Lunes, 5 de febrero de 2024


Antes y después: en una mañana, la máquina se pone a taladrar asfalto y dos horas después el coche ruinoso está 'protegido' por un foso a medida. /JM

Corte y confección de zanjas a medida

En la capital de las zanjas es natural que termine por desarrollarse un cierto arte. Los equipos están muy entrenados. Las viejas tuberías de agua están pidiendo a gritos una renovación, sobre todo ahora con eso de la sequía.

Los expertos vienen comentando desde hace años que, en un sistema de cañerías, lo más normal es que haya perdidas de agua entre un 10% y un 15%. Pero parece que en España esos porcentajes se disparan. Y en algunos barrios de Madrid, que en cuestión de tres o cuatro decenios han pasado de tener casitas bajas (“hotelitos”, decían los madrileños de toda la vida) a edificios de vecinos con tres o cuatro plantas, la condición de las tuberías es insoportable. Salen a reventón cada 15 días, más o menos.

Así que el Canal de Isabel II (“el Canalillo”, lo llamábamos en ciertos barrios) se pone manos a la obra, de manera metódica, para ir renovando tramos enteros de las viejas conducciones. Y aquí viene la gracia.

Para el zafarrancho que supone poner toda una calle patas arriba, llegan los servicios municipales, ponen avisos y cintas de que dentro de un par de días no se permitirá aparcar y vamos allá, con la calle despejada. Aunque en el día de autos (nunca mejor dicho), los que vienen a romper la calle tengan que preguntar a todo el que pasa si es suyo alguno de los coches que siguen aparcados. Al final despejan.

Sólo que sucede que el coche de las fotos llevaba ya más de una semana tirado contra el bordillo, con un aspecto lamentable: dos ruedas reventadas, el lateral izquierdo machado y sin retrovisor… pero aparcado en lugar correcto. Avisada la oficina municipal de que tiene pinta de estar abandonado, o ser un vehículo robado, su correcto emplazamiento no daba motivos para mandar una grúa. No debían saber lo del Canal.

Y así llega el día de las excavadoras. Naturalmente, nadie se acerca a retirar el coche malherido. Estorba para lo que hay que hacer, pero, ya que no se mueve, los obreros siguen a lo suyo: la máquina de romper asfaltos corta con primor y, poquito a poco, confecciona un foso a medida, rodeando al coche difunto como si fueran valiosos restos arqueológicos.

El vehículo se va a tirar ahí semanas protegido por las vallas y el suelo perforado. Ya no hay manera de moverlo. Quizás como truco para dejarlo en un aparcamiento a largo plazo no sea tan mala idea. Nadie le va a discutir el sitio que ocupa en una buena temporada. /Julio Miravalls