Miércoles, 4 de septiembre de 2024
La Puerta de Sol, pasadas las once de la noche, llena de paseantes. /JM
Sol a medianoche
No es el mismo fenómeno que fascina a los viajeros que alcanzan el círculo polar ártico. El Sol, allí, brilla durante toda la noche en las fechas cercanas al solsticio de verano (21 de junio), antes y después. En el hemisferio sur, el fenómeno ocurre en torno al solsticio de invierno (21 de diciembre).
Pero en Madrid ocurre todo el año: al llegar la medianoche, la Puerta del Sol sigue brillando con la magia de un kilómetro cero en la vida de cualquiera. Mejor, por supuesto, en verano. Paseando con manga corta y pinta de turista hasta los del Foro.
Sol es un lugar donde se han cometido magnicidios, crímenes urbanísticos, especulación inmobiliaria y millones de locuras de Nochevieja.
La memoria personal siente todavía el temblor de un portal cada vez que pasaba el metro bajo los pies, junto a Sederías Sol, esperando a un amigo para irnos de juerga. El aroma de la Mallorquina. Las colas de Doña Manolita y las tiendas de decomisos en la calle Mayor, donde comprar objetos insólitos a bajo precio.
Y aquella tarde, cuando ETA secuestró a Miguel Angel Blanco, anunciando su asesinato con hora fija. Sol se convirtió en un feroz clamor ciudadano. Quizás por primera y última vez contra el terrorismo vasco. Fuimos cientos, o miles, rabiosamente sentados en las baldosas del suelo.
Allí estuvieron las temidas mazmorras de la DGS franquista, en lo que antes fue la Casa de Correos y después, ahora, el Gobierno de Madrid.
Allí nació un partido de indignados y allí sigue lo que queda de él. Nada. Algún recuerdo y unos cuantos sueldos públicos.
En la Puerta del Sol se han vivido interminables atascos, cuando podíamos pasar con el coche, y reformas delirantes para dejar sólo el paso de los autobuses. Las polémicas del anuncio de Tío Pepe, la tienda de Apple, los timadores de turistas, los que se hacen fotos y los que miran con despiste alguna estatua, las farolas o la incomprensible ballena varada para entrar al metro.
Y allí puede seguir, él o cualquier otro, ese chaval que se sube a un bolardo (a la izquierda de la foto) para mirar su móvil en mitad de la noche. Tal vez estaba preparando un selfie. O comprobando cómo le había quedado. No sería por falta de decorado en pleno Sol a medianoche.
/Julio Miravalls
