Lunes, 4 de septiembre de 2023


Mensaje recibido ayer en un móvil instalado en inglés, razón por la que el mensaje está en ese idioma: los sustos en Madrid pueden ser multilingües.

¡Alerta!, ¡bombardeo nuclear...!

"Creía que nos estaban cayendo las bombas atómicas", dice un habitante de Madrid (a este periodista el incidente le pilló fuera), asumiendo que la tremenda alarma de protección civil cumplió su propósito: alarmó y aterrorizó a todo bicho viviente en la Comunidad de Madrid con el inesperado y desconocido repiqueteo estridente de los móviles.

Se podrá opinar que las autoridades han hecho bien en alertar de una amenaza, pero, honestamente, esto sólo sirve para ahondar en el descrédito de los meteorólogos. Los habrá serios y competentes, claro, pero, desde que las profecías climáticas se han convertido en un fijo de las portadas de prensa, prende y se expande (como un incendio provocado por la emergencia climática) la impresión colectiva de que andan más perdidos que un gato de Schrödinger en un garaje. O sea, el gato no sólo está perdido: ni siquiera se sabe si está vivo o muerto.

"Lo que pasó con Filomena", la gran tormenta de nieve, "fue desastroso y no estabamos avisados", protestan algunos, para poner en evidencia a los expertos de la Agencia Española de Meteorología (la 'E' de AEMET la traducen como 'estatal', por ese estúpido afán de quedar bien con los nacionalistas; tal vez porque la propia Cristina Narbona, que le puso el nombre, aunque sea socialista, también lo es). Claro que, salvo por aquellos que se vieron atrapados horas en la M30, poco se podía prevenir con aquella nevada.

Pero lanzar una alerta digna de un ataque nuclear por una previsión de lluvia de 120 litros por metro cuadrado (o sea, 12 centímetros de altura podía llegar a alcanzar el agua repartida uniformemente) es pasarse media docena de pueblos. Los técnicos del gobierno regional y los municipales, y toda esa ralea, no tienen derecho a poner así los pelos de punta a una población infantilizada que espera en cualquier momento el fin del mundo, ya sea calcinados por un rayo de sol o ahogados en un vaso de agua de lluvia.

Y resulta que al final fue un día de lluvia bastante normalito.

Estaremos bastante de acuerdo en que la Biblia es una colección de relatos de tiempos pasados, tamizados entre la mitología y la leyenda, sobre acontecimientos de impacto que debieron ocurrir, más o menos, de verdad. El que quiera añadirle valores místicos está en su derecho, por supuesto.

Y del libro de los hechos antiguos, uno de los más sugestivos es el del diluvio universal, parangonado en las escrituras y leyendas del pasado remoto de otras civilizaciones. Lo cual, por otra parte, no significa que se refieran exactamente a las mismas inundaciones catastróficas que arrasaron territorios habitados por humanos. Es que esos desastres ocurren de vez en cuando en diversas partes del mundo.

La clave del asunto es que la humanidad siempre ha prosperado a orillas de los ríos. Cuentan que en Madrid, cuando no se llamaba Madrid, también habitó una colonia de neandertales, que aprovechaba el río o los ríos, antes de que Quevedo redujese al Manzanares a la categoría de aprendiz.

Vivir cerca de un río significa que hay que saberse hasta donde puede crecer y no invadir su espacio natural. El pecado de los urbanitas modernos es que se saltan esa regla en todas partes del mundo. Cuando se ven las calles de una ciudad convertidas en torrenteras es innegable que alguien ha permitido construir por donde debería correr un río en tiempos de opulencia. O se han puesto obstáculos donde estorbaba, desviando el agua hacia zonas por las que no debería correr.

En todo caso, falta de conocimiento o de escrúpulos. Esos son los pecados.

Que el Metro de Madrid, los túneles para agilizar la circulación de coches e incluso las aceras se inunden cuando caen cuatro gotas (o quizás diez) es la eterna denuncia invernal a la imprevisión o impericia de los ingenieros, urbanistas y técnicos que deberían planificar, construir y conservar los drenajes, aliviaderos y alcantarillados de la ciudad. La alerta de ayer les tenía que haber retumbado en los oídos y las tripas a ellos. Sólo a ellos, para que sacasen a las calles sus brigadas de combate para empujar las aguas por el buen camino.

Al final, el gran ridículo del domingo nuclear en Madrid es que a las dos y pico de la tarde suspendieron el partido que debía jugar en su campo el Atlético de Madrid contra el Sevilla a las siete. Cuatro horas y pico después. Y resulta que a esa hora, ni llovía, ni el campo estaba encharcado como para no poder jugar.

Así, ahora puede quejarse el Pupas de que le han fastidiado el calendario, establecido de por sí con la mente codiciosa de unos programadores decididos a rematar la gallina de los huevos de oro por agotamiento. Y a ver de dónde van a sacar ahora los colchoneros una fecha para su partidito con el Sevilla.

Por creerse que iban a evitar una tragedia, los obsesos de la meteorología han terminado escribiendo un sainete. Es que no dan una. /Julio Miravalls