PALABRAS
Jueves, 20 de noviembre de 2025

Capilla ardiente, con el cadáver de Franco sobre el catafalco.
Hace 50 años
El día que murió Franco y no se cumplió una numerología mágica
El día que murió Franco, en España se contaban chistes, quizás discretamente, sobre su vida, su muerte, el futuro y cualquier cosa que se le ocurriera al ingenio popular. En realidad, en sus últimos años los españoles hacían chistes de todo, con escaso temor a ser censurados, reprimidos o cancelados. Había otras cosas más peligrosas.
Podría decirse que ya nos conocíamos los unos a los otros, como para saber quiénes bailaban todavía al son del régimen, quiénes no y a quiénes les tenía sin cuidado. Seguramente la mayoría. Sí que había cierto miedo al futuro, a lo que pudieran hacer quiénes ya eran claramente una minoría, pero podían intentar agarrarse al poder con las fuerzas que les quedaban.
Lo que pasó en los días siguientes y, a velocidad de vértigo los siguientes meses, demostró que el verdadero franquismo murió y se enterró con él, mal que les pese a los niñatos cuarentones, o cincuentones, que ahora se aferran al poder resucitando un franquismo que ellos no conocieron, para agitar viejos espantajos. Esos politiquillos que han sacado al fantasma de su tumba intentando convertirlo en el enemigo al que querrían enfrentarse en las urnas para lograr una victoria fácil. Y cada día que lo pasean, cada vez que lo nombran, le hacen promoción para nuevos seguidores igual de ignorantes de lo que fue aquello.
El día que murió Franco uno de los chascarrillos que se había expandido en las semanas anteriores logró sembrar las últimas dudas sobre las mentiras que podía contar el gobierno. El asunto es que Franco debía haber muerto el día anterior, es decir el 19 de noviembre. Y dado que ocurrió durante la noche, enseguida prosperó la idea de que el régimen retrasó unas horas el momento oficial del óbito, para que no se cumpliera una profecía.
Lo que corrió de boca en boca era una especie de numerología mágica que sumaba las fechas de comienzo y final de la guerra. Sumaba los años 36 y 39, para determinar que el de su muerte debía ser el 75. Eso se cumplió. Para el mes, la cuenta era que la guerra empezó en julio, el mes 7, y acabó en abril, el mes 4. Luego la suma apuntaba el mes 11, noviembre. También cumplido. Y para establecer el día exacto, si la guerra empezó un 18 (de julio) y, oficialmente, acabó un día 1 (de abril), la suma señalaba el día 19. El 19 de noviembre de 1975. No se cumplió. ¿O sí?
Según el parte oficial, la hora de la muerte fueron las 5:25 de la madrugada del día 20. ¿Retrasó el gobierno de Arias Navarro algo más de cinco horas y media la certificación del óbito para evitar cualquier reacción relacionada con lo que no era más que una muestra de ingenio de algún anónimo ciudadano, que hoy lucharía por imponer en las redes sus memes? Algunos afirmaban que eso fue lo que ocurrió.
Lo que sí se puede contar con certeza es que en los periódicos de la época se sabía de sobra que el momento era inminente desde bastante semanas antes. Todos estaban preparados.
Llevando el relato a la primera persona, este periodista ya lo era entonces. No era mayor de edad, tenía 20 años y la mayoría se alcanzaba entonces a los 21. Pero sí llevaba ya tres años trabajando. Y también le tocó hacer algunos de los turnos de guardia nocturna que se establecieron en el diario MARCA.
La misión era avisar de inmediato a los máximos responsables de la redacción y del taller en cuanto el teletipo anunciase la noticia, para poner en marcha una edición especial ya preparada, a falta de poner la fecha. La orden era enviarla a la rotativa lo antes posible. Todos los periodistas, en aquellos días, se proponían ser los primeros en llegar a la calle confirmando la nueva más esperada. Otro chascarrillo que circuló durante semanas anteriores aludía a un periódico cuya cabecera, ‘Ya’, sería titular suficiente, llevando la mancheta a toda página.
El diario ‘Ya’ sobrevivió a la Transición, pero no a los nuevos tiempos. Su mensaje era de corte conservador y confesional católico. Acabó feneciendo en 1996.
El partido Fuerza Nueva (anteriormente era una editorial), constituido once meses después de la muerte de Franco bajo el liderazgo de Blas Piñar, trató de aglutinar la fuerza del franquismo. Sus resultados fueron tan irrelevantes (poco más de 67.000 votos) que en 1977 no logró un solo escaño para las Cortes Constituyentes. En 1979, ya con la Constitución en vigor, presentándose en coalición con los falangistas y otros grupos, llegó a casi 379.000 votos y dio un escaño a Piñar. Tras las siguientes elecciones, con 108.000 votos, se disolvió.
La verdadera memoria de la Transición, sin apellidos idiotas (podría hacerse el chiste de comparar la memoria ‘histórica’ con la música ‘militar’; hace 50 años nos lo habríamos permitido), señala que los españoles huían de extremismos y buscaban parecerse a los países europeos, donde el debate era entre socialdemocracia, democristianos y liberales. Otro de los chascarrillos de esos días era que los españoles habían dejado de ser franquistas para hacerse pancistas. Una forma chocarrera de explicar el miedo a volver a la miseria de la primera mitad de siglo, antes, durante y después de la guerra.
