en la calzada, porque las aceras siguen con medio metro de nieve donde no hay comercios o bares que se hayan esmerado en hacer camino para llamar clientes.
Si todo sigue igual, mañana será peor. Por momentos ha ido creciendo el tráfico. Cada vez más conductores se atreven a sacar su coche, si es que no yace enterrado en ramas o está enclaustrado en una prisión blanca de medio metro de altura y al menos otro tanto de ancho.
No ha dado tiempo a ver desabastecimiento en los comercios de comestibles, aunque en alguno ya se han quedado vacías las baldas de frutas, verduras y alimentos frescos. Y no será, seguramente por la fiebre acaparadora de los compradores, sino por la dificultad para mover los camiones de reparto, por las carreteras y en el interior de la capital.
Durante los peores meses de encierro por la pandemia, los suministros funcionaron. Los servicios básicos de agua, luz y gas se mantuvieron y hasta se pudieron poner medallas algunos por la infraestructura de internet, que nos mantuvo distraídos en los ERTE, teletrabajando o fingiendo estudiar.
En sólo dos días de nieve intensa (falta por ver qué pasa con las heladas que pronostican), la seguridad de todo eso se puede poner en duda. Y menos mal que, en este Madrid de las eternas zanjas en la calle, apenas quedan cables por los aires. Con la cantidad de árboles y ramas derribados, su caída sobre conducciones aéreas de electricidad o telefonía habría significado un apagón seguro.
Podrá decirse que Madrid no está preparada, por falta de costumbre, a este tipo de inclemencia. En otras ciudades más nórdicas, incluso en España, se absorben estas incidencias con más naturalidad. Pero la fragilidad de lo que damos por sentado ha golpeado también a los fundamentalistas de la transición ecológica.
La brutal subida del precio de la electricidad en estos días es consecuencia de la escasez: las energías renovables son muy interesantes, pero están sometidas a la climatología. Y precisamente suelen fallar cuando más necesarias son: ni se puede iluminar la noche con la energía solar, ni se puede garantizar luz y calor en plena tormenta de nieve con las células fotovoltaicas y los generadores eólicos.
Diez meses sometidos a prueba por fenómenos que no controlamos y los equilibrios de lo que damos por sentado se tambalean y se muestran mucho más frágiles de lo que nos gustaría creer. El pensamiento mágico, la infantilización social y la creencia de que todo es posible sólo con decirlo en voz alta y sin esfuerzo, incluso la estúpida frivolización de ponerle nombre a las tormentas para hacerlas viajeros de paso, deberían encajar todo esto como una cura de realismo.
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