EL BESTIARIO


 Martes, 30 de abril de 2024


Pedro Sánchez.

Sánchez

Según el Instituto Nacional de Estadística, en España hay más de 1,63 millones de personas que llevan Sánchez como primer o segundo apellido y 33.192 que son Sánchez al cuadrado. Pero Sánchez no hay más que uno, y a ti te encontré en la calle. En una manifa, seguramente. Da igual si a favor o en contra. Lo que importa para el modelo de negocio político es que haya lío.

“A nosotros nos conviene que haya tensión”, le dijo un día con tono de complicidad Zapatero a un periodista de su cuerda, que asentía complacido, sin enterarse ambos de que la confidencia estaba siendo recogida por un micrófono abierto en el plató de televisión en el que estaban.

Con los años, Sánchez se ha graduado como el mejor discípulo de la doctrina ZP. Su ejecutoria va de sobresalto en sobresalto. Si salta un escándalo, se tapa con otro mayor. Es la regla básica que aplica para sobrevivir en los tiempos trumpistas del TikTok. O del X, del muchimillonario Musk. No hay bombazo cuya onda expansiva dure más de dos semanas. La tensión, siempre in crescendo.

En eso les da sopas con onda a los del PP. ¡Anda que no le hubiera cundido a él pillar a Feijóo con un tito Berni brujuleando por Monforte de Lemos! O, mejor todavía, por El Ferrol del Caudillo, que ya no es del caudillo, pero, llegado el caso, se lo habrían resucitado los propagandistas. Después de todo, Sánchez lleva toda su vida en el primer plano político intentado enfrentarse a Franco, que le debe parecer un rival facilón para los tiempos que corren. Cuando casi nadie se acordaba ya de él [de Franco. Ni ahora del tito Berni].

Pero como no consigue resucitarlo, y ni siquiera le recibe en audiencia cuando le saca a pasear los huesos del Valle de los Caídos, lo que hace Sánchez es ver Francos por todas partes. Cualquier día lo verá incluso cuando se mire al espejo mientras redacta un decreto.

A menudo parece que, de tanto hacerles la propaganda a otros, Sánchez se mimetiza como si fuera un Zelig cualquiera [película de Woody Allen]. Promovió al Podemos de Iglesias y, aparte de copiar radicalizaciones, casi se deja la coleta hasta que se la cortó al otro. Luego le hizo la campaña a Yolanda Díaz, y si no se ha teñido de rubia como ella es porque enseguida se le ha desteñido y le ha quedado la suma en una división. Por no hablar de cómo retoma discursos de fugados, amnistiables e independentistas.

¡Franco, Franco, Franco...!

Lo de Franco es una fijación más duradera. Le dura años y así se le ha pegado. No ha habido un gobernante desde el 78 que se haya aproximado más a las maneras del viejo dictador, haciéndolo todo por decreto, yendo a las Cortes únicamente para ser ovacionado y recibir adhesiones inquebrantables (no para debatir, e incluso acordar, políticamente) y convocando manifestaciones plebiscitarias, aunque sea por personas interpuestas.

Lo único que le ha fallado un poco a Sánchez (o sea, a los suyos), es que en el fin de semana de su resurrección no podía citar a los fieles en la Plaza de Oriente. Primero, porque él no se podía encaramar al famoso balcón. Segundo, porque igual no la iban a llenar mucho. Y tercero, porque no podía arriesgarse la organización a que los llegados de fuera se fuesen a confundir con los turistas, agentes de seguridad y actores que hacen la estatua disfrazados de hazañas bélicas o pintados de purpurina. ¿De qué se iba a disfrazar él para competir con eso?

Pero ya pensará el amado líder que juntar en Madrid 10.000 votos seguros es un exitazo. Aunque muchos vengan de fuera. Le vale como baño de masas.

Sánchez ha aprovechado el puente largo que se ha tomado para reflexionar, hacer que sus fieles lo nombren líder providencial (a Franco también lo puso ahí la divina providencia, decían sus devotos) y, de paso acaparar, el primer finde de la campaña electoral catalana. O dinamitar su arranque.

Y todo eso, su acolito y jefe de opinión en el CIS se lo premia con 20 puntos extra en sus encuestas. Qué menos.

