Jueves, 5 de octubre de 2023
Hace diez lustros, este periodista hizo sus primeros pinitos como cronista deportivo, escribiendo sobre los partidos que jugaban equipos de tercera división como el Carabanchel, Pegaso, Colonia Moscardó, Castilla, Atlético Madrileño, Torrejón, Sanse (de San Sebastián de los Reyes), Getafe…
En aquellos tiempos (vivo Franco, todavía), se daba por bien traída la idea de que el fútbol cumplía un papel de «sustitutivo de la guerra», más o menos incruento. De vez en cuando salía un jugador en camilla, pero no lo remataban luego para llevarlo al spoliarium, como a los gladiadores malheridos en el Coliseo romano.
Lo que discretamente se asumía sin debate alguno es que la masa asistía a los campos de fútbol para desahogarse. «El opio del pueblo», lo llamaban algunos concienciados.
Lo cierto es que las gradas del estadio, con la mayoría de la gente en localidades de pie, eran un hervidero de pasiones y gritos. Se podía insultar a voces a la autoridad impunemente (el joputa del árbitro, mayormente) y a los del equipo contrario. En ese momento era el enemigo. Incluso cabía provocar pequeñas algaradas, arrojando al campo las almohadillas de los privilegiados con asiento, o cualquier otra cosa a mano.
En las dos horas escasas que dura un partido, en el fútbol no regía la censura impuesta a la sociedad, ni la caridad cristiana obligatoria, ni el respeto por decreto al pensamiento único. Era la saturnalia dominical para el españolito de a pie.
Luego, entre semana, podías tropezarte con un señor que decía orgullosamente ser seguidor, a la vez, «del Aleti y del Bilbao» (quizás porque ambos se llamaban «Atlético», usaban los mismos colores y tenían un pasado común, nacido el madrileño como una sucursal del bilbaíno). También podía oírse a alguno decir que sus equipos eran el Madrid y el Valladolid (según como pronunciase el «id» final cabía adivinar su cuna). Como cosa natural, cada cual, el equipo de su lugar de origen y el local, sin mayores inquinas. O incluso otros, más atrevidos, podían citar al Barcelona en algún orden de preferencia, aún siendo madrileños. Seguramente pesaba la memoria del estupendo Kubala, en un equipo que alineaba a Asensi, Rexach y Marcial, y algún otro habitual de la selección española, además del genio holandés Johan Cruyff.
El fútbol de los años 70 conocía intensas rivalidades, como la del Madrid con el Atleti, que algunos pretendían politizar, considerando un gesto de rebeldía en los que se sentían colchoneros contra «el equipo del gobierno». Ignoraban, quizás, que más del gobierno había sido el Atlético, reclutado por el Ejército vencedor en 1939, a través del ministerio del Aire, para formar el Atlético Aviación hasta 1946.
Pero seguramente era más motivo para seguir a aquel equipo de los 70 el juego de los Adelardo, Ufarte, Luis y Gárate. Igual que el madridismo lucía a Amancio, Pirri, Santillana, Velázquez… y sus seis copas de Europa.
Eran tiempos, en fin, en que los recintos futbolísticos se aceptaban como válvulas de escape de pasiones reprimidas, en una sociedad que se había acostumbrado a moderarse el resto del tiempo. Y que, aún después del pequeño desafuero dominical, solía atemperar las burlas y discusiones del día después. Era una afición futbolera que no se ponía físicamente la camiseta de su equipo ni para ir al campo, salvo muy raras (y generalmente juveniles) excepciones.
La inexistente política de entonces, también salvo raras excepciones (el Barcelona ya era una excusa para poco sutiles escarceos nacionalistas), evitaba mezclarse con el fútbol.
¡Ah…!, pero la vida cambia.
En la medida en que la política se fue normalizando en España, tras la muerte del dictador, al tiempo que el fútbol cambiaba algunos de sus paradigmas y prosperaba el hinchismo feroz, la mezcla de ambos ámbitos se convirtió en un fenómeno más común. Aparecieron bandas de facinerosos, a menudo con identificaciones políticas extremistas (a veces impostadas), ocupando zonas de los estadios y promoviendo violencia con cualquier excusa.
