Miércoles, 6 de diciembre de 2023
Aquella Constitución

MADRID.- Aquella vieja Constitución, que nació con fórceps, cumple hoy 45 años con un par de graves defectos, producto seguramente del modo en que fue concebida: es una perfecta desconocida para la mayoría de los españoles, a los que apenas les suena de nombre. Y es demasiado larga, prolija y puntillosa en determinados aspectos, lo que la hace un poco floja de carnes y amorfa. Tiene demasiados detalles interpretables.
Por edad, está lozana, pero languetea de la pata derecha y renquea descaradamente de la izquierda, sin conseguir espantarse a los que, aún pretendiendo tumbarla, se agarran a sus pechos para ordeñar todo lo que puedan. Así se la ve ahora, tristona y encogida.
Todo ello viene de un origen apresurado e improvisado. La Constitución Española es hija de las prisas. Engendrada tras un referéndum sin alternativa: ¿Acepta usted que España sea una monarquía parlamentaria, o no?, se preguntó.
Era decir ‘sí’, o asumir el apocalipsis, el diluvio universal. ¿Qué habría pasado si la respuesta al referéndum para la reforma política de 1976 hubiera sido ‘no’? ¿Habría seguido gobernando el rey Juan Carlos con todos los poderes legados por Franco? ¿Con qué rumbo? ¿Se habrían conformado los últimos residuos del franquismo (que entonces sí existían realmente)? ¿Y los militares nostálgicos que mandaban en los ejércitos? ¿Qué habrían hecho los viejos republicanos…?
Votó, pese a la poca costumbre, el 77,8% del censo y el 94,17% dijo que sí. Algunos habríamos preferido que nos preguntasen qué modelo de Estado deseábamos, con dos opciones. Pero se impuso el posibilismo que ha sido desde entonces la verdadera fuerza dominante en la política española.
La mayoría de los que en aquel referéndum hubieran querido decir ‘no’, para plantear la otra alternativa, la república, prefirieron decirlo con la boca pequeña y alentar el sí. Pensaron que no era posible salir de aquel túnel de otra manera. Aceptaron lo que sí era posible para no seguir en él.
Y lo mismo ocurrió con la Constitución, en cuya elaboración estuvieron las más variopintas fuerzas de derecha -excepto los rescoldos del fascismo-, las de la izquierda, incluidos los viejos comunistas supervivientes de la guerra civil -pero tampoco los extremistas, exaltados de nuevo cuño- y un limbo de amplio espectro al que se llamó ‘centro’, en el que cabían incluso recientes mandamases de los estertores del franquismo.
Durante 45 años a aquello se le ha llamado ‘consenso’ y ojalá esa palabra se mantenga a flote otros 45, como objeto de deseo. Pero en realidad fue posibilismo. Fue aceptarse unos y otros y ceder hasta donde fuera posible, porque era la única posibilidad. Que es, en realidad, la clave de la negociación política. En los tiempos de las dos Alemanias, en la Occidental se llamó ‘realpolitk’: aceptar el hecho de que existía la otra, el bloque político contiguo, y que convenía ir haciendo lo posible para llegar algún día a algún punto común.
Pero cuando hace hoy 45 años se propuso refrendar aquella Constitución, sus ‘padres’, que eran siete, la habían pasteleado y enrevesado tanto como habían podido. Trataron de que no se notase mucho que se privilegiaban algunos territorios. Que finalmente se dieron por ofendidos porque al resto de las Españas se les daban opciones de parecérseles mucho. ‘Café para todos’, repudiaron enseguida, despectivamente, los nacionalistas, que siempre han pretendido ser diferentes.
A la hora de votar la Constitución, aunque partidos de la izquierda decían con la boca pequeña que su opción era la abstención, sus gestos y lenguaje corporal advertían a los ciudadanos de que debía salir el ‘sí’. Posibilismo para seguir adelante.
La participación se quedó por debajo del 70% (67,11%) pero el ‘sí’ obtuvo un rotundo 91,81% de los votos válidos. Casi nueve millones de votantes no acudieron a las urnas. Son muchísimos más los que nunca la han leído.
Esas son las circunstancias en las que nació aquella Constitución. Con el cordón un poco enrollado al cuello. Y parcheada varias veces desde entonces. Aunque jamás se han atrevido los políticos a asumir el verdadero procedimiento de reforma seria: disolución de las Cortes, tras aprobar los cambios que sean por tres quintos de los parlamentarios; nuevas elecciones y referéndum nacional para convalidar el nuevo texto constitucional.
A la Constitución se la ha dejado ahí, en una hornacina a la que se acude una vez al año para soplarle las velitas. Mejor no tocarla. Los gobiernos, las fórmulas y las alianzas se han basado siempre en que alguien hiciera lo que fuera posible hacer para controlar el barco. Y hoy se siguen haciendo cosas que parecerían impensables, simplemente porque son posibles. Porque la Constitución, silente en su retiro, consiente casi cualquier interpretación de parte. A muchos se les pondrían los pelos de punta si por una vez la leyeran y descubrieran algunas otras cosas que también hace posibles.
Tal vez habría sido todo más fácil si aquella Constitución, esta que hoy cumple los 45, hubiera sido más sencilla y generosamente concisa, limitándose a consagrar los deberes y derechos fundamentales de los individuos (no de los territorios, que como tales no deberían tenerlos), basados en la libertad, la igualdad, la integridad y el respeto, sin cortapisas; establecer con claridad la estructura política del Estado; y garantizar la separación y contrapeso de sus tres poderes fundamentales.
Del resto, que se ocupen las leyes comunes, que pueden evolucionar de manera más sencilla con el signo de los tiempos. Los 169 artículos de la Constitución son demasiados y la enturbian. Es la rémora que arrastra por el tiempo y las circunstancias de su nacimiento.
/Julio Miravalls
