PALABRAS


 Sábado, 7 de junio de 2025


Ilustración creada con IA generativa.

Catalán sin intimidad

Desde hace siete siglos, en Bangkok se celebra cada año la ceremonia del arroz (ceremonia del arado, la llaman), que marca el inicio de la temporada de la siembra.

En una gigantesca esplanada frente al palacio real y con la presencia del rey (para los tailandeses es casi como un dios), se reúne una multitud. Cortesanos arrojan sobre el empedrado semillas de arroz y cientos de aldeanos gatean por el suelo, intentando recoger la mayor cantidad posible.

Hace casi 20 años, el Departamento de Arroz de Tailandia, anunció el logro de una variedad modificada genéticamente, especialmente resistente a las inundaciones y estupendo para no tener problemas con las semillas. Hay sentido práctico, ciencia y tecnología para no depender de la magnanimidad del poder. La ceremonia no se ha alterado. Alimenta sentimientos, tradiciones y alguna superstición. Chuscas paradojas de los tiempos modernos.

Pero, frente a toda la carga emocional desplegada en la plaza de Sanam Luang, lo que más impresionó a este periodista fue la multitud de asistentes debidamente ordenada y uniformada con ropajes de colores específicos. Disculpen que no recuerde los significados concretos. El caso es que los granjeros, los funcionarios (una gran masa), los militares, los policías y los miembros de diferentes gremios formaban grupos con sus respectivos colores. Con o sin animosidad entre ellos, cada grupo se mostraba compacto, separado y cerrado en sí mismo.

La uniformidad y las señas que distinguen a unos de otros son necesarias en el campo de batalla, o en el campo de juego, para no dar plomo a un amigo ni el balón a un enemigo. Y la política también juega a eso. Cada vez más.

En un tiempo de cordones sanitarios, tensión, crispación y señalamientos, los grupúsculos buscan la manera de diferenciarse y apuntar contra los otros. Es un vergonzoso tiempo de identidades por encima de cualquier otra cosa. Incluso por encima de la necesidad de comunicarse y negociar lo que importa a todos con quienes opinan de diferente manera.

Por eso el incidente de los pinganillos en la conferencia de presidente autonómicos con el gobierno debe interpretarse como lo que es: un conflicto intencionado. La lengua, en particular el catalán, se ha convertido en una de las más punzantes armas arrojadizas de la política actual en España.

No es que a unos les importe por encima de todo que los extraños les entiendan hablando catalán, ni que a otros les moleste que quienes lo hablan lo usen para comunicarse entre sí. Es que se convierte en la camiseta de un color determinado que marca una línea de separación. A un lado, o al otro.

Y da igual si para unos es un signo de distinción y para otros un gesto de desafío y señalamiento. La realidad sencilla es que se utiliza como frontera militarizada, con barreras, alambre de espino y ametralladoras listas para disparar.

Cualquiera que no hable catalán (el vasco es menos frecuente: son muchos menos los que lo hablan regularmente incluso en su territorio), ni tenga el menor inconveniente en estar con otros que sí lo hacen, habrá vivido alguna vez la experiencia: de repente dos o tres se ponen a conversar entre ellos en la lengua que el uno no domina. Y se produce una desconexión.

Pero no pasa nada, es lo que normalmente cabe pensar. Sería algo particular que tenían que decirse, un asunto personal, un chiste privado o algo de cierta intimidad. Mientras el lenguaje gestual no resulte incómodo para quien no les entiende, es de tontos ofenderse.

Ocurre lo mismo cuando estás inmerso en grupos multinacionales, por trabajo o por lo que sea, y entre los franceses, los italianos, los españoles o los turcos se produce en algún momento un apartado en idioma propio, aislándose del resto y renunciando a la lengua que se habla más o menos en común. Que, por cierto, en Europa es siempre el inglés, aunque habitualmente resulte ajeno a la mayoría.

