Estilos

La ruta del imperio olvidado

De Puno a Cuzco, dos centros neurálgicos de lo que fue el poder de los incas, hay 395 kilómetros con apenas algunas ruinas rescatadas

JULIO MIRAVALLS | 24 de agosto de 2019
PERU (DÍA 7) CUZCO
De Puno a Cuzco, prácticamente los dos centros neurálgicos de lo que fue el imperio inca, hay 395 kilómetros que reflejan retazos sueltos de lo que fue y de las nostalgias que merece o no.

Restos, propiamente, muy pocos: como ha ocurrido en todo el mundo con las civilizaciones caídas, el pueblo llano dejó en el olvido el poder y la política imperial (a menudo del terror) y arrampló con las piedras. Que es lo que les resultaba de utilidad para construir cosas nuevas y seguir viviendo.

En ese camino de Puno a Cuzco lo que queda son paisajes, desafiantes montañas nevadas a la lejos y trochas labradas en la falda de los montes para atravesarlos en duras caminatas. Y un sistema de organización de las tierras, con franjas excavadas para que sirvan de desagües cuando el fenómeno del Niño trae inundaciones.

A veces el Niño inunda y a veces hay que apuntarle una feroz sequía. En los valles todavía del departamento de Puno se ven esos terrenos en los que las zonas cultivables están organizadas en franjas alineadas, con sus canales aliviaderos entre medias, para salvarlas del agua.

Pero no es una ciencia que los lugareños deban a los incas. En realidad, es una técnica preincaica, como muchas otras de las tradiciones que se conservan, mezcladas con nuevas formas y estilos de hacer las cosas. Los canales fueron empezados por las culturas locales hace unos 3.500 años.

En el museo de arqueología en Pucará (una antigua hacienda, cuyo propietario tuvo la afición de recolectar piezas) se muestra una cronología con datos de actividad humana en la zona hasta 11.000 años atrás. La aparición de los incas, la conquista, primero, del altiplano apenas ocurrió en los años 1400 y se esfumó con la llegada de los conquistadores españoles en apenas siglo y medio.



Eso sí, dejando ruinas prácticamente olvidadas por completo.

En Raqchi, ya en el departamento de Cuzco, quedan algunas piedras de lo que fue una impresionante ciudadela inca, con un paso fortificado, pocos kilómetros más allá, que hacía las veces de control de aduana.

La ciudadela de Raqchi era un enorme granero y un gigantesco templo ceremonial en honor al dios superior invisible Wiracocha. La cabeza de la estatua que allí se veneraba está ahora en Madrid, en el Museo de las Américas.

De todo eso apenas quedaban algunas hileras de piedras y otras muchas amontonadas, después de que los conquistadores primero y luego los aldeanos, lo removieran todo para llevarse bloques semipulidos para otras construcciones.

El complejo formaba parte del Camino del Inca, la gran ruta de comunicación del imperio desde lo que hoy es Colombia hasta Argentina. En Raqchi había casas, centros administrativos y una alineación de construcciones orientada a que la salida del Sol en el solsticio iluminase el pasillo creado por los edificios… y a los sacerdotes y líderes con el privilegio de adorarlo. También había canalizaciones de agua, una laguna artificial y terrenos de cultivo aterrazados.

Hoy se pueden ver reconstrucciones hechas por un equipo con arqueólogos españoles de cómo debieron ser algunos edificios. Hay una gran pared troceada, que debió ser el muro central del templo de Wiracocha y algunas muestras de viviendas adosadas, con un muro en común para cada dos. En Raqchi los incas concentraban a artesanos para que trabajasen para ellos en sus especialidades.

Hace falta imaginación y un guía experto que lo explique bien para hacerse una leve idea de lo que fue aquello.

La jornada de viaje es agridulce. No se atraviesa un territorio muy pujante. Quizás el hito más vivo en ese camino estirado desde Puno hasta Cuzco sea el pueblo de Oropesa, a sólo 25 kilómetros de destino. Lo llaman la tierra del pan. El 85% de sus habitantes se dedican a fabricar pan y hay 354 panaderías. Es lugar de parada obligada, en la ruta, para recordar que, más allá de las tradiciones y recuerdos, la vida sigue. Y en este caso es un recuerdo delicioso.




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