PALABRAS
Sábado, 2 de agosto de 2025

Las mejoras enseñanzas son las de la escuela de la vida... dicen algunos políticos. / Ilustración creada con IA generativa.
Titulitis
Durante años, se llamó titulitis al afán de conseguir (o exigir) títulos académicos, aunque fueran en carreras facilonas y de limitado valor, para ilustrar el currículum.
Pero, tras una intensa labor de zapa desde los poderes políticos sobre la importancia de la educación, parece que el progreso consiste en que ya ni siquiera es necesario hacer ese mínimo esfuerzo para obtener una licenciatura, grado o doctorado.
Tampoco hace falta que un equipo ministerial bien mandado te prepare un trabajo de tesis doctoral en economía para para luego presumir, si llegas a primer ministro. A nadie le importa. Y ahora basta con tirar de fotocopiadora (a color mucho mejor) para hacer diplomas e inventarse estudios de alto nivel a partir de un seminario de tres días, unas jornadas de oyente o, simplemente, apuntarse una licenciatura que ni siquiera existe o existía en el momento en que se fecha.
En cuestión de unos días han caído tres políticos de alto rango, cada uno de partidos diferentes, después de que les sacaran los colores en los papeles por troleros. Pero lo peor es que hay unos cuantos más, varios en el gobierno y sus aledaños, silbando y mirando al cielo para disimular sin responder de sus pecados.
Tiene cierta lógica que las acreditaciones académicas carezcan de valor e importancia en un país en el que se trata de que los niños pasen de curso como sea, aunque vayan cargados de cates; en el que la Universidad es un entretenido aparcamiento para jóvenes, que mientras alarguen sus carreras (y aunque nunca las terminen) están ahorrando cifras en el paro; y en el que ciertas encuestas señalan elevados porcentajes de trabajadores sobrecualificados para las tareas que hacen. La mejor diplomatura la expide la escuela de la vida, han llegado a decir algunos políticos. ¡Si hasta la ministra de ciencia aplaude a uno de los pillados en renuncio! O sea.
Y el que quiera publicar libros y autobiografías, que se busque un negro. O una negra.
Al final lo que vale e importa es quiénes recomiendan a quiénes, dónde está el mejor enchufe, en qué organizaciones puedes prosperar con sólo mostrar fidelidad perruna y de quién eres cuando llega la hora de buscarse las habichuelas con caviar en algún discreto consejo de administración, saltando de puerta giratoria en puerta giratoria.
Los que realmente saben y se esfuerzan, con un poco de suerte, ya se las arreglarán por su cuenta. Total, son los menos…