No tiene por qué haber conflicto. Basta con dos dedos de frente para asumir que, a veces, la comunicación personal se establece de manera instintiva en el idioma propio, aunque haya terceros oyentes. Sobre todo cuando se entiende que lo que se va a decir no les atañe a los otros y el hablante se siente más capaz de explicarse así.

Cuando se trata de una reunión de trabajo, en la que se supone que lo que se habla les afecta a todos, y todos conocen una lengua común (o no tanto, eso depende de la educación e inteligencia de cada uno), se habla, lógicamente en la que es válida para todos.

El pinganillo y el ejército de traductores sólo tiene algún sentido, político, en determinados organismos de representación formal, como la ONU o el Europarlamento, en el que la costumbre es que cada orador acuda a hablar de su libro (y para su público) en lengua propia (reconocida). Se va a soltar discursos. Los asuntos que hay que negociar se tratan en otros despachos, en comisiones y en reuniones privadas. Se haga en el idioma que sea, con o sin intérpretes por necesidad imperativa.

El conocido argumento de que la lengua propia tiene un valor sentimental, y los sentimientos no se negocian, es admisible. Dentro de ese ámbito, naturalmente. Pero los sentimientos íntimos, son eso: un valor de la intimidad.

Un sentimiento merece respeto o, en el peor de los casos, indiferencia. No se puede pretender imponérselo a los demás a toda costa. Y quienes dicen haberlo padecido en sentido contrario, con mayor motivo deberían saberlo. La civilización tiene otras pautas, no las de la camiseta de un color que establece grupos, separa y marca distancias.

Los pinganillos en la conferencia entre representantes de diferentes territorios españoles, que debían tener relevantes asuntos comunes que tratar, no eran precisamente un símbolo de concordia, sino de diferenciación y mensaje político con terceras intenciones: hacer ver, desde el gobierno, que las lenguas cooficiales (lo son en sus respectivos territorios) son tratadas como oficiales para toda España.

Lo cual, no es cierto. Ni constitucionalmente, ni el uso real. Pero el mensaje era directamente para el prófugo que manda en España como supervisor general del gobierno. Y, de paso, para los que en la Unión Europea ven un problema en aumentar la Torre de Babel más allá de lo que imponen las reglas de los actuales tratados: ‘Fijaos que aquí sí lo hacemos’, les dice el gobierno español (‘pero no os fijéis el resultado’).

En el clima de polarización extrema, que tanto parece convenir a una de las partes, la retirada de la presidenta de la comunidad de Madrid, antes que ponerse el pinganillo para oír un discurso en vasco, es munición de desprecio para quienes quieran sentirse despreciados. Si se hubiera quedado en la sala, sin usar el aparatito y quizás entretenida con su móvil, también habría sido una ofensa para esos mismos. En la política de gestos y retórica cualquiera suyo se habría interpretado igual.

Pero eso da lo mismo. El pinganillo se emplazó con la peor intención en la Conferencia de Presidentes, como uno de esos misiles que de vez en cuando lanza Corea del Norte. No hace falta que exploten. El mensaje es que hay cohete. El pinganillo era el mensaje.

Y lo gracioso es que le tocase disparar el cohete a ese triste actor de reparto que siempre parece un secundario, incluso cuando le toca hacer de mandamás (Tarantinto le habría colocado en alguna de sus películas como el sigiloso señor MascarIlla, siempre bien mandado).

La triste gracia está en que él debería ser el más interesado en que la conferencia en casa hubiera parecido un lugar de cierta concordia y “normalidad”. Que él mismo hubiera podido explicar lo que tenía que explicar, que le escuchasen, le entendiesen (en sentido lato) y le dieran pie para debatir y argumentar. Aunque no le dieran la razón, al menos hablaría cargado de sus motivos para los suyos más allá de la intimidad.

Sin embargo, la fecha quedará como el día de los pinganillos. Otro momento chusco y ridículo de la política española. /Julio Miravalls