Sábado, 2 de septiembre de 2023

De repente, día de chubasqueros y paraguas. /JM
Huele a lluvia
Llueve. Estamos en verano, aún quedan 19 días, aunque algún merluzo diga en los medios que ya se ha acabado. Pero llueve, y las calles de Madrid huelen a tierra mojada donde hay jardines, o descampados, mientras chirrían los neumáticos sobre el asfalto humedecido.
Es día de mezclarse gentes de manga corta con otras de chubasquero o paraguas. Un día para los cinco sentidos. Huele a lluvia, se ven las prisas de algunos, mientras los truenos, al fondo, ponen la música y la lengua saborea ese regusto del aire húmedo que recorre los labios.
¡Ah!, y en cuanto al tacto, que cada cual elija sus sensaciones. Desde la mano que agarra el paraguas, hasta los resbalones del calzado veraniego, las gotas que de vez en cuando golpean la cara, o los cabellos que se erizan al contacto con ese inesperado frío de 18 o 20 grados.
Por supuesto que hablar de frío es un exceso. Si fuéramos nórdicos estaríamos en la gloria con esta temperatura. Y si fueramos gente normal saldríamos a la calle a ver caer la lluvia alborozados, después de tantos calores y tantas quejas.
Pero vivimos bajo el síndrome de la teleserie. Adrenalina y giros de guión cada cuarto de hora. Vivimos una era de adictos al susto. Ayer íbamos a morir de calor, hoy algún comunicador descerebrado ya puede firmar la amenaza de una ola de frío, una dana-dana, de alta cuna y de baja cama, que nos quiere llevar por delante, para que muramos congelados. O ahogados en las calles anegadas por la tormenta y la incompetencia urbanística...
Con lo sencillo que es decir: llueve, se acerca el otoño, siempre inestable y tormentoso. Pero, como proclamaba otra canción, aún quedan días de verano.
