Sábado, 27 de julio de 2024
Imagen de la película de Netflix 'En las profundidades del Sena'.
JUEGOS OLÍMPICOS
Se echó de menos a los tiburones del Sena
La ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de París fue rara. Digamos, rara.
Ha molestado a muchos. En bastantes casos, por el exceso de simbolismos woke, o por irreverencia; a algunos, por sacar del estadio el desfile de los atletas y el encendido de la antorcha, difuminando que los Juegos son, básicamente, una expresión deportiva; y a otros, por el exceso y dispersión de estímulos. Ni siquiera los siempre entusiastas comentaristas televisivos conseguían explicar qué estaba pasando dónde. Los espectadores en directo, seguramente, se quedaron en ayunas.
Y las criticas llegan desde todo el planeta.
Este periodista, para tomar posición, lo encontró aburrido y grandilocuente. Demasiado largo y prolijo. Apenas apropiado para tenerlo como ruido de fondo y dedicarse, mientras, a otras cosas. ¡Ah!, y la peliculilla con el viaje final de la antorcha, un adorno postizo fuera de lugar.
Hay un momento apropiado para mostrar ficción grabada, ya sea con ese personaje de videojuego que sacaron correteando por Notre Dame y los tejados, o con Zinedine Zidane reviviendo La cabina en el metro parisino. El simbolismo del viaje final de la antorcha no se debe mezclar con un videoclip de agencia de viajes. Debe ser un recorrido visible, real.
Total, pese a algunas brillantes interpretaciones líricas (deliciosa reaparición de Celin Dion haciendo de Edith Piaf) y la sorprendente e ingeniosa elevación final del fuego olímpico en un globo Montgolfier (¿lo han dejado ahí arriba…?), al show le faltó, o le sobró, mucho…
Se echó de menos a los tiburones del Sena.
Al menos, la película de Netflix 'En las profundidades del Sena', estrenada hace unas semanas para aprovechar el tirón olímpico, resulta un espectáculo rompedor, e incluso divertido, por iconoclasta y salvaje.
No es por enaltecer la carnicería gore, ni desear que unos escualos despistados se hubieran zampado a unos cuantos de los deportistas que desfilaron en bateau mouche (...se habrían ahorrado la mojadura por la lluvia). Es que empieza a resultar estomagante tanto mensaje preformateado de lo políticamente correcto y la vie en rose en toda clase de acto público.
Lo que consiguió la larguísima inauguración es distraer totalmente de que se trataba de una celebración deportiva. Faltó el calor del estadio con las gradas llenas. Sobraron dos horas de postales de París. Una ciudad adorable, dicho sea aparte, pero con media horita hubiera sido suficiente. Y sobró moralina. Los Juegos son deporte.
La esencia del deporte es lucha agonística por imponerse. La habilidad y el talento natural también cuentan, pero lo que suele decidir es el sudor y el sacrificio. El esfuerzo acumulado en entrenamientos. No los vestiditos de fantasía, sino sacar orgullo y enseñar los dientes cuando hace falta para triunfar.
En la película de Xavier Gens eso es lo que hacen unos tiburones fuera de lugar. Al final, y discúlpese si aquí se revienta la historia, las dentelladas implacables no respetan ni a la amanerada alcaldesa, que sólo va a lo suyo, su lucimiento político, ni a la atolondrada ecologista y su tribu descerebrada, que no comprenden la realidad: la fuerza y el poderío (de una supuesta naturaleza trastornada, en este caso) se imponen a diestra y siniestra. Sin politiqueos.
Como metáfora de la fiereza propia de la competición deportiva, desde luego, resulta una idea mucho más acertada.
/Julio Miravalls
