Jueves, 23 de noviembre de 2023

El salón de casa, iluminado por un farolillo a pilas. /JM
¡Adiós, la luz!
En aquellos olvidados tiempos no era un fenómeno extraño. De vez en cuando, incluso con cierta frecuencia, las dos o tres bombillas de la casa hacían fundido a negro, junto con la radio, el brasero... e incluso la tele en blanco y negro, que también llegó a conocer esa época.
Entonces, con ingenua diversión infantil, exclamábamos "¡adiós, la luz!". Y corríamos a buscar las velas, colocadas en palmatorias, o en vasos, para vernos las caras fantasmagóricas.
Éramos un país pobre y la oscuridad no asustaba. Era parte del paisaje. La luz se iba unas veces sólo en casa, porque se fundían los plomos (y se podía arreglar con un hilillo de cable pelado); y otras, en todo el barrio, porque tocaba apagón por falta de electricidad en la red.
Hoy, mientras recopilaba noticias para la bitácora cotidiana (o casi), se ha ido la luz de toda la calle. Sin avisar, sin despedirse, sin velas de las que echar mano. Va para una hora. La casa está en penumbra, alumbrada por un farolillo a pilas que de vez en cuando parpadea, avisando de que esa luz quiere también largarse.
Habrá que pensar que, de tanto mirarse en este país en el pasado, de tanto escarbar en lo que pasó, en lo que algunos quieren imaginarse que ocurrió y en lo que no es memoria ni es historia, se acerca inexorable el tiempo de resucitar también aquellas viejas costumbres perdidas. Volvemos al oscurantismo de la autarquía.
Cuando cierren las centrales nucleares, prohiban quemar gas (que es antiecológico), el viento esté en calma y el Sol se vaya a iluminar el otro lado del planeta, simplemente exclamaremos "¡adios, la luz!".
O sea, habrá que ir pensando en volver a comprar velas.
/Julio Miravalls
