Lunes, 25 de diciembre de 2023


Árbol de mentirijillas, con un túnel para pasar a través de él. /JM

Navidades arbóreas

Los vendían hace años en la Escuela de Agrónomos, en la Ciudad Universitaria, por unos cientos de pesetas. Pero convenía darse prisa, porque no había muchos. El estudiante que los ofrecía solía explicar que eran árboles seleccionados y cortados con mucho criterio, dando razones para que nadie se sintiera incómodo llevándose uno a casa. Aunque luego acabase en la basura.

El árbol de Navidad no es una genuina tradición española, pero hace muchos años que dejó de ser una rareza en la decoración de las casas. Se ponía en un rincón, junto al belén, que según los gustos era un poco como una construir una maqueta artística, echando serrín como arena, harina o azúcar para fingir la nieve sobre montañas de corcho y, según el atrevimiento, hasta un arroyuelo con agua de verdad.

Al abeto se le ponían por encima unas guirnaldas, algunas bolas de colores y quizás una tira de luces con bombillitas que dejaban de funcionar en cuanto se fundía una. Los más manitas lo resolvían rápido, cortando o puenteando la que se había estropeado y las bombillas volvían a lucir.

El tiempo de Navidad siempre ha sido algo impostado, adornado y exagerado. Pero no tanto como ahora, caramba.

Por la calle se escuchan retazos de conversaciones (“no comas mucho, que luego es la cena...”; “¿Y cuántos os reunís este año...?”; “nosotros nos vamos todos los años de viaje...”), mientras las teles se desgañitan diciendo cuanto han subido los precios, cómo hacer un menú extraordinario con cosas que nadie comería para una celebración, o que la nueva moda es pedir la cena a domicilio.

El árbol navideño se ha convertido en un tótem. En realidad, ya ni siquiera es un árbol, sino una estructura metálica con miles de lucecitas que se presta a todo. Le pueden poner un túnel, para pasar por debajo, como en la zona de terrazas del centro comercial que se ve la foto. Quizás tenga hasta una rama de muérdago por dentro, para que puedan besarse las parejas, como nos ha enseñado el cine, en estos tiempos de irrealismo mágico. Madrid está lleno de mamotretos como esos.

Sólo falta que las estructuras lleven una etiqueta que explique que están hechas de acero verde, o de hojalata sostenible, lo que sea, fabricadas con energía sin emisiones y metales reciclados. O compensado todo ello con la plantación de árboles de verdad en algún lugar boscoso. En Navidad todo ha de ser perfecto.

Y vista la recua de alcaldes que compite por poner de año en año la decoración navideña más escalofriante, cabría sugerirles que para la próxima pongan un enorme árbol falso con un tobogán por dentro. O, mejor aún, con una montaña rusa que suba hasta la punta y luego se lance en picado para completar el descenso con un tirabuzón cabeza abajo. ¡Qué risa y qué sustos, para alegrar las fiestas!

La idea es que es un tiempo de felicidad obligatoria, alegría por decreto, como cuando hace tres años nos impusieron la mascarilla y el numerus clausus de comensales en casa para obligarnos a seguir vivos para la siguiente Navidad.

Por tanto, tampoco sería tan raro que este gobierno decretase que “un gramo de soma cura diez sentimientos melancólicos” (Aldous Huxley, Un mundo feliz). Y que se administre reglamentariamente a cada uno la dosis por prescripción legislativa.

El caso es que son fechas más de vacaciones que de tradiciones, cada vez más postizas para añadir decorados. Papá Noel, que ya es uno más del belén, ni siquiera tiene nombre en español. “Noel” es Navidad en francés, pero “Papá Navidad” suena fatal, ¿no?

Algunos modernos felicitan “el solisticio”, en vez de las festividades. Un toquecito laico y un poco pagano. Así que, puestos a replantear tradiciones, se podría considerar para las próximas que, en vez de árboles (verdaderos o falsos), se planten megalitos, más ecológicos, al estilo Stonehenge, que es donde se celebran los solisticios como es debido. Y dos veces al año, que cunde más.

Podrían venir druidas a cantar los villancicos y pedir el aguinaldo en cantos rodados, para tallar runas que te adivinen con inteligencia artificial cuándo vas a morir, al 98,7% de certeza. Como los fantasmas de Mr. Scrooge. Y si no sale, es porque un 1,3% de posibilidades es mucho. ¡Viva el futuro y abajo el pasado!

Mientras, tradiciones que sí eran se van diluyendo. Le pides a una IA generativa una ilustración de los tres Reyes Magos y pinta cuatro, todos de tez blanca. ¿De qué fuentes víricas saca la información y los sesgos?

No es que la nostalgia de otros tiempos sugiera que cualquier tiempo pasado fue mejor. Bueno, sí lo era según el DNI, que auguraba entonces más tiempo por delante para planear, esperar y desear cosas. Pero los años enseñan y dan derecho a ser un poco escéptico y un poco más misántropo ante tanta hipocresía de chuchillos pringados de melaza, con los que pasado mañana unos y otros volverán a apuñalarse.

La memoria y la experiencia también enseñan que el futuro nunca llega cuando y como se le espera, sino como toque. Y dentro de cien años, todos calvos. O no.

Así que, ¡felices navidades de 2123! Para los que lleguen. /Julio Miravalls