EL BESTIARIO


 Miércoles, 27 de marzo de 2024


Vinicius no puede contener unas lágrimas, antes del amistoso España-Brasil, al hablar sobre el racismo que padece.

Vinicius Junior

El futbolista Vinicius Junior, dejémoslo claro, es negro. Y además es peligroso. En particular para los equipos rivales, a los que tiene por costumbre marear y, en cuanto puede, les hace perder los partidos. Verle enfrente debe dar bastante miedo. Por todo eso, y siendo jugador del Real Madrid, es un blanco perfecto para la mala baba que tanto corre por los graderíos de los estadios.

A Vinicius le insultan, le abuchean y le desprecian no tanto por una cuestión de racismo -que también- como porque es el que más asusta, por sus habilidades, es el que más hace a los rivales temer la derrota. Y el fútbol se ha convertido en un refugio de fanatismos, patrioterías, rabias y frustraciones, en el que se estimula a la masa a jugar su papel en la batalla que es cada partido. Las desaforadas agresiones sonoras (y a veces, físicas) desde la grada a unos u otros rivales son tan absurdamente patéticas como esas imágenes de gente llorando a moco tendido por fracasar en un espectáculo deportivo que, por sí mismo, es intrascendente.

Es verdad que también, en esa hoguera de bajas pasiones que abrasa las gradas, asoma el racismo. El madridista Vinicius no ha sido la primera víctima por la pigmentación de su piel. A otros les han coreado antes y ahora mensajes humillantes y gruñidos simiescos. Alguna vez, hasta han tirado plátanos. Eso es racismo con premeditación. A los campos de fútbol es normal llevarse un bocadillo de jamón o de tortilla. Pero ¿quién se lleva un plátano y encima se lo tira a un jugador sin tenerlo pensado de antes?

En el caso de Vinicius es evidente que la agresividad se agudiza y se contagia entre estadios por lo expuesto en el primer párrafo: es un adversario que siembra el pánico en los equipos rivales. Encima, le han colocado una etiqueta de falta de contención. Así que prospera la idea de provocarle, sacarle de sus casillas y hacerle perder los nervios. Los hinchas juegan su partido. Y si reacciona, él es señalado como provocador de gresca.

Se da la circunstancia de que Vinicius Junior es uno de los jugadores que más faltas sufren en la liga española. Y aún así, da la sensación de que los árbitros sólo pitan una de cada cinco o seis ocasiones en que acaba en el suelo. Porque debe ser el que más veces por partido mide el césped con sus costillas. En la mayoría de los casos por alguna acción (legal o no) de un contrario. Pero eso no cuenta para evaluar su humor. Los árbitros hacen caso omiso. Y, en perversa consecuencia, debe ser también el que con mayor frecuencia se lleva la tarjeta por protestar.

Con esa explosiva suma de circunstancias, ahora se ha visto convertido en una especie de icono de la lucha contra el racismo, cuando en realidad debería ser una lucha contra todo tipo de agresividad en las gradas.

Cuentan que Alfredo Di Stefano, un jugador de leyenda, entre otras cosas, por ser un número uno mundial, por sus extraordinarias capacidades, su liderazgo y por la mala leche que gastaba, avisaba a sus compañeros del Madrid, cuando iban a saltar a un campo, de que no se preocupasen mucho de que les gritaran de todo: “Les metemos enseguida un par de goles y ya veréis cómo se callan”. Di Stefano era blanco.

Hace un año, Vinicius fue protagonista involuntario de un bochornoso incidente racista en Valencia. Desde entonces, en esa ciudad se estableció un clima de hostilidad contra él, en particular recalentado por cierto medio supuestamente deportivo, a cuenta de si había sido todo el estadio, o sólo una parte de la grada la que lo había insultado y vejado con gruñidos simiescos.

Cuando hace unas semanas tuvo que volver a jugar en ese estadio, como si el actual jugador hubiera escuchado en el vestuario la arenga del antiguo líder de su equipo, lo que hizo fue meter un par de goles.

Habrá quien diga que, a partir de ahora, esa debería ser la receta de Vinicius, en vez de calentarse tanto con lo que le dicen: un par de goles en la portería contraria y todo el mundo a callar. Pero nadie debería olvidar que, al fin y al cabo, es un muchacho de 22 años, trasplantado de país, que, cuando le dejan, se divierte con el balón.

Es injusto que se le añada la carga de convertirse en símbolo, en vez de permitirle que sea uno más de los 22 que se mueven por el campo (aparte de que, futbolísticamente, no sea uno más), aplaudirle los aciertos, reprocharle los fallos… o simplemente mirarle en silencio. Lo mismo que se debiera hacer con todos los otros.

Pero, hay que ser realistas, Vinicius, por lo que le acarrea el color de su piel, debería ser una señal de alerta grave en España, sin pamplinas políticamente correctas: el peor problema no es que se exteriorice algún racismo entre las masas, sino que se interiorice en toda la sociedad. Lo peor es que se asuma con la misma naturalidad con que se comprende y oculta la violenta agresividad de las gradas, bajando el volumen a los micrófonos de ambiente para que no se oiga en las teles. /Julio Miravalls