ESA analiza tres maneras de defender la Tierra
Los expertos consideran estrellar una nave contra la amenaza, empujarla con un cohete o desviarla con una explosión nuclear
JULIO MIRAVALLS | 30 de junio de 2019
El 30 de junio de 1908 un pedrusco estelar con un tamaño de unos 100 metros cayó sobre Siberia. Estalló en el aire sobre el área de Tunguska provocando una enorme devastación estimada en un radio de 60 kilómetros cuadrados, en zona despoblada . Según los expertos, la energía que liberó fue equivalente a una explosión nuclear de 30 megatones. La bomba de Hiroshima fue de 15 kilotones. Dos mil veces menos.
El suceso de Tunguska no fue investigado hasta muchos años después. Al zar ruso no le interesó el asunto, pese a que los efectos de la explosión se notaron a más de 400 kilómetros. Del objeto estelar no se han encontrado restos para identificar su naturaleza (asteroide, cometa…), aunque un grupo italiano aseguró en 2007 haber descubierto ocho años antes un cráter convertido en lago, donde suponen que impactó algún fragmento.
En 2016, Naciones Unidas declaró el 30 de junio de cada año Día Internacional del Asteroide, en recuerdo del suceso de Tunguska y como advertencia de que podría repetirse en cualquier lugar del planeta, incluso con peores consecuencias. El asteroide al que se atribuye la extinción de los dinosaurios, caído en Chicxulub hace unos 65 millones de años, medía entre 10 y 15 kilómetros y liberó una energía de unos 100 millones de megatones. Una devastación total.
Desde mediados de la década de 2000 hay un equipo de trabajo de la ONU dedicada a los asteroides y desde 2014 funcionan un par de instituciones, la red IAN (centros de investigación que darían la voz de alarma en caso de amenaza) y la agencia SMAG, que ofrecería recomendaciones para actuar.
Según los astrónomos de la Agencia Espacial Europea (ESA), en el cinturón de asteroides, situado entre las órbitas de Marte y Jupíter y origen de la mayoría de los pedruscos errantes en el Sistema Solar, hay 930 objetos de más de un kilómetro. De ellos están identificados y catalogados 892. Prácticamente el 96%. A medida que disminuye el tamaño de los asteroides se multiplica a cantidad existente y se reduce el porcentaje de los que están localizados, hasta llegar a cifras de más de cuatro millones de objetos fuera de control, la gran mayoría con tamaños de menos de un metro hasta 30 metros. Hay unos 20.000 NEOs (Near Earh Objects, objetos cercanos a la Tierra) catalogados.
¿Y qué pasaría si de uno de ellos viniera en rumbo de colisión hacia nuestro planeta? «Ahora contamos con tecnología para poder hacer algo», señala Michael Küppers, científico del proyecto HERA, de ESA. «Pero si viniera uno grande, de unos 10 kilómetros como el que acabó con los dinosaurios, no podríamos hacer nada», añade con acento sombrío.
Eso no quiere decir que las agencias espaciales se hayan encogido de hombros, limitándose a mirar al cielo sin plantearse seriamente la defensa planetaria. Pero también es cierto que, por ahora, los esfuerzos y objetivos son bastante asimétricos.
La Agencia Espacial Europea tiene dos programas dedicados a la materia, de los cuales el más relevante es el dedicado a la monitorización y descubrimiento de objetos espaciales. En lo referido a mecanismos de defensa, Küppers admite que Europa es más teórica. El proyecto HERA analizará el resultado del esfuerzo de NASA al intentar de manera real modificar la trayectoria de un asteroide en 2024.
OBSERVACIÓN
La primera necesidad de la defensa planetaria es la observación profunda y detallada. Juan Luis Cano González, responsable del Sistema de Información de NEOs del Centro de Coordinación de ESA, que trabaja en Italia, explica que se está construyendo una gran base de datos, accesible al público. En el portal NEOs se pueden consultar los datos de tamaño, fecha de aproximación a la Tierra y probabilidad de impacto.
Cano admite que, en lo que se refiere a descubrir nuevos objetos, «Europa hace ahora poco, por falta de medios. La NASA lleva los últimos 20 años trabajando en ello». Podría estimarse que la sensibilidad pública y política se activaron a partir de que en 1998 se produjeron dos películas, Deep Impact y Armageddon, cuyo eje narrativo es el descubrimiento de una inminente catástrofe planetaria por la llegada de un gran meteorito.
La estimación de riesgo indica que cada año cae en la Tierra algún objeto de hasta metro. Hasta 10 metros, uno cada 10 años. Hasta 100 metros (que ya empieza a suponer una amenaza de gran catástrofe local), cada 10.000 años. Con un tamaño hasta un kilómetro, como para borrar un país entero del mapa, la frecuencia puede ser entre medio millón y un millón de años. Y pedruscos de mayor tamaño, con probables efectos apocalípticos, entre uno y 300 millones de años. Así que, en relación con el de los dinosaurios, estaríamos a un máximo de unos 235 millones de años de la repetición…
En materia de seguimiento, en cambio, ESA si desarrolla gran actividad. «Sin hacer ese seguimiento de objetos identificados no conoceríamos su órbita y el riesgo de que lleguen a chocar con la Tierra», aclara Cano. «Tenemos el telescopio ESA Optical Ground Station en Tenerife, de un metro, y el VLT en el desierto de Atacama, Chile, que está formado por cuatro telescopios de ocho metros que pueden actuar como uno solo», ofreciendo una extraordinaria visión del cielo.
