El ombligo del mundo
Quedan pocos vestigios de lo que fue la capital del imperio inca, saqueados, demolidos y arrasados sus edificios por los conquistadores y los sucesivos terremotos
JULIO MIRAVALLS | 25 de agosto de 2019
PERÚ (DÍA 8) CUZCO
La Cuzco del Inca era, a finales del Siglo XV y principios del XVI, el centro del mundo. O, sí se escuchan voces de otros lugares peruanos, «el ombligo del mundo». La que fue capital del imperio está más llena de reminiscencias y memorias que de auténticas ruinas del breve imperio que no llegó a durar un siglo y medio. Sus edificios fueron saqueados, demolidos y arrasados por los conquistadores y los sucesivos terremotos.
Quedan, en algunos casos, cimientos y primeras hileras de muros de piedra, con una característica inclinación en las esquinas, al estilo de la pirámide, para distribuir las cargas y consolidar la obra sin cemento de ninguna clase. No es un hallazgo arquitectónico exclusivo de aquella civilización.
El centro de Cuzco sí está lleno de edificios coloniales, pero en todo caso reconstruidos tras grandes terremotos que se repiten cíclicamente. Es el caso de la catedral, que guarda un crucificado negro, con pollera infantil (falda para los más pequeños, para que puedan evacuar sus deposiciones sin ayuda) al que llaman el Señor de los temblores.
La figura reúne. dos historias. Por una parte, la de su color, que no es el original de la talla. Adquirió la tonalidad por efecto de los aceites con los que durante años lo limpiaron, absorbidos al tiempo que el hollín del humo de las velas, cambiando el propio color de la madera. No se puede recuperar el color original limpiándolo, explican, porque no es una capa de suciedad.
La segunda historia es todavía más sabrosa. El Cristo permanecía 30 años guardado en almacenes de la Catedral, cuando en 1650 se produjo un violento y prolongado terremoto que «duró tres credos», según las crónicas. Cuzco fue prácticamente destruida y hubo miles de muertos. Alguien pensó que podía ser un castigo del Jesús almacenado, enfadado por su encierro, asi que lo sacaron a la calle. Cesaron los temblores. Desde entonces tiene su capilla visible en la Catedral y lo sacan a pasear un día al año, el lunes santo.
La mayoría de las obras que decoran la iglesia, de un estilo barroco recargadísimo, fueron realizadas por autores indígenas, con algunos detalles de localización que ahora dan pie a una especie de estomagante nacionalismo identitario quechua-inca para hablar de rebeldía contra el conquistador español. Son detalles como pintar una última cena con un cuy (conejillo de indias, comida típica de aquí) en el centro de la mesa, y unos choclos (maíz) en un costado. Eran elementos reconocibles como alimentos para la población que iba a ver el cuadro.
También se escucha con insistencia la interpretación de que la Virgen es imagen dominante en la iglesia, incluso en el altar mayor, en vez de el Cristo, porque la interpretan como la Pachamama. La madre Tierra, la fertilidad y todo eso. Simbología panteísta indígena rebelde de la que los lerdos e inquisitoriales curas españoles no se coscaron, aseguran.
No es cuestión de tener la piel demasiado fina para percibir una especie de proceso de la memoria histórica para reescribirla, blanqueando el recuerdo de los derrotados y sus hechos. Así, no chocará en Cuzco escuchar a una guía turística decir que «el inca no era un imperio, sino una nación. La expansión no fue por conquista, sino que prometía a los pueblos protección y comercio y se unían voluntariamente». Y ya de paso se comprometían voluntariamente a pagar impuestos. ¿Y si alguno se resistía a pagar esos impuestos?, pregunta el lego. «Entonces se le sometía. Primero, con un bloqueo. No sé le dejaba comerciar…», responde con candor la experta. No hace falta añadir lo que vendría después.
A los cabecillas de la revuelta se los castigaba con el desarraigo. Eran deportados a otros lugares en sucesivas ocasiones, hasta que su familia y sus seguidores los perdían en el pasado. Cuando el inca hacía a un pueblo una oferta de adhesión, era una oferta que no se podía rechazar.
Junto al claustro del convento de los dominicos, anexo a la Catedral, se pueden ver reconstrucciones de lo que fueron templos incas del Sol, del Rayo y del Arco Iris. Tienen ventanas alineadas para recibir los rayos solares (conocer su incidencia en cada momento del año es una forma de calendario), con sus piedras encajadas sin cemento y con una hilera de hornacinas en la pared, cuyo objetivo pudiera ser tanto servir de armarios y lugares almacenamiento, como aliviaderos de tensión en caso de terremoto.
Para ver auténticas ruinas incas hay que hacer un recorrido por los lugares arqueológicos próximos a Cuzco: Sacsayhuaman, Puca Pucara y Qenqo. En el primero, se encuentra una gigantesca estructura con muros megalíticos en zigzag, para crear rincones de sombra. Era el templo del rayo, con Cuzco allá abajo, en una profunda ondonada.
El segundo era un fortín, un punto de control de aduanas. Los incas los colocaban cada 20 kilómetros, «la jornada estándar de marcha de una llama». Y el tercero, una especie de centro astronómico y ceremonial, en el que se practicaban momificaciones y sacrificios. Al menos de animales.
Para acabar la larga jornada, un sibilino randa le guinda el móvil al periodista mientras cenaba. Imposible saber si también era descendiente inca. Tres horas para presentar denuncia ante la Policía turística. «Es muy raro que roben dentro de un local», explica sorprendido el policía que acudió al lugar de los hechos.
El ombligo del mundo.
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