La gente que iba al campo empezó a disfrazarse por costumbre con los colores de su equipo (hoy parece casi obligatorio llevar la camiseta) y los linces de la economía descubrieron los primeros atisbos de negocio asociado al fenómeno fan.
La palabra «fan» significa «fanático». Pero dicho abreviado suena mejor. Y a los fans se les puede vender de todo. Sobre todo, camisetas certificadas. Un modelo diferente cada año.
Y, pese a que la violencia alcanzó un cénit con la tragedia de Heysel (Bruselas), con 39 muertos en la final de la Copa de Europa de 1985, que obligó en todo el continente a contener los ánimos prohibiendo las localidades de pie en los estadios, las cosas han podido ir todavía a peor.
Mucho peor, incluso. Porque el modelo de relación agresiva que se ha ido estableciendo como normal en el ámbito del fútbol, basado en el odio visceral a determinados rivales, se contagia a cualquier ámbito de confrontación. Y ahí aparece otra vez la política. En este caso, con un flujo inverso.
En otros tiempos se podía imaginar que el fútbol, en España, jugaba un cierto papel como lenitivo de la ausencia de cauces políticos. Es decir, el fútbol era política. Ahora, dígase con horror, la política es puro fútbol.
En la misma medida en que la hinchada de un equipo (o buena parte de ella) no va tanto al campo para ver ganar a su equipo como para ver perder al otro (y humillarlo, según sea el grado de rivalidad), los políticos, partido a partido (como diría Simeone), azuzan más por la derrota del enemigo que por establecer en qué consisten sus modelos de sociedad, sus planes y con qué aliados.
Se puede apreciar demasiadas veces más satisfacción por la derrota en cualquier otro campo del detestado rival que por la victoria del equipo local en el propio. Y si el fútbol ha sido capaz de crear y fomentar esos odios africanos, basados en quién sabe qué afrentas, la política lo exacerba en mítines parlamentarios y campañas electorales que, entre mentiras y silencios sobre lo propio, exigen el voto para impedir que gane el odiado enemigo.
Ni en la política ni en el fútbol se acepta la ecuanimidad. Los mismos que rugen furibundos pidiendo «la pena máxima» (pena de muerte, sería la traducción cruenta) cuando un rival golpea (física o verbalmente), o mira fuerte, a uno de los peones propios, asumen como algo natural, inevitable y no tan grave que uno de los suyos desencuaderne a un contrario con una patada a la altura de la boca.
Véanse los actos de campaña política, escúchense declaraciones de políticos a los medios, avergüencen los supuestos debates parlamentarios, al ras de trifulca de taberna… y compárense con los comportamientos normales en los estadios.
Si los genios del marketing decidieron hace algunos años explotar el poder de las redes sociales para hacer negocio con las pasiones futboleras, los genios del marketing político las han convertido en las cloacas del activismo soez y provocador.
Todo se recalienta una y otra vez. Se atribuye a Franklin D. Roosevelt la gran convalidación del cinismo: «Tal vez Somoza [Nicaragua] sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta». Esa máxima está ahora en la divisa de cualquier actividad política, donde los peones hacen con gusto el juego sucio de insultar, retorcer las palabras, inventar o interpretar fuera de contexto cualquier cosa que pueda demonizar al adversario. Ya se lo pagarán con algún carguito cuando llegue el momento.
Es lo mismo que el futbolista que se revuelca por el suelo, enardeciendo a la hinchada, para que le saquen una tarjeta al contrario. O el modo en que el que tumbó a otro se aleja, encogiéndose de hombros y aplaudido por la fidelidad de la grada.
Y la fiel parroquia de votantes hooligans, rendida al hinchismo ciego, asume que esas son las reglas del juego también en las urnas, con el mismo fanatismo con que los seguidores de un equipo de fútbol dan por bueno que su defensa central tiene derecho a romper algunas piernas a lo largo de la temporada. Son cosas que pasan…
Se anuncia que España ha obtenido la organización del Mundial de fútbol de 2030 y la política corre a apropiarse del éxito: «lo desbloqueó» el primer ministro en funciones. El gol era del cancelado besucón Rubiales, pero se lo anotan a Sánchez.
