Miércoles, 13 de diciembre de 2023

Una mujer lee un libro en el Metro. /JM
Cabezas gachas
En ocasiones vemos gente rara por el mundo. No es que sean los otros. Muchas veces, incluso, hacen cosas que resultaban bastante normales en otros tiempos. Pero preservar costumbres tiene el precio de salirse de la norma, de las reglas unificadoras y del pensamiento único. Ser raro.
Lo habitual en el Metro de Madrid, y en los otros transportes públicos, es que ocho de cada diez pasajeros permanezcan continuamente con la cabeza gacha. Mayoritariamente con la nariz clavada en la pantalla del móvil. Ocasionalmente, con el móvil de medio lado, igual que empuñan la pistola los malos de película, clavado en la oreja. Así todos los circundantes tienen ocasión de enterarse de las operaciones de vesícula o de vagina, los cabreos adolescentes entre amigos o la lista de la compra. Suele ser una ración ineludible, incluso aunque también se estén consumiendo vídeos chorras o matando marcianos a tartazos.
Pero en ese paisaje visual y audiovisual que ha hecho doblar la cerviz a los madrileños (y prácticamente a todos los ciudadanos del mundo) a veces salta la imagen anacrónica de una mujer (evaluado sin rigor científico: lo más frecuente es que sea mujer), clavando la mirada en un artefacto con cientos de hojas de papel salpicadas de tinta negra. Libro, lo llaman.
Hace 36 años, cuando se puso en marcha el último periódico con formato sábana publicado en Madrid (era 'El Independiente', que salió como semanario), una reseña obligatoria cada día explicaba cómo había que doblarlo en cuatro para poder leer en el autobús con cierta comodidad, sin molestar demasiado a los demás. Para quien lo ignore, un periódico de tamaño sábana mide al menos unos 60 centímetros de alto por 40 de ancho.
Para los móviles, que se sepa, no existe instrucción alguna de cómo manejarlos en el transporte público sin dar la tabarra a los demás. Y eso que bastante tiene el sufrido viajero desmovilizado con vigilar sus bolsillos, por si los rateros, escuchar las letanías de los pedigüeños y mirar con aprensión si el cercanías se va a saltar las vías para irse por donde le dé la gana. Y que, luego, el ministro de los trenes no le eche a él, encima, la culpa. Que más que de trenes, parece ministro de carros y carretas. Otra anacronía, quizás para otro día.
/Julio Miravalls
