PALABRAS


 Domingo, 22 de junio de 2025


Cazadores en plena montería. / Ilustración creada con IA generativa.

Leyes de caza

Hay dos Españas, sí.

Una es la España del lobo, envejecida, que mira su escopeta con rabia, porque las leyes no le dejan defender a su ganado; que sufre con los precios que le ponen al producto de su trabajo y pensando en el próximo fuego en los bosques que no le dejan limpiar y explotar; y, al fin, se rebela cuando le ponen un tren para que pase de largo.

La otra España es urbanita, sostenible, resiliente y solidaria; es la que pone las leyes y prohíbe cazar, aunque en realidad vaya justita de entender transiciones injustas, porque se pasa la vida de montería en montería. Usa palabras muy modernas y formateadas. Está convencida de que el teletrabajo forma parte del listado de derechos fundamentales del hombre [y de la mujer, claro] y se asombra cuando no encuentra rayitas en el móvil al visitar la España envejecida.

La política ya no consiste en estar a la izquierda o derecha de algún río, las ideas son leves e intercambiables, sino en qué influencers conmueven a cada cual, contra quiénes está y con qué camiseta futbolera comulga. Nadie nombra al campesinado. Eso se ha perdido en la memoria histórica. A lo sumo se habla de territorios “vaciados” y, desde luego, de “ricos”, o “super ricos”. Mueve más votos el resentimiento de envidia que un suspiro de justicia. La idea de justicia sólo vale para discutirla, salvo cuando la propia Justicia, con mayúscula, se hace valer y muerde carne de poltrona con buenas pruebas y argumentos de peso. Y lo hace con los dos bandos, aunque ambos tiendan a no verlo.

Todo lo demás se somete a las sencillas leyes de caza establecidas por cada montería, para el tiroteo de cada día. Son leyes bastante ajustadas a lo que serían unas reglas básicas para asistir a una cacería. A saber: nunca dispares sin identificar claramente el objetivo y lo que hay detrás, nada de tirar al cielo. No vale moverse del puesto, hay que permanecer en el lugar asignado. Hay que usar ropa de alta visibilidad, que se vean claritos los colores. Y sólo se puede disparar a las especies autorizadas.

Luego, hay que considerar las distintas estrategias. Casi siempre parecen más eficaces las de los monteros progresivos. Siempre les luce más porque fijan una presa y todos disparan sincronizadamente, con la misma munición y fuego graneado. Caiga o no caiga, siempre dejan la foto en su pared.

A los otros, que tanto les cuesta sostener la popularidad que les gustaría, les distrae del tiroteo tanta disparidad de animalitos, corriendo de un lado a otro. Especialmente en los últimos tiempos, que de la chistera sale un gazapo, o un elefante, cada día y, así, se olvida la presa de la semana pasada mientras se espurrea por todas partes el plomo de sus perdigones.

Puede que tengan peor puntería, o que sus ayudantes de campo no tengan ni idea de aventar las presas que más les convienen. Deben tener peores batidores y perros, porque no consiguen ni fijar la foto. A ver quién se acuerda del objetivo de hace apenas tres meses. Y era caza mayor…

Dicen que el plomo es tóxico para el campo, pero como esto pasa sobre todo en la ciudad, parece más bien que tiran con cartuchos de sal. Lo que sea se lo llevan las atascadas alcantarillas (y el personal de fontanería), mientras las corzas, los conejos y los jabalíes corretean tan panchos, tirándose al monte. O se escapan a Europa dejando atrás sus excrementos.

Y mientras, el lobo, tranquilamente a lo suyo. /Julio Miravalls