Domingo, 2 de noviembre de 2025


Edificio recién estrenado en Madrid en el que un par de viviendas acaban de añadir el acristalamiento de su terraza. /JM

Terrazas acristaladas

Cuando todos padecimos un largo arresto domiciliario, en tiempos de pandemia, muchos ciudadanos (en Madrid y en toda España) hubieran matado por tener en su vivienda el alivio de una terraza, un balcón, donde poder asomarse a oler siquiera el vacuo aroma de una calle vacía e inerte.

Ocurre que en las viejas edificaciones urbanas era costumbre que los pisos exteriores tuvieran algún pedacito colgante del exterior, separado del vacío por una barandilla (había interiores que se conformaban con vistas a un patio).

Incluso en la época del desarrollismo así siguió siendo, en la masiva edificación de casas con muchas alturas. Construidas unas por iniciativas privadas y, para los menos pudientes, muchas otras patrocinadas por el llamado Instituto Nacional de la Vivienda. También en esas solía haber terraza o balcón, siempre que el espacio lo permitía.

Pero, como resulta que esos pisos para las incipientes clases medias no solían tener demasiados metros cuadrados (y las familias acostumbraban a tener más hijos que ahora), a partir de los años 60 empezó a ser habitual que las terrazas fuesen cerradas, acristaladas y asimiladas (a veces hasta con ladrillo) como espacio plenamente habitable.

Así fue, desde luego, en Madrid. Y seguro que en casi todas las ciudades españolas.

Algunas de aquellas terrazas daban para añadir una habitación a la vivienda, otras podían ser una extensión para cosas que no cabían en la cocina (lavadoras, calderas…) y otras, simplemente, una fórmula para reconfigurar con algo más de espacio los tabiques del pisito.

Y así, acabando el siglo, dejó de ser tan habitual que los nuevos pisos hubieran de tener necesariamente la extensión colgante de un balcón, o el saliente estructural de una terraza.

De modo que llegamos a 2020 y a los domicilios de la mayoría de los madrileños sólo les quedaba el alivio de las ventanas, para salir a aplaudir cuando lo reclamaba el gobierno. En Italia salían a cantar y era más conmovedor.

El espíritu utilitarista de la arquitectura, aunque bastante paralizada desde la crisis del primer decenio del siglo, reaccionó con un resurgir de las terrazas y espectaculares solarios en los áticos de las nuevas construcciones.

Conviene considerar que, a falta de planes y políticas para construir vivienda asequible, ahora parecen ser más las construcciones de cierto nivel o propiamente de lujo. Y los precios van subiendo, aunque los metros cuadrados no suelan ser tan generosos como en sus equivalentes de comienzos del siglo anterior.

Así que, cinco años después, cuando el shock pandémico empieza a confundirse y desvanecerse en la memoria colectiva, resulta que compras una vivienda en Madrid y los precios medios son más de 4.000 euros por metro cuadrado. Pero más bien rondan o superan los 8.000 en las aparentemente mejores, aunque entre ajardinados, zonas comunes y todo eso, el piso en sí no da para mucho más de un par de dormitorios…

Mira por dónde, volvemos a lo del último cuarto del siglo pasado. Y, ¡oh, sorpresa!, vuelven a verse los acristalamientos de terrazas para dar mayor habitabilidad a terrazas enormes, cuyo aprovechamiento en un Madrid con medio año de mal tiempo no es tan obvio.

Véase el caso del edificio de la foto. Tan nuevo, que todavía parece estar sólo habitado a medias. Responde a una cierta moda de escalonamiento que concede cielo abierto a todas las viviendas de todas las plantas. Terrazas de bastantes metros cuadrados. Y algunos de los nuevos propietarios reinvierten en cerramiento y techos articulados, que por lo menos concederán otros tres o cuatro meses de aceptable habitabilidad añadidos a las terrazas descapotables. Lo importante vuelve a ser la disponibilidad del espacio por el que tanto dinero por metro cuadrado se ha pagado.

Si se hace moda será, como decían nuestras abuelas, porque la moda es un saco al que se le van echando cosas dentro y cuando se llena, se empiezan a sacar de nuevo. /Julio Miravalls