EL BESTIARIO


 Martes, 21 de enero de 2025


Retrato oficial de Donald Trump al asumir la presidencia de Estados Unidos en 2025.

Donald Trump

Hace muchos años, bromeaba con una querida amiga estadounidense diciéndole que al presidente de Estados Unidos tendríamos que poder elegirlo también todos los ciudadanos occidentales, a quienes nos afectan sus decisiones. Ella, tomándoselo en serio, respondió que, para eso, primero, hay que pagar allí los impuestos.

Y tiene lógica, claro. Pero para lo que no hay que pagar impuestos es para tomar postura previa sobre los futuros presidentes, una vez que son elegidos. Tampoco para opinar sobre los que lo fueron. Y la mayoría lo hace trasladando sus propias ideas, obsesiones y manías a un país que en realidad no conoce y cuyos condicionantes sociales no saltan a la vista por haber visitado un par de veces Nueva York y tal vez San Francisco, o Los Ángeles. O cualquiera otra de sus grandes ciudades.

A Trump le corresponde un juicio preventivo muy severo, por lo que se presume que va a hacer con el poder, del mismo modo que a Obama le dieron el Nobel de la Paz nada más llegar al cargo por lo que algunos imaginaban que iba a hacer. Las realidades posteriores, que en un mandato a cuatro años no suelen ser visibles de verdad hasta la mitad más o menos, tienden a ser menos disruptivas.

En la historia de Trump pesa más lo que pasó cuando perdió sus segundas elecciones y su lenguaje desinhibido dio alas a muy graves incidentes en el Congreso. Pero de los cuatro años que ya estuvo en la Casa Blanca lo que más retumba es lo onomatopéyico de su apellido, que suena a trompazo. En la etapa de Obama, las presunciones previas no evitaron decisiones polémicas y su propia ración de hazañas bélicas, con el momento estelar de la caza de Bin Laden, alejadas del premio pacifista.

La moraleja de todo esto es que los juicios preconcebidos, basados sobre todo en las viejas clasificaciones derecha/izquierda, han quedado bastante desacreditados por la propia volubilidad de los políticos y la tozuda realidad del día a día. Una cosa es lo que dicen que van a hacer, otra lo que realmente hacen y otra más, cómo lo hacen y con qué efectos.

Por supuesto que Trump cambiará cosas y tendrá consecuencias en todo el mundo. De momento, también como juicio preventivo, es obvio que las grandes empresas tecnológicas (la mayor industria mundial) esta vez lo acompañan, mientras que en su mandato anterior fueron en general bastante adversas. Otro cambio visible es que fue Trump el que empezó la guerra contra la tecnología china, sacando del tablero a una empresa tan poderosa como Huawei (que sigue siéndolo, pero ya no en el mercado de consumo) y arrojando las primeras piedras contra TikTok, a la que ahora, sin embargo, salva… provisionalmente (75 días de prórroga le concede, pero sin lanzamiento de penaltis en caso de empate; en ese caso, TikTok quedaría eliminada). La economía y la geopolítica se mueven por raíles propios.

En la política de gestos, el presidente reincidente de Estados Unidos se vuelve a salir de los acuerdos medioambientales de París (ya lo hizo en su primer mandato) y vuelve a prometer un muro en la frontera con México. La vez anterior esto lo dejó menos que a medias. Y lo de París, no nos engañemos, el mayor efecto será que deje de poner dinero para mantener la burocracia de la conferencia intergubernamental. Tendrán menos pasta para viajes en avión.

Lo verdaderamente relevante será el planteamiento de su política energética, que seguramente no será igual que hace ocho años. Si sus políticas ayudan al coche eléctrico y a crear las infraestructuras necesarias, no podrá verse como un desaire a las empresas petroleras, que seguramente seguirán teniendo margen amplio para actuar. Biden puso algunas trabas a su expansión, pero tampoco dio pasos decididos para que redujeran su actividad. Nadie aprieta el botón para parar la máquina.

Si Trump se muestra favorable a la nueva tendencia de construir centrales nucleares, probablemente sin recortar planes para despliegues de energías renovables, no supondrá cambiar demasiado las líneas del gobierno de los últimos cuatro años. Para quienes ven a Elon Musk como un nuevo Rasputín que susurra maldades al oído del gobernante, convendrá que anoten que también tiene una empresa dedicada a la energía solar y sistemas de almacenamiento de electricidad. En la actualidad se llama Tesla Energy, pero en origen era Solar City. No le ha puesto una X en el nombre.

Habrá seguramente una sucesión de polémicas en el terreno de lo que algunos llaman “derechos” y otros, “disparates”. En eso sí que cabe esperar que Trump se dedique a meter el dedo en el ojo a los que han practicado ingeniería social opuesta a sus ideas, metiendo a su vez el dedo en el ojo de quienes no entienden determinadas modernidades. Ya ha empezado, el primer día, con el asunto de los géneros (masculino, femenino “y nada más”) en la milicia y en el deporte. La humanidad del siglo XXI no se conforma con la sencilla receta de “vive y deja vivir”, sin convertir en imposición de parte las visiones más extremistas, ni pretender imponer a nadie por decreto cómo debe vivir su vida.

Lo que sí afecta a casi todos los hombres que llegan a la presidencia de Estados Unidos es el espíritu de James Monroe, el quinto presidente, que gobernó de 1817 a 1825, cuyo fantasma debe seguir teniendo despacho en la Casa Blanca.

Monroe fue el que proclamó aquello de “América para los americanos”. Su imagen apareció en billetes de mil dólares (1869), que no circulan, pero su doctrina es la que marca una línea identificable desde hace dos siglos: el área de influencia que le importa a Estados Unidos es todo el continente americano (casualmente, Monroe delimitó la frontera con Canadá y le compró la Florida a España, como le gustaría a Trump hacer con Groenlandia). Lo que pasa en el resto del mundo (Europa, Asia, África…) es importante para el habitante de la Casa Blanca sólo en la medida en que afecta a los intereses de su país. Estados Unidos entró en las dos Guerras Mundiales cuando llevaban, ambas, tres años. Y en los dos casos lo hizo empujado por sufrir agresiones directas.

La gran diferencia entre Donald Trump y cualquier otro de los presidentes estadounidenses que hemos podido conocer en los últimos años es su ligereza de lengua y su indiferencia respecto a las personas con las que se cruza. No le importa mostrar desprecio, indiferencia o cualquier otra cosa. Pero si en un vídeo de su primera jornada de vuelta al despacho se le ha oído comentar que “España es un país BRIC”, seguramente no ha sido un despiste al estilo Biden ni una muestra de desconocimiento. Más parece una respuesta desdeñosa. Es un hombre de negocios que no da puntada sin hilo. Si el gobierno español pretende aprovecharlo para hacerse su propia campaña de liderazgo antitrump, probablemente se tropezará con un muro de vacío y silencio.

Lo más peligroso de Trump es que, como todo hombre acostumbrado a gobernar su propio negocio con plenos poderes, siempre querrá imponer sus reglas de juego. Y si no le va bien, las cambiará a mitad de partida. No es el único que juega a eso, pero, como dice el tópico, en este momento es el hombre más poderoso del mundo. /Julio Miravalls