Jueves, 3 de octubre de 2024

Una castaña caída sobre la acera, entre cáscaras y hojas otoñales. /JM

Castañas de otoño

La costumbre asocia las castañas con el invierno. Castañas calentitas. Y una vieja castañera, con toquilla y pañuelo a la cabeza, sentada junto al fuego donde las asa para venderlas en cucuruchos de papel a tanto la pieza...

La realidad es que este es el tiempo de las castañas. Es cuando se desprenden del árbol. Caen como un granizo feroz, envueltas en una áspera cáscara que se rompe al chocar contra el suelo en la amable tarde del otoño madrileño.

Es un dicho antiguo que el otoño es la mejor estación en Madrid. Hace sol a ratos, puede llover de improviso, pero la temperatura es deliciosa. Unos pocos grados por encima de los veinte, aunque se nuble. Y si no, los rayos acarician con suavidad la espalda, para dar una cierta sensación de calor que se disipa con solo pasar a un tramo de sombra.

En algún momento se nubla, sí, y puede soplar un ventarrón. Pero aún es tiempo de cruzarse por la calle con mangas cortas y alguna que otra rebeca. Ni frío ni calor, al menos hasta finales de octubre. Sólo los más exagerados y pusilánimes se apresuran a sacar los abrigos.

Y mientras, las castañas se enredan entre los pies de los transeúntes. Ruedan si les dan una patada y les hacen transportarse a tiempos pasados, cuando las calles podían ser un improvisado campo de fútbol. Madrid aún guarda recuerdos de castañares y descampados.

Luego, las castañas del otoño desaparecen, igual que se esfuman cada día las que caen en las aceras, para esperar al invierno.

Entonces, sí. Castañas calentitas, para calentarse las manos. /Julio Miravalls