Martes, 11 de noviembre de 2025


Los firmantes del acuerdo, Miguel Ángel Gil y Enrique Cerezo, por el Atlético, y Robert Givone, por ASC.

Véndese 'Atleti'. Razón: estadio Metropolitano

El Atlético de Madrid va a ser ahora, mayormente, propiedad de una sociedad de inversiones estadounidense que compra el 56% de las acciones del club madrileño. No es de sus seguidores, aunque estos se lo crean. Tampoco lo era antes.

En 1990 el Gobierno socialista de Felipe González promulgó la ley (y luego el reglamento) por el que los clubes de fútbol profesional con deudas debían convertirse en sociedades anónimas deportivas antes del 30 de junio de 1992. En la práctica, eso obligó a todos salvo Real Madrid, Barcelona, Athletic de Bilbao y Osasuna. La ley afectaba a los clubes de deportes profesionales, pero ninguno mueve dinero y deudas con parecido volumen a los de fútbol.

La gracia del asunto es que se pretendía poner un poco de orden y concierto (criterios comerciales, sensatos y de transparencia) en el desmadre de los dineros futboleros, deslizando la idea de que ‘los antiguos socios del club pasan a ser accionistas y las decisiones dependen del capital invertido’, en vez de valer un voto 'gratuito' por cada socio en la Asamblea del club.

Bonita fantasía, esa de que ‘la masa social de los clubes’ asumiera la responsabilidad real y financiera, rascándose un poco el bolsillo y tomando las correspondientes participaciones. En lugar de eso, la inmensa mayoría de los ‘socios’ ignoró la compra de acciones (ni siquiera una cada uno) y se frotó las manos ante la perspectiva de que ‘un tío con pasta’ se hiciera cargo de cada club y pusiera lo necesario para sacarlo adelante.

La realidad, es evidente, salió por otros derroteros. Ocurrieron mil y una trapacerías para tomar el control de algunos clubes y surgieron personajes impensables que saltaron a un inmerecido primer plano, en busca de su propio beneficio.

Son pocos los clubes de fútbol que han encontrado ese propietario mecenas que no sólo se juegue su capital para controlarlo, sino que además invierta en los jugadores que sus hinchas querrían.

Hay decenas de casos. Desde equipos que cayeron en una espiral de descensos, o incluso hubieron de disolverse, hasta clubes históricamente potentes que andan penando por sostenerse en su categoría, mientras su propietario ni siquiera vive en el país. Como el Valencia.

En torno al fútbol danzan los millones con alegría, pero no necesariamente en el propio negocio del fútbol, aunque la figura de la SAD permita el ánimo de lucro. En la práctica, el que compra un club (o una parte importante) no lo hace pensando precisamente en obtener dividendos. Se gasta al límite y un paso más. Si falta dinero, se venden jugares. Si faltan jugadores, se ficha barato, o nada. Y así. Además, donde se mueve tanto dinero, suele haber muchos tipos de comisiones…

Llegado el caso, siempre se pueden vender las acciones a algún otro inversor, con o sin beneficio. La ganancia puede depender de otras rentas intangibles. Ser propietario de un club, o ejercer de presidente, abre puertas a muchos contactos y oportunidades de negocio propias. Los palcos directivos son vibrantes centros de ‘networking’. Y cuando el ámbito de interés es local, ni siquiera es necesario que el equipo vaya especialmente bien, porque el fenómeno de fanatismo que genera es suficiente para dar notoriedad e importancia social.

Mientras tanto, los ‘antiguos socios’, que ahora sólo son clientes por más que se crean que el club les pertenece y así se lo hacen pensar, bobamente, desde los medios especializados, han de conformarse con el derecho al pataleo e insultar al palco de vez en cuando. Y a los árbitros y determinados rivales, por costumbre.

El único caso en el que los seguidores se hicieron realmente cargo de un club fue cuando el Oviedo, en riesgo de desaparecer por deudas (jugando en Segunda B, en 2012), se salvó con una campaña popular de compra de acciones que movilizó a más de 40.000 fieles desde 125 países… y con la entrada de inversores como el multimillonario mexicano Carlos Slim.

En el Atlético de Madrid, según el acuerdo de venta de acciones, el CEO Miguel Ángel Gil, hasta ahora mayor propietario en nombre de su familia, y el presidente Enrique Cerezo seguirán al frente del club. Pero los fans colchoneros habrán de empezar a digerir que, en asuntos de dinero, esos líderes deberán responder ante Apollo Sports Capital (ASC, ya tiene gracia que sean las mismas letras de la empresa del presidente del Real Madrid, ACS), cuyo interés se verá con el tiempo.

El Atleti tiene un buen patrimonio (material y deportivo), un estadio Metropolitano muy moderno y unas posibilidades de obtener rendimientos con otras actividades que seguramente despiertan más apetito inversor que los saltitos del entrenador para calentar a la grada.

La venta de las acciones será efectiva en el primer trimestre del año próximo, una vez cumplidos los trámites y autorizaciones regulatorias pertinentes.

Seguramente cuando al Gobierno se le ocurrió hace 35 años imponer ese cambio societario obligatorio no cayó en lo que dicen las siglas del modelo leídas en inglés (entonces no estaba de moda poner a todo nombres en inglés): SAD significa tristeza. /Julio Miravalls