Sábado, 14 de septiembre de 2024
Un par de gatos se bufan en un solar madrileño, antes de enfrentarse a zarpazos. /JM
Gatos
Madrid es ciudad de gatos. Gatos nos llaman a los madrileños. Cuentan que por la agilidad con que algunos conquistadores escalaron sus murallas árabes, en tiempos de la Reconquista, bajo la disciplina del rey Alfonso VI de Castilla y León.
Para los madrileños de hoy hay hasta cuatro 'rockódromos' en la ciudad, donde pueden jugar a escalar sin el riesgo de ser asaeteados desde las almenas. Para los felinos, solares hay por todas partes. Y vecindario que les da de comer pienso en cubetas colocadas bajo los coches.
Hay gatos blancos, gatos negros, mestizos, rubios, albinos, atigrados y pardos. Sobre todo por la noche, todos pardos.
Cuentan que entre los primeros habitantes del Manzanares en esta era estaban los dientes de sable. Y como el gato es territorial, sólo se necesitan unos palmos de matojos y escombro para ver resurgir el temperamento felino asilvestrado, enfrentándose, bufándose y tirando tarascadas con sus zarpas.
En realidad, el leve barniz civilizado que nos aplica la ciudad, para descascarillarse sólo necesita un momento de desorden, un semáforo que alguien se salta, un empujón en el metro, y que resurja el gato que llevamos dentro. Bufidos, gruñidos y zarpazos al aire. No es la guerra, sólo el viejo instinto territorial. Como cuando Sánchez se mete a maullar y bufar en el espacio de Ayuso. O cuando la gata Ayuso clava las uñas en los callos de Sánchez.
