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El secreto a voces de la ciudad abandonada en la selva

Está en la cima de una montaña y sus accesos fueron destruidos pero a su 'descubridor' lo llevó un campesino, había sido visitada por saqueadores y hacendados y había dos familias 'okupas'

JULIO MIRAVALLS | 28 de agosto de 2019
PERU (DÍA 10) MACHU PICHU
Los libros cuentan, no sin cierta polémica, que las ruinas de Machu Pichu fueron descubiertas por un estadounidense llamado Hiram Bingham, profesor de Yale, el 24 de julio de 1911. Así consta en un par de placas a la entrada de la ciudadela inca. La realidad es que su papel de explorador en la historia se reduce a recorrer un muy arriesgado camino por el que lo llevaron de la mano, divulgar el hallazgo y llevarse en préstamo 46.000 piezas arqueológicas a su universidad para estudiarlas. Hasta la fecha apenas han devuelto 365.

El impacto que causa este conjunto de ruinas, en la cima de una montaña sin nombre, debe sobreponerse a lo anecdótico, pero son tantas las circunstancias que es inevitable relatarlas con cierto detalle luego.

El enclave estaba llamado a ser un lugar místico y prácticamente inaccesible en la cabecera de la selva amazónica. Pero, también, una ciudad habitada y en posición estratégica, por más que referencias anteriores planteasen que sólo tenía fines religiosos.

Se han identificado 155 recintos para alojamientos y, contando también con las disponibilidades de agua, se estima que podían vivir entre 700 y 800 personas. Hay viviendas de mejor calidad para nobles y para el propio Inca (rey), templos ceremoniales y altares de sacrificios, un observatorio solar (con espejos de agua que permiten observar el reflejo del astro rey y la Luna), graneros y aterrazamientos para cultivos y otros expresamente para asegurar la estabilidad de las laderas.



Hay un recinto importante para reforzar la idea de ciudad relevante, el yachayhuasi, la casa del saber, donde exclusivamente hijos del rey y de los nobles se educaban para mantener su posición de élite hegemónica y superioridad de clase sobre la plebe ignorante. En el centro de la urbe hay una amplia cancha, una explanada con gradas, para actividades deportivas, principalmente lucha (no había juegos de pelota), y bailes. Las condiciones acústicas indican que, desde su tribuna, el rey podía hacerse oír por todos los asistentes.

También hay corrales para llamas y otros camélidos andinos, construidos a niveles más bajos que el terreno circundante, con muros de piedra y rampas de acceso controladas. La sangre de la infrecuente llama negra era uno de los sacrificios más valiosos.

En el punto más al Este de la montaña, a poco más de kilómetro y medio de la ciudad está lo que ha sido bautizado como Puerta del Sol, una construcción alineada con el amanecer, que serviría como calendario solar y como punto de control de acceso para el camino desde Cuzco.

Machu Pichu fue mandada construir por el noveno Inca Pachacútec, el gran responsable del expansionismo del imperio, en 1438. La ciudad está inacabada (como suelen estarlo siempre las ciudades), a juzgar por la gran cantidad de piedras en proceso de cortado y tratamiento encontradas. Las piedras eran recogidas en el propio lugar, no hacia falta traerlas de otros sitos.

¿Quiénes la construyeron? Una vez más la explicación beatífica recurre a la capacidad persuasiva del poder inca: lo hicieron gentes que acudían a trabajar con esfuerzo a cambio de comida y ropa, d'descubridor' Hiram Bingham lo llevó un campesino, había sido visitada por saqueadores y hacendados y vivían allí dos familias 'okupas'icen. «Sin esclavitud».

Nadie sabe cuál era el nombre real de la ciudad. No hay registros y, si consta en algunos de los escritos incas en cordones, cuyo significado depende de nudos y espacios entre ellos, el código no ha sido todavía descifrado. Hay especulaciones con el nombre de Patallaqta, referido por el cronista de la conquista Juan de Betanzos.

Lo cierto es que Machu Pichu ('Montaña Vieja' o 'Preminente') es en realidad otra montaña más alta que da cobijo al monte de la ciudadela por el lado Este. Por el Oeste, está Huyana Pichu, que ofrece una vista completa de la ciudad desde la altura, explotada como otro atractivo turístico.

