Jueves, 13 de junio de 2024

Un Avlo de Renfe, alta velocidad low cost, en la estación de Atocha. /JM
Alta velocidad
Viajar de Madrid a Barcelona no plantea dudas: nada de avión, teniendo el tren de alta velocidad. Ese que por costumbre llamamos ave, aunque sea el de la competencia, menos quienes, de manera obsesiva, identifican a España en esa ‘e’ y les chincha. Tal vez se conformasen si les convencieran de que en realidad quiere decir ‘estatal’, como hicieron con la agencia nacional meteorológica (Aemet). Pero a ver quién se entretiene en eso, con la de frentes abiertos que hay.
Ahora bien, volviendo a la cuestión relevante, entre ave y avión, habrá que pensarse excluir la opción low cost de Renfe (Avlo tiene por mal nombre), o cambiarla de categoría. Podrían definirlo como un servicio de masaje duro de larga distancia. O ponerle nombre de parque de atracciones y decir que es el tubo de la risa (tonta), salta velocidad, o así.
El traqueteo a 300 kilómetros por hora es la memoria viva de cuando aún se viajaba en tren de carbón a 60 por hora. Un saltito en cada empalme de vías, ¡tra-tra! Sólo que este se las salta de tres en tres y es como si se generasen picos de antigravedad.
Algún recuerdo hay de cómo quedaba en aquellos tiempos la riñonera después de, por ejemplo, un Valencia-Madrid que duraba casi 12 horas en plena noche, intercalando generosas paradas para recuperar el aliento. Eran como slos descansos entre asaltos de un combate de boxeo para restañarse las heridas y recuperar un poco de aliento. Las cafeterías de las estaciones estaban abiertas a horas inverosímiles.
Ahora la paliza dura menos en tiempo, pero luego hay que poner a los ojos en reposo, agotados de perseguir letras que suben y bajan por la pantalla que vibra. Un trajín de no parar, la pongas como la pongas. Debe ser que en no van muy allá en flexibilidad los amortiguadores low cost.
En fin, que el trasto corre mucho, eso es verdad, pero pone el debate en otro nivel: ¿Qué prefieres, el rollo aburrido de los aeropuertos (con derecho a turbulencias incluidas), o el animado baile de san vito?
Yo, francamente, ya no sé a qué carta quedarme.
/Julio Miravalls