El seguimiento de las trayectorias ha de ser continuo, porque los objetos pueden experimentar «un leve cambio de órbita cada vez que pasan cerca de un planeta y por el 'efecto Javkoski': la radiación que reciben del Sol y reflejan genera un pequeño empuje».
El siguiente paso será el telescopio Flyeye (ojo de mosca) europeo, en construcción en Sicilia, primero de una futura red de observación y búsqueda de NEOs, que estará disponible a finales del próximo año. «Podrá realizar un descubrimiento sistemático de objetos», señala Cano. Flyeye «descompondrá el haz de luz en 16 imágenes, que proyectará en una cámara, con un campo de visión muy grande y muy profundo». Será capaz de hacer un barrido completo de todo el cielo visible en su posición cada 48 horas, de modo que «podrá prevenir con semanas de antelación un rumbo de colisión».
DESVIAR UN OBJETO
Saber que un pedrusco viene directo hacia la Tierra no supone gran ayuda si no es posible desviarlo. Pero Michael Küppers afirma que «ahora es el momento en que tenemos tecnología para poder hacer algo».
La misión HERA de ESA seguirá la acción de NASA, que se propone hacer chocar la nave Dart Impact contra un objeto en 2024 «cerca de la Tierra, a unos 10 millones de kilómetros». La Luna está a unos 400.000 kilómetros.
El objetivo de Dart Impact no será si embargo el meteorito Didymos (de unos 780 metros), hacia el que se dirige, sino una luna más pequeña que lo orbita, Didymos B (de unos 160 metros). La sonda, con una masa de 400 kilos, chocará contra el satélite, que es unas 100 veces más grande, a una velocidad de 6 metros por segundo (21 kms/hora) con intención de modificar en un minuto su órbita de dos horas.
Antes del impacto, Dart liberará un cubesat de la Agencia Espacial Italiana que tratará de documentar el choque y los efectos inmediatamente posteriores. «Probablemente podrá observar cinco minutos después del impacto, porque habrá mucho polvo al principio», señala Küppers. La idea es que el cubesat acabe también en la superficie del asteroide.
Tres años después, la misión HERA debería alcanzar a Didymos a unos 100 millones de kilómetros de la Tierra para observar detenidamente los efectos reales del experimento de NASA. Se trata de evaluar en qué medida desvía su trayectoria el pedrusco principal como consecuencia de la alteración aplicada a su luna, y la interacción gravitatoria entre ambos objetos. La sonda Hera liberará también un par de cubesats de 30x20x10 centímetros para explorar de cerca el asteroide. Todas las naves deberían culminar su misión posándose en Didymos.
Lo único que falta para completar el plan de HERA, y esa es también la razón de que vaya a viajar hacia el asteroide tanto tiempo después de la visita de NASA, es que falta por completar la asignación de fondos. Los científicos confían en que la misión, de unos 250 millones de euros, sean definitivamente aprobada y financiada en la reunión ministerial de países ESA que se celebrará en noviembre en Sevilla.
TRES DEFENSAS
Entre tanto, Küppers detalla que hay tres métodos defensivos tomados en consideración, para el caso de detectar un objeto en rumbo de colisión contar la Tierra. El objetivo que se plantea, en cualquier caso, es desviar el asteroide. No destruirlo produciendo múltiples fragmentos, cuyas trayectorias y puntos de impacto serían impredecibles.
El primer método sería el impacto, para desviarlo, transmitiendo la energía cinética de una nave lanzada contra el objeto estelar. «Necesitaríamos saberlo con un par de años de antelación, para aplicarlo contra objetos de 100 metros a un kilómetro», especifica.
El segundo método es el tractor, consiste en posar un cohete sobre el objeto y usar su motor para empujarlo. Puede sonar todavía demasiado fantástico. Con la tecnología actual, Küpper estima que «sólo funcionaria con asteroides de hasta 200 metros y necesitaríamos saberlo unos 100 años antes». El empuje produciría un movimiento de cambio de rumbo muy lento.
El tercer método es el más radical y también suena todavía bastante improbable: provocar una explosión nuclear en el asteroide que altere su trayectoria. «Con uno grande, sólo tendríamos el recurso nuclear», sentencia el experto, pero concediendo con fatalidad que, ante uno de 10 kilómetros «no podríamos hacer nada».
El mayor riesgo de estas características sería, probablemente, «un cometa procedente de la Nube de Oort». Pero «no hay que tener miedo, la probabilidad de que ocurra es muy baja», concluyen los expertos.
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