EL BESTIARIO


 Martes, 15 de abril de 2025


Foto de Mario Vargas Llosa en 1982, tomada de Wikipedia, de autor desconocido.

Vargas Llosa

La muerte de grandes personajes de la cultura (a veces también de la ciencia, casi nunca de la política) suele traer consigo múltiples panegíricos de escribidores reivindicantes de algún contacto con el occiso. Es una gran ocasión para escribir de uno mismo al calor de un nombre ilustre.

Con el fallecimiento de Mario Vargas Llosa, este periodista va a pillar por los pelos la ocasión de cuando fuimos compañeros de pupitre durante un par de semanas en Barcelona. En varias ocasiones, hombro con hombro.

Sucedió en 1982, durante la segunda fase del mundial de fútbol celebrado en España. Quizás un escenario extraño para el escritor peruano, que fue contratado por La Vanguardia para escribir piezas de inspiración bastante propia sobre los partidos jugados en el Camp Nou y en Sarriá. Precisamente la foto, de autor desconocido y hallada en Wikipedia como dominio público, es de ese año.

Lo más extravagante de aquella calurosa quincena (Barcelona estaba cercada por incendios forestales) era la presencia de Vargas Llosa, tan fuera de lugar, en la tribuna de prensa futbolera. La memoria traidora quiere situarle con chaqueta y corbata, mirando a todas partes con ojos atónitos, y tomando de vez en cuando alguna nota en un cuadernito. Probablemente no fue así, lo del atuendo, en aquel partido de Sarriá en el que Italia le atizó con todo a Argentina (en especial a Maradona) bajo un sol de justicia a las cuatro de la tarde.

Vargas Llosa se quedaba hasta el final cada jornada, recogía sus cosas con calma y, creo, se despedía con un leve cabezazo y media sonrisa. Quizás no. Uno no podía dejar de estar pendiente de la celebridad y preguntarse qué pintaba allí, así que tal vez acababa por imaginarse cosas que nunca ocurrieron.

Los plumillas deportivos salíamos corriendo hacia la sala de prensa para escribir y dictar (dictar, sí) nuestros textos a las redacciones. Vargas Llosa, sencillamente, se iba. Y al día siguiente, oh decepción, cuando buscabas en el papel qué había escrito el literato sobre lo mismo que habías visto (y escrito) descubrías que nada.

Sus textos se tomaban 24 horas de reposo. Y el joven, tal vez alocado periodista, imbuido de la fiebre deportiva y futbolera, no podía dejar de preguntarse qué tenía que ver todo aquello que aparecía bajo la ilustre firma con lo que había sucedido en el estadio dos días antes.

Honestamente, ojalá tuviera ocasión ahora de volver a echar un ojo alguna de aquellas contracrónicas. Probablemente ahora entendería mejor su sentido. O no. Quizás para el literato fue un sencillo divertimento de verano que le sufragó con generosidad las vacaciones.

En la vida y en la muerte, también Vargas Llosa fue un ser humano. /Julio Miravalls