Lunes, 11 de marzo de 2024


El tren reventado en la estación de Atocha.

Así que han pasado 20 años

Un quinquenio es el tiempo de la desmemoria y el olvido para García Lorca en Así que pasen cinco años, teatro surrealista de lo imposible. Hoy se cumplen 20 de aquello que todos creemos recordar, antes de que el tiempo termine de desfigurar y borrar la memoria de un día que cambió el rumbo de nuestras vidas. Aunque entonces no supiéramos hasta dónde nos traería y ahora sea imposible imaginar hacía donde habríamos ido sin aquella terrible jornada.

Este es un artículo para escribir en primera persona, porque es lo que queda en el recuerdo de lo que este periodista vivió el 11 de marzo de 2004. Esta noche cae el telón del recuerdo judicial. Prescriben los delitos para los delincuentes que no fueran entonces perseguidos. Y todo lo demás se quedará definitivamente también en la sombra de lo que nunca se acabó de aclarar.

Aquella mañana las noticias llegaban a través de la radio. La gente no caminaba por la calle con la cerviz doblada y la nariz clavada en una pantalla táctil. Todavía no había smartphones. Faltaba más de un año para que llegaran los primeros con Windows CE (los HTC, ZTE…) y más de tres para el lanzamiento del iPhone, que se adueñó del concepto y lo popularizó. Pero toda España, todo Madrid, estuvo al tanto enseguida de las explosiones en cuatro trenes de cercanías.

Llevé a mis hijos al colegio, unos diez minutos andando desde casa, y me fui al periódico. En aquellas fechas era subdirector de El Mundo. Una tarea que, pese al nombre del cargo, se parecía más a la de los redactores jefe del cine americano: hacer seguimiento de lo que está pasando y de lo que se está moviendo en la redacción, controlar las páginas y reportar y comentar con el director cualquier cosa que suceda.

Pero esa mañana era especial. No me tocaba estar en la redacción ese día. Tras una reunión con los responsables, y aunque ahora se empeñe en recordar que se lo encomendó a mi colega y buen amigo John Müller, el director Pedro J. Ramírez me encargó ser “el redactor jefe” de una edición extra que pretendíamos llevar a los quioscos a primera hora de la tarde. Debían ser poco más de las diez de la mañana.

Las siguientes horas fueron seguramente las más tensas y angustiosas para el equipo que debía escribir con urgencia un contenido lo más actualizado y verificado posible, mientras las cifras de víctimas crecían.

En torno a la una de la tarde, con una idea muy aproximada de lo que había ocurrido, pero apenas indicios de cómo había sido, preparé un boceto de portada y se lo presenté al director. En el titular principal que le llevé atribuía la brutal cadena de atentados a ETA. Exactamente igual que lo plasmaron los papeles impresos de todos los competidores que lanzaron ediciones especiales, incluido El País. A esas horas la teoría dominante señalaba a la banda terrorista vasca.

Sin recordar palabra por palabra la conversación que mantuve con Pedro J., sí tengo bastante frescos los conceptos que surgieron. Lo primero, sus dudas sobre poner “ETA” en el titular. Más o menos me interpeló así: “¿Por qué estamos seguros de que ha sido ETA?”.

Le repliqué que esa era la respuesta que encontraban todos nuestros reporteros, especialmente Fernando Múgica y Fernando Lázaro, al hablar con sus fuentes que pudieran tener alguna idea sobre la investigación: policías, guardias civiles, contactos con el CNI, algún interlocutor de la fiscalía…

DUDAS

El director, sin embargo, dudaba. Él también llevaba toda la mañana hablando con fuentes del más alto nivel. Tanto del partido en el Gobierno, el PP, como de la oposición, el PSOE. Me comentó que había hablado con Zapatero, candidato socialista a las elecciones que se celebraban ese domingo. Entendí que le había inoculado una duda sobre un posible atentado yihadista.

“Pero ETA suele avisar”, me argumentó también Pedro J, para cuestionar el titular que le proponía. Le recordé que la Nochebuena anterior las fuerzas de seguridad habían interceptado en Burgos una maleta-bomba en el tren de Irún a Madrid.

Aquello, casualmente, me había tocado gestionarlo como máximo responsable de guardia en el periódico. Dijeron entonces que los terroristas habían dejado preparado un casete para lanzar un aviso antes de la explosión. Pero, qué fatalidad, las pilas estaban muertas. Hubiera estallado sin advertencia.

Además, para alentar algún convencimiento, ahí estaban las condenas públicas y explícitas de los políticos del País Vasco, incluido el nacionalismo, señalando a la banda. Y lo que algunos contaban sobre Otegi, ex líder de ETA y jefe de Batasuna, el movimiento político que sotto voce representaba sus ideas desde la legalidad. “¿Hemos sido nosotros?”, decían que preguntó, demudado, a algún correligionario. Entre los redactores que escarbaban en busca de datos sólidos la tesis era esa.

Pero no había certezas ni evidencias suficientes. En la duda, el director me ordenó quitar a ETA del titular principal de la edición que estábamos a punto de cerrar. “¿Lo paso entonces al subtítulo?”, le pregunté. Asintió.

