Aranceles al papel canadiense rematan a los periódicos USA
Impuestos por la acusación de 'dumping' de un solo fabricante estadounidense suponen un incremento de costes de impresión entre el 30% y el 35%
JULIO MIRAVALLS | 21 de julio de 2018
La muerte del periódico impreso está resultando una agonía interminable, en la que cada empeoramiento nunca termina de resultar definitivo. Sólo causa más angustia y dolor.
Escribe el colega Ken Doctor en NiemanLab que la prensa estadounidense está padeciendo un fuerte arrechucho por el precio del papel. Resulta que desde principios del presente año el papel-prensa procedente de Canadá ha provocado una subida en los costes de impresión de entre un 30% y un 35%. La causa es la imposición de aranceles, como consecuencia de una reclamación del fabricante estadounidense Norpac, que el pasado agosto acusó formalmente a sus competidores del Norte de hacer dumping en sus precios, aprovechando subvenciones estatales. Según la acusación, los canadienses estaban vendiendo su papel entre un 16% y un 65% por debajo de los precios de mercado.
Pese a que la reclamación fue presentada en solitario por Norpac, no secundada por ningún otro fabricante de papel estadounidense, y cuenta con la oposición de todas las grandes cadenas de prensa, sindicatos y varios miembros del Congreso pertenecientes a los dos partidos, su queja supuso la implantación de un arancel del 22% que puede subir hasta el 50%.
La consecuencia es un estrechamiento de los magros márgenes que genera el papel impreso, pero que en 2018 suponen todavía más del 70% de los ingresos de las empresas periodísticas que siguen publicándolo (siguiendo con datos USA aportados por Doctor).
Resultados inmediatos: reducciones de paginación, despidos y, en algunos casos, supresión de ediciones. Por ejemplo, The Pittsburgh Post-Gazette ha decidido dejar de salir siete días a la semana y hacerlo sólo cinco. The Nevada Appeal, de Carson City, va a ser más drástico todavía: pasará de siete a dos días. Y en la industria es ya una idea que se generaliza la de prescindir del periódico de los lunes.
Dejar de publicar periódico algún día de la semana era algo común en España hasta los años 80 del pasado siglo. Los diarios no publicaban el lunes, porque se concedía por ley a las asociaciones provinciales de la prensa la exclusiva de venta ese día, para sostener sus propias organizaciones. La consecuencia era que las plantillas de los periódicos no necesitaban establecer turnos de libranzas. El domingo no trabajaba nadie, salvo algunos cronistas deportivos, y por lo tanto no hacía falta contratar a tantos periodistas. La redacción era más barata. Los diarios de deportes si se publicaban excepcionalmente el lunes, a partir de mediodía, como si fueran diarios de tarde, que también tenían derecho a publicar el primer día de la semana, ya que no lo hacían el domingo por la tarde...
Todo aquello saltó por los aires con la creciente presión de la información al público, por la situación política que generaba la Transición y los cambios legales y por el propio hecho de que al establecerse libertades de expresión y de prensa. El producto periodístico se hizo mucho más atractivo e interesante y más demandado. Los periódicos empezaron a publicarse siete días a la semana y a convertirse en negocios más rentables.
La única experiencia curiosamente discordante fue la aparición del diario EL MUNDO en octubre de 1989, que no se publicaba el domingo, a cambio de ofrecer un sobrecargado ejemplar de fin de semana los sábados. El experimento duró apenas cuatro semanas y enseguida pasó a publicarse los siete días de la semana. Lo cual obligó a aumentar plantilla.
DECAEN LOS PREIMPRESOS
Pero todos esos planteamientos palidecen en Estados Unidos ante la otra parte del problema que detecta Doctor en su análisis: el declive de los preimpresos, esos cuadernillos publicitarios encartados que hacen que cualquier visitante primerizo se asombre del volumen y peso que alcanzan los periódicos dominicales americanos.
Según cita de Tonda Rush, director de política pública de la Asociación Nacional de Periódicos (NMA), se está viendo «una reducción del 20% de los preimpresos», atribuible directamente al incremento del coste de papel.
Y eso sí que tiene un impacto directísimo para la cuenta de resultados de los periódicos, porque el encarte de publicidad es ingreso puro. Y los medios, a su vez, prescinden de crear nuevos productos suplementarios, porque sólo añaden coste sin ingresos si falta publicidad.
El panorama de la prensa estadounidense ha empeorado súbitamente en relación con su precaria economía de hace un año. Y lo peor para el resto del planeta es el efecto contagio que se produce siempre.
La fuerte subida de precios del papel canadiense puede tener funestas consecuencias para los medios impresos de todo el mundo, pese a que todavía pudiera ser circunstancial. El próximo 28 de agosto, la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos (USITC) votará para decidir si revoca las tarifas impuestas al papel canadiense.
Incluso el fuerte grupo de intereses de quienes se oponen a estos aranceles todavía podría intentar eliminarlos en los tribunales. Pero entre comités, posibles fallos judiciales y apelaciones, el proceso podría costar un par de años. Demasiado tiempo de penurias, aunque al final las tarifas fueran revocadas.
Las grandes cadenas de prensa pueden soportar algo mejor estos apuros, pero los pequeños periódicos locales, que son una parte esencial del tejido nervioso de la información USA, no podrán sobrevivir mucho tiempo. Los medios locales saben, además, que en su etiqueta aparece un plazo de caducidad: el 30% de sus suscriptores pasan de los 70 años.
El penoso esquema de ingresos publicitarios para los medios sólo digitales, que obliga a reducir los equipos redaccionales, será mortal para los más débiles si no se impone la utopía de que los lectores vuelvan a pagar suscripciones, o lo que sea, para recibir las noticias de cada día seleccionadas y tratadas con profesionalidad (y eligiendo cada cual el medio del que puede fiarse). Según Doctor, este año se está produciendo un récord de ventas, en dos décadas, de pequeñas empresas periodísticas (antesala de su desaparición o absorción).
PERDIDA DE INFORMACION
Esta catástrofe significa pérdida de empleos periodísticos y, en consecuencia, menos músculo intelectual y profesional para generar, valorar y tratar la información. Menos noticias, menos relevancia y menos fiabilidad de las que circulen. O sea, una sociedad peor informada y más manipulable mientras se entrega a la complacencia de sentirse muy ilustrada a través del engañabobos de las redes sociales.
Lo más trágico de esta historia es que, según la valoración que hace Paul Boyle, vicepresidente de NMA, el causante de todo esto con su reclamación, Norpac, «es un secundario [en el negocio del papel prensa] que no tiene múltiples operaciones y no ha seguido los pasos de Resolute, Kruger [dos grandes papeleras de Montreal] y otros, que han prescindido de la maquinaría más ineficiente cuando la demanda ha caído». La firma Norpac fue adquirida por la entidad financiera One Rock Capital poco después de plantear su queja.
Boyle concluye que el problema «no son los precios de Canadá, sino la caída en la demanda de papel prensa». La cuestión no es si las importaciones están amenazando a los fabricantes estadounidenses, sino que el encarecimiento de los aranceles está terminando de matar a los periódicos. Y cuando no haya más periódicos, se acabó la demanda de papel prensa. Será otra industria liquidada.
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