Miércoles, 29 de enero de 2025

Concentración de taxis de toda España en la Castellana. /JM
Rompeolas de las Españas
Once y media de la mañana en la Castellana. Amenaza lluvia y es imposible conseguir un taxi, aunque hay cientos de ellos, tal vez miles, ocupando por completo la calzada hasta donde alcanza la vista.
Madrid, rompeolas de todas las Españas (Antonio Machado), agita la espuma blanca llegada de todas partes, con salpicaduras negro-amarillo del clásico de Barcelona. Taxis de Alicante, San Sebastián, Zaragoza, Pamplona y muchos sitios más, todos los sitios, reunidos para protestar todos a una ante ese Madrid simbólico del poder, que no es el mismo en el que vivimos los madrileños. Ese es un Madrid que viaja en helicóptero y avión privado del Ejército del Aire. Manda sin mezclarse con la gente de las calles. Seguramente no los ha visto.
Se quejan, los taxistas, de los precios que les imponen los seguros. “Hasta 7.000 euros al año” grita la pancarta puesta al frente, ante una relajada barrera policial, a pocos metros del caos de grandes obras que flanquean el renovado estadio Bernabéu.
En las aceras, algunos curiosos observan el maremágnum de globos y bocinas. Madrid no se alarma demasiado por otra manifestación más, aunque sea así de voluminosa. “Los mirones son de piedra y dan tabaco”, se decía en el mus, exigiendo silencio, cuando todavía se podía fumar en algún confortable garito durante la partida. Ahora sólo queda el silencio y un resto de curiosidad.
Un policía impide cruzar al centro de la calle paralizada, para mirar por delante de la manifestación. “Si pasa usted querrá pasar todo el mundo”, argumenta. “Es sólo para una foto…”. “Bueno, si es para una foto…”, consiente.
No hay tensión, sino un aire de dolorida angustia. Desde una furgoneta se emite una especie de rap, contra Cabify.
La queja escuchada es que la elevada siniestralidad de los AVT hace que suban hasta precios estratosféricos las pólizas del taxi. Es la protesta en carteles en las ventanillas. Aunque el trasfondo ha de ser la irritación por un tipo de transporte que entró en las ciudades a lomos de una mentira: el coche compartido por un particular, que lleva a otros, poniéndose de acuerdo a través de una aplicación…
Al taxista de toda la vida se le exigía, para entrar en la profesión, cumplir con una rigurosa cartilla, que acreditaba su capacidad para conducir bien, habilidad para resolver algunos problemas mecánicos, uniforme azul, gorra de plato y, desde luego, saberse la ciudad. Nada de encomendarse al GPS.
En cambio, al conductor VTC, competidor ya sin caretas, sólo le pedían carnet de conducir y una camisa planchada. Y ahora, ni eso. La camisa puede ir arrugada o transmutarse en camiseta. ¿A quién le importa? Al final lo que queda es tabla rasa para andar por las calles y seguros hasta 7.000 euros.
Pues eso. En Madrid, con lluvia, hoy no era día para encontrar un taxi. /Julio Miravalls