Es cierto que, a pesar del cesarismo, no aplica a su santa la regla aquella de que “la mujer del César no sólo ha de ser honrada, sino también parecerlo”. Y eso va a ser más difícil de disimular porque, legal o no, no hace falta mucho morbo ni escribir en algún pseudomedio fangoso para imaginarse sutiles conversaciones de alcoba. Por ejemplo: “He hablado con… [Hidalgo, Javier, Juanjo, su ayudante… o con Carlos…] y me ha dicho que sí, que me echan una mano con lo mío... ¡Me hace una ilu…!”. Y él, claro, respondería distraídamente, con la mente en otros altos designios, “¡qué majos!”.

Pero luego, cuando toca echarles una mano a esas gentes tan majas, ¿cómo se iba a llamar andanas el primer ministro? ¿No? A fin de cuentas, dos que duermen en el mismo colchón se hacen de igual opinión, dice el refrán. Y el colchón de La Moncloa tira mucho, que para eso se lo hizo comprar nuevo y a su gusto.

Cuentan que una vez le dijo Zapatero a su señora algo así como: “En España, cualquiera puede ser presidente. Fíjate en mí”. Y por las mismas, Sánchez le pudo decir a la suya algo como: “En España, cualquiera puede tener un doctorado o una cátedra. Fíjate en mí”.

Lo que pasa es que ciertas cosas luego resultan más indelebles. No se borran ni olvidan con cinco días de amagar un “que me voy”.

Cinco premieres en el Reino Unido

Cuando, después de morir Franco, se empezó a hablar seriamente de un nuevo régimen de corte democrático, el modelo que más envidia despertaba y se quería copiar era la monarquía británica. Sólo que aquí no podía haber una Cámara de los Lores por derecho de sangre. Y tampoco se implantó el modelo de votaciones cerradas por cada circunscripción, de modo que cada diputado se debe más a sus votantes directos que a la disciplina de partido. Es un matiz importante para que el Parlamento tenga un perfil propio. Habría venido bien.

Por eso, en el Reino Unido, desde 2010 ha habido cinco primeros ministros (que es el verdadero cargo del jefe de Gobierno, igual que Sánchez), sin haber cambiado el partido del Gobierno. Y no ha pasado nada. Con torpezas o listezas, su política tiene que seguir unas ciertas líneas maestras y ninguno de ellos ha sido considerado imprescindible.

Eso es lo que cabría definir como ‘normalidad democrática’. Los votantes normales tienen que saber a qué atenerse y no echar el voto por costumbre, a ver qué sale, como si fuera la bonoloto.

Cualquier aceptable jugador de mus sabe que no se pueden jugar las partidas de órdago en órdago. El que maneja la baraja, y tiene un poco marcadas las cartas, puede echarlo de vez en cuando a la grande. Sobre todo sabiendo que sólo hay un rey. ¿Quién le va a querer el arreón con un caballo o un par de sotas? Pero, ojo, que a chica, pares y juego en cualquier momento te pueden descubrir el farol.

(Nota para quienes no sepan de mus: a la grande ganan las cartas más altas, los reyes y los treses, que son equivalentes a reyes. A partir de ahí, el valor es, descendente, el numérico de cada carta. A la chica se juega al revés. Lo que más vale son los ases y los doses, que son sus equivalentes. A partir de ahí, cuanto más altas, peor).

El caso es que Sánchez juega con sus cartas y con las de los demás: las de los que tienen que sostenerlo hasta que les amnistíe; las de los que esperan sacarle pasta extra de donde sea; las de los que creen que les pueda facilitar alguna forma de distanciamiento del Estado; las de los que le necesitan para seguir cobrando la subvención, el sueldo o el sueldazo...

No parece que, aparte de los medios de comunicación, fango y fanfarria el país se alterase en exceso en esos cinco días que no conmovieron al mundo. Cada cual siguió a lo suyo, la jornada de fútbol se jugó sin brazaletes negros y las carreteras se llenaron de domingueros como de costumbre. Si el propio Sánchez adelantó una hora la resolución de su ultimátum sería porque él ya no aguantaba más la tensión.

A veces pasa que el que lanza el órdago, muy ansioso, coge al mismo tiempo la piedra para apuntarse "una porque no" sin esperar a que el enemigo diga algo. Y ya.

Pero la gran ventaja de Sánchez es, sin abandonar la metáfora del mus, que los mirones son de piedra y dan tabaco. Y a su alrededor, todos miran y callan. Acaso se apartan un poquito de la mesa de vez en cuando, para ponerle de hoja perejil ante su propia parroquia, pero le siguen aguantando la partida incluso aunque haga señas falsas. En el mus está prohibido. Pero en política ya se sabe que no. /Julio Miravalls