PALABRAS


 Sábado, 6 de diciembre de 2025


Ilustración creada con IA generativa Copilot.

El día de la Constitución

Todo el mundo, no sólo los españoles, conoce El Quijote. Pero no todo el mundo lo ha leído. Probablemente en realidad lo han leído muy pocos. Sobre todo los españoles.

Pues lo de la Constitución española es todavía peor. Todo el mundo, en España, habla de ella pero seguro que son menos que pocos los que realmente conocen su contenido.

Nadie, con dos dedos de frente, puede comprender que la pieza fundamental de lo que es el fundamento legal de la España de hoy no sea una lectura obligada en la escuela. Cómo mínimo, una lectura dirigida y simplificada para facilitar la comprensión a los jovencitos cuando empiezan a tener entendederas suficientes.

Con la facilidad que los políticos hablan de ‘crear’ nuevos derechos, con la simpleza que se pide reformarla, actualizarla, tumbarla o lo que al primer descerebrado se le ocurra, lo mínimo que se podría pedir es que al menos una parte significativa de la población fuera capaz de entender de qué se está hablando.

Si los españoles, al menos los que quieran presumir de no ser ágrafos, hubieran leído en su momento la Constitución, seguramente se rebelarían al hecho de que un primer ministro (cualquiera de los que han sido y serán) se crea ser un Rey Sol con plenos poderes para hacer lo que le plazca.

Entenderían que a un diputado en Cortes hay que exigirle algo más que ir a aplaudir a su líder (el que sea), porque son ellos, los diputados, los representantes de la soberanía popular. Son ellos los que votan las leyes y quienes deben pedir cuentas al gobierno y al primer ministro, aunque sea el de su propio partido. Nunca al revés. Porque los ciudadanos, a su vez, deberían ser conscientes y capaces de exigir a los diputados votados en su circunscripción.

Quien hubiera leído la Constitución habría de saber, a estas alturas, que lo de la obediencia debida y la disciplina de partido son estafas al voto de los electores de cada circunscripción. Para nada se basan en la Carta Magna. Y que la Justicia no puede estar sometida al control de los partidos, sino al revés. Que el Tribunal Constitucional no está ahí para volver a juzgar los casos de los otros tribunales, sino para analizar los casos en que pudieran haberse perjudicado derechos fundamentales, constitucionales. No para reinterpretar el código penal.

Leerla aclarará a cualquiera que, en España, la Constitución promete tres poderes, separados, independientes y sometidos a un escrutinio de unos sobre los otros... en riguroso cumplimiento de la Ley y las competencias que el orden institucional les otorga a cada uno.

A 6 de diciembre de 2025, 47 años después del referéndum que convalidó la Constitución, es probable que algunos puntos haya que actualizarlos. Hay incluso contradicciones internas, que la mayoría parece incapaz de detectar, como la proclamación de que nadie puede ser discriminado en España por razón de sexo (artículo 14), pero en cambio si establece una discriminación en la sucesión de la Corona: la heredan antes los niños que las niñas, aunque ellas sean mayores (artículo 57).

Pero, como casi nadie lee la Constitución, ese detallito tan sencillo y evidente se ignora y la materia de la discriminación da carrete a los políticos para inventarse conflictos y conceptos doblemente contradictorios y directos contra la prohibición de discriminar por género. Aunque sea en positivo.

Si los españoles hubieran leído la Constitución, especialmente los que fueron al colegio después de su promulgación y deberían haberla tenido como asignatura, seguramente sabrían que en su conjunto es mucho mejor de lo que la mayoría cree.

Demasiado larga y prolija, sí. Mejorable, también. Pero para eso tiene sus propios mecanismos, bastante razonables: háganse las propuestas de reforma profunda que se consideren apropiadas; vótense los cambios en el Parlamento buscándose la aprobación de dos tercios; disuélvanse las Cortes para que el nuevo Parlamento vuelva a aprobarlos; y convóquese un referéndum, para que el pueblo soberano decida si está de acuerdo. A ver si estos políticos son capaces de hacerla mejor que aquellos que la pactaron.

Parece complicado, pero no lo es tanto. Si es una Constitución para todos, hay que contar con la opinión de todos. Aunque nunca hayan leído la vieja Constitución. /Julio Miravalls