La noche de los colchones lunares
Aquella madrugada del 20 al 21 de julio iba a ocurrir un acontecimiento cósmico, del que todo el planeta estaba pendiente, era el comienzo de otra era
JULIO MIRAVALLS | 21 de julio de 2019
La noche del 20 de julio de 1969, cuando el televisor (enorme cajón con pantalla en blanco y negro y pésima calidad de imagen) se había convertido en un electrodoméstico familiar, no restringido ya para los más pudientes, a la hora de irse a la cama muchos españoles no lo hicieron. No lo hicimos.
Eran tiempos en los que se interrumpía la programación a una hora prudente, seguramente tras un microespacio titulado Oración, despedida y cierre (la memoria no alcanza a certificar lo irrelevante) y la carta de ajuste durante unos minutos, antes de llevar la pantalla a negro con un pitido de estática en los altavoces.
Aquella noche del 20 al 21 de julio iba a ocurrir un acontecimiento cósmico, del que todo el planeta estaba pendiente. Según algunas versiones fue la primera emisión televisiva con 500 millones de espectadores. Otras se atreven a elevar (o exagerar) la cifra hasta los mil millones. Da igual. Todo eso no nos importaba.
Para un adolescente de 14 años aquella noche mágica era el comienzo de una era que nos iba a distanciar de los miedos de nuestros mayores, de la opresión social del franquismo y de las pequeñeces del planeta Tierra. Un tiempo nuevo en el que, con recursos y esfuerzo, la ciencia y la tecnología podrían conseguir cualquier hazaña, más allá de la posibilidad de destruirlo todo en un apocalipsis nuclear.
España había ganado dos veces seguidas Eurovisión, sin que el régimen pudiera apuntarse los tantos. Las consignas del Mayo francés fluían entre la juventud europea, incluso la española, no como una ola revolucionaria, sino como una liberación del pensamiento. Nos quedaba tiempo por delante para llegar a la universidad y correr delante de los grises. A Franco le quedaban seis años de vida. Y Fraga estaba acabando su etapa de ministro de Información y Turismo, como reformista para soplar nuevos aires a la idea de modernidad, la cara y el culo de España en la nueva censura reducida. «Con Fraga hasta la braga», decían los profesionales de la imagen, subrayando los nuevos y atrevidos límites de la moralidad oficial…
Pero todo eso no era importante aquella madrugada, ya del 21 de julio, en la que se tendieron colchones en el saloncito, frente al armatoste de rayos catódicos que esa noche nos mantendría en duermevela, hasta que, a falta de cinco minutos para las cuatro, empezó la gran función. Fue la noche de los colchones lunares.
Aquella noche no sabíamos todavía gran cosa de Neil Armstrong, que había estado a punto de matarse un año antes, entrenándose para el alunizaje con una máquina loca que llamaban somier volador. Ni del presidente Richard Nixon, que acudió luego a recibir a la tripulación heroica del Apolo XI metida en una lata de cuarentena, por si habían traído algún bicho extraterrestre de la primera visita humana a otro cuerpo celeste. A Nixon le quedaban cinco años para convertirse en Dick el Mentiroso y dimitir por el escándalo Watergate antes que ser destituido por un procedimiento de impeachment. Asombroso.
Con la hazaña lunar, el diario Informaciones había preparado un suplemento especial con tapas de plástico para anunciar la llegada de un futuro, que finalmente no ha sido nada de lo que se esperaba. Al Informaciones, el periódico más disimuladamente pro-democracia del momento, le quedaban 14 años hasta el cierre definitivo, pero apenas siete de peso en la vida española. Todo se estaba removiendo en un gran caldero, en el que las ideas y las esperanzas hervían mucho más allá de los viejos rescoldos guerracivilistas que hoy se recalientan con gasolina en algunos hogares.
Aquella noche de los colchones mirando hacia la Luna cambiaron muchas cosas, aunque millones de españoles prefirieran irse a la cama y seguir, ajenos, con sus rutinas. Cuando se anunció «el Aguila se ha posado…». Cuando a través de la voz de Jesús Hermida (una emisión extraviada en el caos de TVE, como si fuera el símbolo de un punto y aparte) nos llegó traducida la frase de Armstrong, «un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad…». Cuando vimos aquellas imágenes fantasmagóricas de un astronauta dando saltitos por el satélite... Entonces fue cuando nadie pudo negar una evidencia: todo lo que se pueda hacer es posible hacerlo.
Es probable que casi nadie en España tuviera conocimiento de aquel discurso retador de John F. Kennedy en 1962, eligiendo ir a la Luna y emplazando a su país a hacerlo antes de acabar la década. De él sabíamos, sobre todo, que hizo saltar muchas lágrimas su asesinato en noviembre de 1963, porque parecía un buen tío, que hacía promesas nuevas y quería cambiar el mundo de la Guerra Fría. Pero ignorábamos que había sido él quien nos empujó a la Luna.
La España aislada, distinta y distante del resto del mundo, rompió la cáscara en aquella segunda mitad de la década mágica de los sesenta, gracias a sucesos como el de aquella noche de 1969, con antenas muy protagonistas en Fresnedillas. Aunque luego la mayoría se dejase llevar por la indiferencia para ignorar el resto de la aventura.
Seguramente fuimos muchos menos los que tratamos de seguir la peripecia hasta que los viajeros fueron rescatados en el Océano Pacífico, tras haber hollado el Mar de la Tranquilidad. Pero nadie podrá ignorar que los acontecimientos del mundo se aceleraron a un ritmo vertiginoso después de proclamarse un vencedor en la carrera espacial cuya meta final, según parece, era la Luna. Llegar a la Luna era el fin de una ensoñación. Ni siquiera interesó convertirlo en un viaje habitual. Ese mismo año, en los laboratorios de investigación militar estadounidenses estaba naciendo Arpanet, el embrión de internet.
Cincuenta años después hasta se puede debatir públicamente la tesis de que nunca ocurrió, de que la llegada a la Luna fue un fake, como los que ahora promocionan políticos y comunicadores con todas las ventajas tecnológicas a su favor. Pero los que aquella noche estuvimos allí, a bordo de nuestras colchonetas lunares, sabemos que fuimos testigos de un salto en la historia humana.
Aunque los demás no lo sepan, fue la noche en que la humanidad cambió de mentalidad.
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