La propuesta era un bloque de titulares con tres elementos, antetítulo, título y subtítulo de dos líneas, en el que se decía que las principales sospechas señalaban a la banda terrorista. Cuando Pedro J recibió la que debía ser prueba definitiva de la portada eliminó el subtítulo, para dejar más espacio a la foto y el texto. Era frecuente que quisiera poner en las portadas algo más de texto para soportar el peso de los títulos. ETA sólo se quedó en el texto. Señalada como sospechosa principal.

Una vez cerrada y lanzada la edición extra, no me quedaba mucho por hacer en el periódico. A media tarde regresé a casa.

Luego empezaron a aparecer cosas como una furgoneta aparcada, con detonadores y trazas de haber llevado explosivos. Una mochila-bomba, sin estallar, fue milagrosamente hallada de noche en comisaria, con pruebas que conducían a los que posteriormente serían declarados autores del atentado…

En más de un momento pudo parecer que el PSOE manejaba mejor información que el propio gobierno. La tesis islamista crecía en los medios más cercanos, mientras los responsables de Interior se resguardaban con alguna tibieza y falta de certezas.

La cadena SER lanzó el gran bulo de que se habían encontrado los restos de terroristas suicidas, con varios calzoncillos puestos, como, explicaban, solían hacer los islamistas cuando se iban a inmolar. Carezco de datos para saber si la información fue del PSOE a la SER o viceversa, pero sí tengo la certeza de que había cierta urgencia por poner el terrorismo islamista en primer plano. Reverdecer el 'No a la guerra' de Irak era un reclamo muy valioso para establecer relación y hacer señalamiento.

Permítaseme una observación sobre el funcionamiento del márketing político en España: las tres veces que el PSOE ha llegado al gobierno ha sido tras algún acontecimiento extremo que conmocionó de manera intensa a los españoles. González ganó sus primeras elecciones en octubre de 1982, veinte meses después de la intentona golpista del 23-F y con el juicio recién terminado, a punto para el verano. Zapatero, ganó por primera vez tres días después de los atentados del 11-M. Y Sánchez llegó al gobierno, sin ganar elecciones, con una moción de censura a Rajoy, en junio de 2018, ocho meses después de la fallida proclamación de independencia de Cataluña por el prófugo Puigdemont.

Por otra parte, las dos veces que ha llegado el PP, Aznar en 1996 y Rajoy en 2011, España estaba en grave crisis económica y sumida en recesión. Curiosamente, en ambos casos el ministro socialista de economía era Pedro Solbes.

LA TRINCHERA

Volviendo al 11-M, los acontecimientos se precipitaron. El PSOE, como ya se ha dicho, ganó las elecciones que, según todas las encuestas, tenía perdidas tres días antes. Ocurrió en un clima que, políticamente, cavó la profunda trinchera de odio entre su “nosotros y ellos” [cualquier con un mínimo de escepticismo que no esté ciegamente con su nosotros], con mensajes de “alerta antifascista”, movilizaciones mediáticas, artistas y figurantes, para imposibilitar cualquier acuerdo de la izquierda con la derecha. Es la herencia de aquel 11-M en la que seguimos viviendo.

Tres semanas después se suicidaron con sus propios explosivos siete individuos señalados como autores materiales de los atentados que habían dejado 192 muertos (años después murió otra víctima, tras permanecer en coma) en cuatro trenes.

Las torpezas en torno al suceso mantienen una amplia sombra sobre cómo esos sujetos fueron capaces de organizar y perpetrar aquella maniobra de precisión militar; elaborar las cargas y los mecanismos detonadores; colocarlas en cuatro trenes con diferentes destinos; y sincronizar con precisión las explosiones.

Fueron cazados tras poner otra bomba en una vía del tren que no estalló. Igual que el 11-M, quedaron visibles miguitas de pan para que les siguieran la pista.

El día 3 de abril, otra vez me tocaba estar al frente de la redacción de El Mundo, me avisó por la mañana Pedro Blasco, responsable de información municipal, de que la policía tenía localizados a unos sujetos sospechosos. Me dijo que una fuente le había advertido de que iba a “ocurrir algo gordo”.

Pasaron bastantes horas antes de que el operativo policial intentase el asalto en una vivienda de Leganés. Los terroristas se sabían rodeados y, según el relato, tuvieron tiempo para prepararse. Se agruparon en el salón para inmolarse con los explosivos que les quedaban. Pero ni siquiera esperaron a que los agentes entrasen en el piso para llevarse por delante a media docena, como cabía esperar de sus malvados instintos.

En la explosión murió el GEO que estaba en cabeza del asalto y se encontraba junto a su puerta.

Decir que sobre la verdad absoluta oficial del 11-M siguen quedando sombras y dudas razonables, como el mismo día de autos, es ganarse el epíteto de “conspiranoico”. Pero ya da igual. Se destruyeron los trenes, antes de que alguien pudiera plantear alguna contraprueba. Los jueces y bien pensantes dieron por esclarecida “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”. Y a partir de mañana, aunque surja cualquier evidencia que pudiera inducir nuevas investigaciones, será inútil: los crímenes habrán prescrito. La memoria se desvanecerá. /Julio Miravalls