Vierenes, 8 de marzo de 2024


La cola del bitcoin en la calle Francisco Silvela. /JM

La cola del Bitcoin

Alguien dijo, seguramente en clave de humor, que lo que diferencia al hombre como ser civilizado es la capacidad de hacer cola y aguantarse hasta que le toca.

Es decir, las colas nunca han tenido buena prensa: 'las colas del hambre', 'la cola del pan', 'la cola del autobús', 'la cola para vacunarse...'. En trágicas ocasiones, incluso alguna de esas expresiones ha servido como etiqueta para refererirse a asesinatos masivos, por bombas o francotiradores desaprensivos. Nada hay más indefenso que una hilera de personas mirando con angustia, a ver si el que va delante da un paso al frente, a ver si llega o le van a cerrar la ventanilla en las narices...

Ahora, por increíble que parezca, también se forma 'la cola del bitcoin'.

La imagen es de ayer, poco antes del mediodía, para llegar a una oficinita de cambio de bitcoins, que en su fachada incluye un cajero automático para la criptomoneda. Dos horas después de la foto la oficina estaba cerrada, aunque todavía se veía a algunas almas remolonear en torno a su puerta.

El bitcoin es una extravagancia tecnológica, que según sus fans iba a cambiar la estructura económica del mundo, descentralizando el control del dinero. Que se sepa, lo más que ha hecho es enriquecer a unos cuantos espabilados y quizás a algunos que comprasen unas monedas por broma en los primeros días, cuando valían un dólar o poco más, y hayan tenido la paciencia de guardarlas hasta que se hizo absurdo esperar más a liquidarlas.

La cuenta inapelable es que cuando unos se forran siempre es a costa de que otros, menos espabilados, salgan esquilados.

El bitcoin ha vuelto a pegar un estirón brutal en su ficticia valoración. Ahora cuesta más de 62.500 dólares cada unidad. Hace un año valía unos 23.500, tras desplomarse en semanas desde el entorno de los 50.000.

De modo que, con tales oscilaciones, es fácil imaginar que los ciudadanos que hacen cola en la acera madrileña esperaban pacientemente a recoger los beneficios de alguna inversión. Que no sería gran cosa, como mucho unos céntimos. Tal vez unos satoshis, cada uno de los cuales es una cienmillonésima de bitcoin. Hacen falta unos 1.700 satoshis para llegar a sumar un euro, según el cambio citado.

A la vista está que los que esperan no tienen pinta de ser grandes inversores que hayan apostado unos milloncejos por deporte. Esos, en todo caso, lo manejan todo con el ordenador y en un banco de algún lugar remoto y apropiado.

Muchos de los que ejercían su paciencia en la cola, tenían más bien aspecto de inmigrantes, esperando a convertir en cash su pequeña fortuna, antes de que la criptomoneda tenga otro arrechucho y se quede en la mitad -o quién sabe-, casi de un día para otro.

Podían entrar a la oficina "de dos en dos", como máximo, según advertía un cartel, pero era obligatorio pedir cita y registrarse a traves de un QR plantado en la fachada. Tal vez no hubo tiempo para todos.

Aunque, ya se sabe, hay que aguantar los requisitos y la cola porque, en asuntos como este, más vale pájaro en mano... /Julio Miravalls