Lunes, 17 de marzo de 2025
Maruchi
A Maruchi -como la llamaban su madre y mi padre, con los que vuelve a reunirse- no le gustaba que los demás le pusieran diminutivos o le recortasen el nombre. Siempre insistía en que se llamaba María Antonia.
Fue una niña de la guerra. En el siglo pasado tampoco fueron fáciles las cosas. A los nueve años la metieron en un tren a Barcelona para alejarla de las bombas. Sola. Separada de su madre y sus hermanos. Alguna vez contó que cuando se despidieron su madre le decía, “Maruchi, hija mía, no te olvides de tu nombre. Te llamas María Antonia”.
Seguramente fue todo eso le que le hizo vivir siempre en permanente alerta de severidad.
Pero la abuela consiguió reagrupar a la familia en el pueblo de Aviñó, antes de regresar a Madrid. Y María Antonia fue siempre una castiza madrileña. Hija de madrileños, casada con un nacido en Madrid. En su juventud fue modistilla. A veces cantaba. Y lo hacía bien.
Ahora, ya ves, tan rotunda ella, se ha despedido suavemente durante una tregua de lluvia y bajo un cielo de nubes velazqueñas de domingo, como el que se veía desde la ventana de casa hasta que prefirió mantenerla siempre entrecerrada, como una carta de dimisión de la vida.
Se lleva consigo mucha memoria que ya no nos relatará nadie. Ella era la que recordaba minuciosamente fechas, cumpleaños, sucesos y detalles. Le gustaba leer periódicos y seguramente le habría agradado que saliera su esquela en un papel, pero ya no le guardaba fidelidad a ningún diario impreso. Ninguno era el suyo.
Y si en los últimos tiempos anduvo con los recuerdos perdidos, quizás fue porque ya rebuscaba en su cabeza reencontrarse con los ecos de aquellas voces que la llamaban Maruchi.
/Julio Miravalls