Subir para visitar Machu Pichu cuesta unos 100 euros por persona, contando los 48 dólares de los microbuses, ida y vuelta. Es eso, o un duro camino cuesta arriba desde la ruta del inca. Formalmente no se puede subir ni bajar por la estrecha carretera zigzagueante de los autobuses, aunque algunos lo hacen y hay atajos con empinadas escaleras.

Buscando una referencia simbólica a los cuatro puntos, también se asocia la ciudadela con las montañas Putucusy y Salkantay, que terminan de rodearla.

Visto el afán de su constructor por extender el imperio, no parece descabellado pensar que fuera un punto de control estratégico para seguir hacia la selva amazónica. Por su ubicación sería prácticamente inexpugnable y contaría con magníficas atalayas de vigilancia a su alrededor.

Para completar el enredo con el nombre, la Ciudad de Aguas Calientes, al pie del monte y punto de entrada obligado para visitar las ruinas, también se publicita como Machu Pichu pueblo. Tiene unos baños termales como único atractivo propio, pero bulle de turistas desde antes del amanecer para tomar los primeros autobuses y llegar a verlo desde la Puerta del Sol. Aguas Calientes tiene una descabalada tipología similar a cualquier pueblecito exclusivamente turístico del Mediterráneo, sólo que sin playa. Pero tiene la exclusiva de acceso a las ruinas y, o se llega en tren desde Ollantaytambo, o caminando varios días por la ruta inca.

Las ruinas de Machu Pichu están magníficamente conservadas, con un 30% de reconstrucción en sus estructuras. Ya no es posible hacer mucho más al respecto, al haber sido declarada por la Unesco patrimonio intangible de la humanidad. Eso no permite tocar ya nada.

¿Por qué se ha mantenido la ciudad de esa manera? Porque no sufrió ninguna batalla ni saqueo. Cuando el Inca Atahualpa supo de la llegada de los conquistadores españoles a su imperio, ordenó abandonar Machu Pichu y destruir los accesos. La ciudad, vacía, fue engullida por la selva y los invasores no supieron de su existencia. Sí buscaron Vilcabamba como la ciudad perdida, donde se refugiaron los incas que abandonaron Machu Pichu. Vilcabamba también fue sepultada por la selva y no fue hallada hasta 1964, por el explorador estadounidense Gene Savoy.

Precisamente Vilcabamba era lo que buscaba Hiram Bingham, cuando le soplaron que en lo alto de una montaña había una ciudad perdida. Es de suponer que en el ámbito local era un secreto a voces. El campesino Melchor Arteaga le contó la existencia de las ruinas y le llevó a ellas por un dólar de plata. Años después Bingham escribió el libro La Ciudad Perdida de los Incas contando su versión de la aventura.

Por las ruinas de Machu Pichu habían pasado saqueadores, terratenientes curiosos, como el cuzqueño Agustín Lizárraga que dejó su nombre grabado en piedra en 1902, y okupas. Cuando Bingham llegó al lugar se encontró dos familias viviendo allí, los Recharte y los Álvarez.

Como Bingham había montado su expedición con apoyo del gobierno peruano, los okupas recibieron un dinero y unas tierras para que se marchasen. Más tarde comprendieron que se habían rendido muy barato en un asunto de gran envergadura. Todavía sus descendientes siguen reclamando.

Lo que hizo bien el explorador estadounidense, que luego se metió en política y fue gobernador de Connecticut y senador, fue conseguir apoyos para su trabajo de limpieza y excavación de la ciudad. Sin embargo, hay que atribuirle la destrucción de una parte muy valiosa. En su prisa por eliminar la vegetación selvática, organizó quemas que se llevaron por delante lo que pudiera quedar de techos de caña, bambú y paja, y las vigas de madera.

Quedó en pie la piedra de la ciudad mejor conservada del efímero imperio inca, para contar con el mejor detalle cómo y con qué sentido edifican sus construcciones.




1293 palabras / etiquetas: Viajes, Perú, Machu Pichu, Hiram Bingham, Aguas Calientes
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