PALABRAS
Martes, 14 de octubre de 2025

Ilustración basada en la histórica foto de los acuerdos de Oslo, en 1993, con Arafat, Clinton y Rabin. Creada con IA generativa Copilot.
...Y la paz en Gaza
Es una frase que ha servido de caricatura para la rubia tontita aspirante a Miss Mundo: su discurso ante el jurado debe concluir expresando sus deseos de alcanzar ciertas metas personales “…y la paz en el mundo”. Aunque no tenga ni idea de cuáles son los conflictos que perturban esa paz, quiénes son víctimas y quiénes verdugos (siempre los hay) y ni siquiera sea capaz de situar en el mapa el país o países para los que reclama la paz. Un simpático brindis al sol.
El 13 de septiembre de 1993 se plasmó una histórica fotografía en la que el presidente de Estados Unidos (a la sazón, Bill Clinton) parece a punto de abrazar al líder palestino Yaser Arafat y al primer ministro israelí, Isaac Rabin, mientras estos se dan la mano. La imagen transcurre en los jardines de la Casa Blanca y se acaban de firmar los acuerdos de Oslo que, entre otras cosas, establecían el camino hacia la solución de los dos Estados. Algunos, ingenuamente, creímos que iba ser el final de un conflicto secular, en un tiempo en que se respiraban nuevos aires por todo el planeta, tras la caída del Muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría. Ingenuos como auténticos aspirantes a Miss Mundo.
Arafat y Rabin, junto con el ministro de Exteriores israelí Simon Peres, compartieron el Premio Nobel de la Paz de 1994. Y eso, digamos, fue prácticamente todo lo que lograron.
Tras la firma de aquellos papeles en la Casa Blanca, Arafat volvió a Gaza, después de largos años de exilio. Todavía participó en una segunda fase de las negociaciones de Oslo que concretaban algo más los detalles. Pero el antiguo líder guerrillero, lo fue de la OLP y de Al-Fatah, fue perdiendo la confianza de quienes lo rodeaban como responsable de la Autoridad Palestina. Quedó aislado en su sede de Ramala y acabó muriendo en un hospital parisino, aquejado de una enfermedad que despertó múltiples especulaciones (no acreditadas) de envenenamiento.
Para Rabin hubo aún otro éxito político, firmando la paz con Jordania. Que perdura. Pero también empezó a sufrir el acoso de sectores integristas y nacionalistas israelíes, disconformes con sus concesiones a los palestinos. Su final fue más dramático y rotundo. Un extremista israelí lo asesinó a tiros en la calle el 4 de noviembre de 1995.
En ambos casos, la voluntad de grupos con ideologías y posiciones extremas (se podrían calificar de ultranacionalistas todos), con elevados componentes de odio y firmes deseos de polarizar a su propia sociedad, pudo más que el deseo de paz, seguramente mucho más implantado en la mayoría de la población.
Hay que recordar la historia, para intentar evitar que se repita.
Las imágenes de este comienzo de semana, con intercambio de prisioneros en una proporción de 50 a 1, siguen llevando el germen del conflicto. Esta vez no se han visto momentos tan indignos como en la anterior entrega de rehenes, humillados para hacer propaganda a Hamas a punta de fusil. Pero las armas siguen a la vista. En ambos lados. Lo que ahora celebran terceros países en un balneario egipcio (incluido el primer ministro español en su actual irrelevancia internacional) puede ser el comienzo de un camino. O no. Hay demasiados intereses en mantener “la tensión”.
Podría especularse con que esto es la consecuencia más directa del bombardeo del pasado junio, en el que participó Estados Unidos, contra el programa nuclear iraní. Un movimiento de geopolítica militar que ha cambiado algunas posiciones de fuerza en Oriente. El poder de los ayatolas parece haber quedado tiritando, sin fuerza suficiente para seguir alimentando otras guerras. Al menos por ahora.
Pero, en cualquier caso, la manipulación que se ha hecho de todo lo ocurrido desde aquel 7 de octubre de hace dos años, cuando Hamas lanzó una guerra en la que obviamente pretendía convertir en carne de cañón a los que llama su pueblo, hace temer que se pueda volver a oscurecer la débil luz recién encendida. Hay demasiados intereses que medran en la polarización mundial y país a país. Demasiadas palabras convertidas en piedra arrojadiza sin ton ni son. Demasiado periodismo unilateral que difunde con ardor datos imposibles de contrastar y procedentes de una sola fuente interesada…
Ver la guerra desde lejos, interpretarla en clave propia e, incluso, llegado el caso, acercase en un viajecito turístico con apariencia de riesgo, puede ser un entretenimiento políticamente productivo. El problema palestino, que es también el problema israelí (una sociedad democrática abocada a vivir siempre en pie de guerra), puede tal vez encontrar una solución en el camino que se acaba de abrir. Pero, para que eso sea cierto, hará falta que los extremistas de ambos lados se vean de una vez sin apoyos. Internos y externos.
Y que los aspirantes a alguna posición o ventaja política en terceros países (como España, pongamos), que a cambio no suelen tener mucho que decir sobre la guerra provocada por Rusia en Ucrania, no hagan costumbre obligatoria terminar sus desbarres y discursos polarizadores localistas con un deseo final: “…y la paz de Gaza”. Donde quiera que sea eso.
/Julio Miravalls