Otra prueba de lo que era la auténtica opinión pública es el caso del Partido Comunista, cuyos líderes históricos Santiago Carrillo y la Pasionaria, con la carga de haber tenido protagonismo en la guerra (no bien apreciado por todos los recuerdos), regresaron a España para convalidar el proceso de Transición.
Pero, pese a que ‘el partido’ era el único del que teníamos alguna idea todos los españoles antes de morir Franco, sus resultados no fueron especialmente buenos. Les pasó de largo el PSOE. No acudieron en masa a votar al PC los obreros rojos. Obtuvo 1,7 y 1,9 millones de sufragios en 1977 y 1979, respectivamente, con una veintena de diputados. En 1982 no llegó al millón de votos y desde entonces ha ido bailando los nombres, las coaliciones y las reencarnaciones. La de Podemos, en 2016, llegó a los 71 escaños, pero no hace falta esforzar mucho la memoria reciente para ver a dónde se han encaminado sus líderes, mientras su fuerza electoral se desvanecía.
El día anterior a la muerte de Franco, las semanas incluso meses anteriores, el clima que se respiraba en España era de expectación, inquietud y esperanza. Al dictador se le daba por amortizado, aunque a pocos les resultaron indiferentes las últimas ejecuciones de septiembre, ni la de marzo del año anterior. Y, por supuesto, habría también algún aplauso, contrario al criterio dominante.
Pero lo que realmente se comentaba en los bares, entre amigos, con o sin disimulo, era la incertidumbre sobre lo que podría hacer el ejército, comandado por los viejos generales cuando llegase el momento.
El poder de los políticos que peloteaban en torno al dictador sólo podía depender de lo que él aguantase. No tenían más apoyo real. Y así se vio.
El hecho de que casi medio millón de españoles pasase por su capilla ardiente hay que encajarlo en la morbosa necrofilia habitual en este país. No fue un homenaje popular al difunto. Alguno pasó para rendir tributo o despedirse (a mayor gloria del NO-DO, todavía en funcionamiento); muchos para satisfacer la curiosidad en un momento incuestionablemente histórico (quizás hoy intentarían hacerse selfies); y otros, para lanzar al cadáver un último y silencioso denuesto. O para asegurarse de que estaba realmente muerto, como más de uno se justificaba jocosamente luego.
Lo que podría hacer el entonces ‘Príncipe’ y heredero ‘a título de Rey’ era otra incógnita. Pero nadie dirá honestamente que Juan Carlos no siguió un camino correcto. Aunque nunca se ofreciera al pueblo ese deseado referéndum para elegir entre monarquía parlamentaria y república, cuyo resultado no hubiera podido ser más incierto.
Con los años transcurridos, uno prefiere que la vida siguiera por el cauce de evitar una confrontación extrema entre dos idealizaciones, en un momento aún crítico, que pudiera hacer a la sociedad regresar mentalmente a los azarosos días de 1931, cuando entre algaradas y movimientos de masas se proclamó la república.
Hace 50 años había muchos grupúsculos ultras. A derecha e izquierda. Una docena de individuos (algunos centenares tal vez, entonces) puede hacerse muy presente con una salvajada. En la Transición hubo varias. Pero el espíritu que imperó, y creo que la mayoría de los que lo vivimos con edad suficiente para entender lo que estaba pasando así lo entendimos, es el que dio lugar a la letra de una canción, ‘Libertad sin ira’ (interpretada por el grupo Jarcha), con la que en octubre de 1976 se presentó el periódico Diario 16. Merece ser releída al calor de la actualidad:
“Dicen los viejos que en este país
Hubo una guerra
Que hay dos Españas que guardan aún
El rencor de viejas deudas
Dicen los viejos
Que este país necesita
Palo largo y mano dura
Para evitar lo peor
Pero yo solo he visto gente
Que sufre y calla, dolor y miedo
Gente que solo desea
Su pan, su hembra y la fiesta en paz
Libertad, libertad
Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira
Porque hay libertad
Sin ira, libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá
Dicen los viejos que hacemos
Lo que nos da la gana
Y no es posible que así pueda haber
Gobierno que gobierne nada
Dicen los viejos
Que no se nos dé rienda suelta
Que todos aquí llevamos
La violencia a flor de piel
Pero yo solo he visto gente
Muy obediente, hasta en la cama
Gente que tan solo pide
Vivir su vida, sin más mentiras y en paz
Libertad, libertad
Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira
Porque hay libertad
Sin ira libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá…”
Lo que es una vergüenza para los españoles de hoy es que, 50 años después, hayamos consentido que una panda de políticos cortos de miras y largos de ambiciones personales hayan enterrado en sus propias fosas lo que hace medio siglo sentíamos, queríamos y deseábamos la inmensa mayoría: poder hablar, discutir o negociar los unos con los otros con libertad y respeto por todas las ideas. O por la falta de ellas.
