DEPORTIVO
Jueves, 15 de enero de 2026

La matrioska que guarda herencias entre entrenadores / Ilustración creada con IA generativa Copilot.
El nuevo entrenador hereda los pecados del anterior
Sintiéndolo por el Barça (y por la Federación, y por el negociete que en su día se montó Piqué llevándola a Arabia), está claro que la Supercopa es un torneíto de medio pelo. A ver quién se acuerda, apenas cuatro días después, cuando todo el panorama futbolero español, y eso que llaman ‘la conversación’, lo dominan las vicisitudes del Madrid. Ni siquiera se acordarán los propios seguidores culés, más contentos con lo que le pasa al rival.
Se dice de todo y hasta se escuchan voces de sorpresa porque el entrenador recién llegado haya pillado a la primera el espíritu actual del equipo: un ordenadísimo caos improductivo. Claro que para eso Álvaro Arbeloa es un hombre de la casa…
En el fútbol, como en la política española, todo es visceral. Puro hígado, más que corazón, y muy poco o nada de cerebro. Y la capacidad de análisis de quienes opinan en público acostumbra a responder al trending topic más que a la sucesión de datos que muestran patrones y relaciones causa efecto.
Cualquiera que haya visto fútbol unos cuantos años ha de saber que hasta los equipos más sólidos y potentes deben mantener una dinámica de renovación constante. Cada año debe entrar más de un jugador nuevo en la plantilla, con argumentos para ser titular. Y, particularizando en el caso de clubes que, como el Madrid, aspiran a lo máximo, hay otra regla elemental: un buen jugador puede dar rendimiento tres o cuatro temporadas; uno magnífico, quizás un par de años más; y uno extraordinario, si lo ficharon lo bastante joven, tal vez pueda durar ocho o diez campañas. Cuando no se cumple esa regla, cuando los titulares se eternizan (en la titularidad o en el banquillo), si no hay competencia dentro de la propia plantilla, ¿cómo va a haber competitividad en los partidos que tienen que disputar?
Además, y es la clave del desastre actual del Madrid, cuando una plantilla se institucionaliza, cada entrenador que llega nuevo hereda los pecados del anterior. Y tiene que expiarlos.
Durante los años de Ancelotti (en la reciente etapa 2021 a 2025) la plantilla que ganó dos copas de Europa, dos ligas y una copa, padeció un evidente proceso de envejecimiento y, al final, flagrante decadencia. Los alemanes decían de Kross que era “un motor diesel”, lo que imponía un ritmo lento al juego del equipo. Pero al menos ponía algún orden. Se retiró y nadie tomó el relevo. El equipo siguió jugando cada vez más lento (baloncito al pie, control y pase atrás), sin que nadie asumiera responsabilidad ni dirección del juego. Llegó Mbappe y se encontró con que lo habitual en ese equipo es tardar un buen rato en pisar campo contrario, para que los rivales puedan replegar cómodamente y hacer siempre un dos contra uno al que tenga el balón. Y resulta que la solución mágica para los atascos era un Modric cercano a los 40 años, en un equipo lento para aburrir…
Esos pecados de Ancelotti los heredó el nuevo entrenador Xabi Alonso, que ha durado menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Se fue Modric, pero el equipo cada día más funcionarial sigue sin correr. A Alonso le ficharon defensas, pero no el centrocampista organizador que necesitaba y que, a fuerza de buscarlo y no encontrarlo entre los suyos, ha terminado absorbido por el caos. Se encontró un equipo que no jugaba a nada y no ha conseguido explicarle a qué tenía que jugar.
Es lo que, a su vez, hereda Arbeloa. Que para empezar ha sido un pardillo en su debut. Seguramente tenía claro que su necesidad primordial es encontrar el jugador que mueva al equipo. Pero sin calcular que sería muy osado ir a jugarse una eliminatoria con un rival que, frente al Madrid, saldría a morder (como le ocurrirá habitualmente) poniendo a cuatro jugadores de la cantera, varios suplentes y dos defensas viejecitos que salen de lesión. Podría haber probado un rato con su organizador de confianza, incluso con el lateral, pero arropados por una alineación más reconocible y dándose margen para corregir con tiempo y mimbres más consolidados. Lo menos que podía haber hecho es llevar a los jugadores que infunden respeto y miedo, por si acaso.
Lo más curioso de todo esto es que los comentarios profesionales, más inclinados al elogio y al ditirambo (parece que muchos colegas creen que su negocio es hacer marketing del campeonato), lleven tanto tiempo sin señalar cosas que son evidentes, dedicándose al comentario del escándalo puntal y las estadísticas… menudo alivio para cuando no se sabe qué decir.
Y si toca empezar a censurar al entrenador, o a los jugadores como grupo (nadie hará reproches serios al presidente, por dios), la solución volverá a ser tirar de hígados y bilis. Ya veremos si el entrenador de recambio puede aguantar hasta el final de la temporada. En el fútbol actual lo relevante ya no es el juego. Lo es todo lo que se pueda chafardear alrededor de nombres y parloteos. Y elegir al MVP de cada partido, que habría que ver cuántos de los que votan saben lo que significan esas siglas en inglés. /Julio Miravalls
(Nota: De los muchos años que este periodista ha dedicado a la profesión, más de 16 fueron en el ámbito deportivo)
