Lunes, 16 de febrero de 2026


Una empinada calle de Grazalema, en una mañana soleada de 2019. /JM

Grazalema

Ocurrió unas navidades de reunión familiar. En Grazalema llovía. Mucho. El agua llegaba por los tobillos en una de esas calles empinadas, con breves aceras empedradas de cantos rodados, que hacen de desagüe en casi todo el pueblo. En la oscuridad de la noche se cayó un guante y ni siquiera se oyó su chapoteo por el estruendo del agua cayendo a mares.

A la mañana siguiente, echándolo en falta, el guante esperaba tomando el sol en el alféizar de una ventana, donde alguien lo había dejado amablemente. El cuero estaba hinchado como un sapo, de tanto agua como había tragado.

Para Grazalema, un día más, en el pueblo que tiene etiqueta de ser el lugar de España donde más llueve. Incluso si caen 600 u 800 litros por metro cuadrado en nada de tiempo, como hace once días, las calles dejan ir el agua hacia abajo. Cuentan que en esta ocasión, por acumulación de varias jornadas, les rebosaba y salía por los enchufes de la luz a algunos vecinos. Es una localidad enclavada en la piedra serrana, todo en cuesta, donde no hay garajes ni sótanos que se puedan inundar. El terreno no se presta a excavaciones.

En Grazalema las aguas que llegan corren ladera abajo, como la misma cascada dentro del pueblo, que algunos dicen que es una caída del río Guadalete, aunque otras fuentes lo identifican como el afluente Guadalporcún, que no muy lejos lo ayuda a nacer. En todo caso, Grazalema es la antítesis de esos pueblos crecidos en las riveras de los ríos, que urbanizan como okupas sus zonas naturales de expansión cuando van crecidos, e incluso en algunos casos enclaustran sus aguas entre muros de hormigón, para apurar las construcciones.

Han empezado a permitir a los habitantes de Grazalema el regreso a sus mojadas casas. El diluvio de esta vez fue extraordinario, aunque no insólito. Los más viejos del lugar recuerdan algún fenómeno parecido en los años sesenta. Que, sin duda, tampoco fue el primero. Lo insólito es que esta vez mandaron evacuar a todos los vecinos.

La sola mención alarmista de que las abundantes aguas pudieran haber provocado algún efecto geológico en el subsuelo debió poner los pelos de punta al primer ministro de un gobierno que va acumulando cataclismo tras cataclismo, con catastrófica imagen para su ejecutivo. Unas veces por evidenciar la negligencia en prevención y conservación de la cosa pública y siempre por la torpe o ausente respuesta al desastre.

Esta nueva calamidad llega tras la mala imagen política por la desatención a quienes sufrieron el imprevisible volcán de La Palma; la autocomplacencia, primero, y excesivo rigor, después, en la pandemia; las obras de prevención sin hacer (que decidió ahorrárselo del presupuesto doña Ribera, necesitaban la pasta para otras cosas) y la torpe y retrasada reacción en la riada de Valencia; el venal apagón, mientras la industria del siglo XXI se escurre entre los dedos por carencia de energía; las infraestructuras que se caen a pedazos y matan en las vías del tren; las carreteras abandonadas que revientan neumáticos… Y todo eso sin mentar las corruptelas subyacentes.

Probablemente por la Moncloa revoloteó entre escalofríos la imagen de una montaña desplomándose y tragándose un pueblo entero. El gobernante de las siete plagas faraónicas debió suspirar emocionado cuando el presidente autonómico andaluz decidió enviar a millar y medio de personas a vivir una temporada en un polideportivo. ¡Menos mal! Y esta vez ni siquiera tuvo que mojarse Sánchez…

Alguna polémica política de estos días debería haber servido para subrayar comparaciones entre la España de hace 40 años (el cuarentañismo español), que no era tan idílica, y la de ahora. Que parece peor.

El expremier Felipe González, cuyo mandato en los 80 y 90 estuvo también pleno de casos graves de corrupción, inauguró el liderazgo ultrapersonalista y, lo que es peor, hubo crimen de Estado, dejó a cambio para el recuerdo un valioso empuje a la España social y económica: las carreteras dejaron de ser como caminos romanos parcheados, bien lo recordarán quienes antes cruzaron el paso de Despeñaperros y tantos otros puertos y vericuetos de montaña; inició el despliegue del tren de alta velocidad, aún reprochándole que empezase por llevarlo a su casa, Sevilla, en vez de hacia una salida a Europa; asumió el desgaste de la reconversión industrial, que lamentablemente ha terminado en desindustrialización; y terminó de abrir las puertas de Europa, culminando el ingreso en la Unión Europea.

Ahora le repudian sus supuestos correligionarios en el poder, mientras el país retorna lentamente al siglo pasado, o incluso al anterior.

Cuando todos los grazalemeños regresen a su pueblo (y empiece la pesadilla de reparar bienes y dolores personales); cuando pase el fragor de la siguiente carnicería electoral y las que han de llegar después; cuando haya sucedido el imprevisible siguiente desastre y tengamos todos qué resignarnos a no conocer una explicación transparente del porqué de ese y todos los anteriores; cuando Sánchez sea un viejecillo de pelo blanco que parezca hablar con las manos… Cuando dentro de una pila de años alguien pretenda evocar esta época disparatada de los infelices años veinte, ¿qué recuerdo quedará de quien ahora gobierna?

Tal vez en Grazalema alguien se acordará de que un día fue el diluvio universal. Pero no se los llevaron al polideportivo en un arca de madera. Ni en helicópteros del gobierno. /Julio Miravalls