Se inició esta pieza recordando aquel futbol madrileño de tercera división, cuando todavía la razón de Estado concedía unos diques virtuales de separación entra la vida real cotidiana, respecto a las severas limitaciones que establecía el Régimen, y los pequeños desmadres tolerados en los ratos de fútbol.
En aquellos tiempos, el Getafe, vestido de azul, jugaba en un campo pequeño llamado estadio de Las Margaritas. Luego, el club fue creciendo, se hizo asiduo a la primera división y se construyó un nuevo campo, un poco más grande y coqueto, al que pomposamente nombraron 'Coliseum Alfonso Pérez'. Es un campo de propiedad municipal.
Curiosamente, Alfonso Pérez, futbolista nacido en Getafe, nunca jugó en su equipo. Se formó y jugó en el Madrid, y luego en el Betis, Barcelona y Marsella, además de la selección. Le pusieron su nombre al estadio por ser, hasta la fecha, el futbolista más destacado que ha dado la localidad.
Ahora, el caso Pérez hiende otra muesca en el contador de la futbolización de la política. Al Coliseum le pusieron el nombre de Alfonso por las cosas que hizo con sus pies, no por lo que le pasara por la cabeza (aparte de que también la usase para meter goles).
Pero la política se ha hecho fútbol y absorbe la actividad deportiva como altavoz de sus propias tendencias. A Alfonso se le ha ocurrido expresar en un periódico algunas ideas propias, comparando el fútbol femenino y el masculino (particularmente en valoración económica) y añadiendo una pullita política. Los exegetas de la corrección política se han apresurado a repudiarle. Incluido el propio periodista que provocó-recogió sus declaraciones y al día siguiente publicó una columna para distanciarse convenientemente.
Aparte de la razón o no que pueda concedérsele a las opiniones del exfutbolista (quien quiera establecer criterio, que las lea, que vea algún partido de fútbol femenino y que luego opine), lo que nadie podrá reprocharle es que ejerza su derecho a opinar lo que le parezca. Y, si le preguntan, decirlo con sus palabras. Que ni eran insultantes, ni groseras. Como mucho, hubo algo de desdén (incluso consigo mismo, respecto a Cristiano Ronaldo), que es un matiz opinativo. Suave para los tiempos que corren.
Que la censura imperante, esa que fusila socialmente a los disidentes de la corrección política igual que hacía la del franquismo, se traslade con ese ímpetu al otrora santuario libertario del balompié es el último paso para imponer la camiseta obligatoria en la política.
Los prados verdes de los estadios, y las extensiones grises de toda la ruidosa comunicación en torno al deporte de masas, se han convertido esta vez en el terreno para otra cruzada del pensamiento único.
Se escribe por ahí que Alfonso se ha quedado sin «su estadio», porque el propietario, un ayuntamiento gobernado por el PSOE, de acuerdo con el club (sin duda aterrado porque le vinculen con las opiniones de un exfutbolista que nunca fue de los suyos), le ha quitado el nombre propio. Ya es sólo el «Coliseum» (sigue siendo pomposo para un recinto futbolero en el que nada más caben 16.500 espectadores).
La escandalera, los golpes de pecho, el cilicio moral que se intenta aplicar a España llevando al extremo conceptos que, en su medida razonable, sí son mayoritariamente aceptados por la sociedad, dibujan un modelo de imposición casi peor que el que imperó en un pasado cada vez más lejano.
Parece que el afán de la nueva censura está dispuesto a escandalizarse escudriñando hasta los retretes de los vestuarios. En aquellos viejos tiempos, por lo menos, los censores miraban para otro lado cuando se trataba del fútbol como una tolerada válvula de escape. /Julio Miravalls

Vista aérea del Coliseum exAlfonso-Pérez, en Getafe. /España Estadios, CC BY-SA 4.0 El fútbol es política
Rivalidades
Agresividad y violencia
Uno que no fue de los suyos
