Miércoles, 20 de diciembre de 2023

Carrero Blanco


El coche de Carrero Blanco, en el patio interior al que cayó tras saltar por encima del edificio. / Wikimedia

Hace hoy 50 años que se produjo en España el último magnicidio (asesinato de un jefe de Estado o de Gobierno) hasta la fecha. Desde 1870 hasta 1973 habían sido asesinados cuatro primeros ministros: Prim, Canalejas, Cánovas y Dato. El 20 de noviembre de 1973, ETA hizo volar, literalmente, el coche de Luis Carrero Blanco, haciéndolo saltar por encima de un edificio y caer a un patio interior.

La bomba terrorista provocó un enorme socavón en la calle Claudio Coello, mató a los dos acompañantes -conductor y escolta- del jefe de Gobierno y causó graves heridas a un taxista que circulaba unos metros detrás del coche oficial.

Toda esta historia se ha recontado durante los últimos ocho o diez días, con la premura que impone el prurito periodístico de ser el primer en publicar algo. Aunque sea retrospectivo. Se han hecho análisis sobre la importancia del suceso, sobre las consecuencias políticas, sobre lo que pensó la gente común…

Aquel 20 de noviembre de 1973 este periodista llevaba algo más de un año trabajando en la Prensa del Movimiento (nunca tuvo que jurar los Principios del Movimiento, porque el régimen ya estaba en una evidente fase de relajación-descomposición). Desempeñaba una tarea administrativa al tiempo que ejercía de reportero novato en el diario Marca, que era parte de la organización.

La noticia llegó a las oficinas por la radio. Primero era una explosión de gas. Luego una bomba.

Y, en realidad, aparte del desconcierto, no cabe recordar grandes efectos emocionales. El jefe, un hombre bastante mayor y sin duda con un pasado vinculado al bando vencedor en la guerra civil, nos reunió brevemente para decir con ojos llorosos que eran momentos muy difíciles. No hubo mucho más.

Los más veteranos trataron de brujulear por las redacciones que compartían el edificio, en particular el diario Arriba y la agencia de noticias Pyresa. No había mucho que contar.

Pero antes de la hora de comer, cuando ya se conocía de manera general lo sucedido, empezaban a circular algunos chascarrillos sobre el dramático suceso.

Hubo días de luto oficial. La calle parecía cohibida, aunque se decía que en algunas casas se había brindado por el suceso. Y se susurraban chistes. Muchos chistes diferentes, difundidos boca a boca en cuestión de horas. Fue lo más sorprendente de la reacción popular.

Puede que algunos sectores de la población temblasen de miedo, aunque la sensación más palpable era una especie de indiferencia. La vida sigue. Esto sigue igual…

Tal vez los análisis políticos que se hacen desde la perspectiva actual adolecen de cierta miopía. Las cosas, de lejos, no se ven bien. Carrero Blanco llevaba apenas medio año en el cargo de presidente del Gobierno, en el que había reemplazado al propio Franco el 9 de junio. (Franco asumía a la vez la jefatura del Estado y decidió dejar el pluriempleo, que era práctica muy común para los españoles de principios de los 70).

Carrero Blanco, almirante de la Armada, se había desempeñado en el Gobierno desde 1941 y era el vicepresidente desde 1967. Pero no era un personaje muy conocido. No tenía la fama militar de su predecesor en la vicepresidencia, el capitán general Muñoz Grandes, ni la presencia pública de algunos ministros en cargos como Hacienda, Industria, Vivienda, Interior… Su sucesor en el cargo, Carlos Arias Navarro, era mucho más conocido, como ministro de Interior y, antes, alcalde de Madrid.

Quienes trataban de estar al tanto de la política española consideraban a Carrero Blanco el sucesor de Franco. El hombre llamado a perpetuar el franquismo. Quizás alguno percibió en esos días cierto desmayo en el caudillo.

Lo cierto es que al régimen le quedaba muy poco pulso, como se vería en apenas tres años, tras la muerte del propio Franco. El franquismo, por mucho que se empeñen en resucitarlo hoy en día los que desearían tenerlo enfrente, como un adversario débil y desacreditado, era ya un mundo muy cerrado y agonizante. La sociedad española, con sus dudas, incertidumbres y miedos, estaba aprendiendo a circular por otras veredas.

La gente se empezaba a acostumbrar a ocuparse de sus propios asuntos e ignorar los de la España oficial.

Es cierto que en los menos de dos años de vida que aún le quedaban a Franco tuvo tiempo de cometer algunas tropelías. Y es posible que la propia muerte de Carrero Blanco jugase un papel disolvente en un forzado futuro inmediato, de lo que habría sido España después de Franco.

La realidad es que la muerte del almirante, aparte de la sacudida de las primeras horas, no fue un acontecimiento que perdurase mucho sobre el ánimo de la sociedad. Dos días después se sorteó la Lotería y España se sumergió en las Navidades con el entusiasmo habitual.

Y apenas once días después del atentado, en su discurso de fin de año Franco dejó la frase que más se identificó después como su reacción al asesinato de su presunto delfín: “No hay mal que por bien no venga”. /Julio Miravalls