Miércoles, 26 de julio de 2023

Foto JM
Reservado: no entrar
Describía Pío Baroja en La Busca, allá por el comienzo del siglo XX, una sacrosanta institución muy poco apreciada en el sucio Madrid de la época que, como casi todas las ciudades, carecía de agua corriente en las casas para lavarse la cara y otras partes pudendas. Aquella institución eran los traperos y chatarreros. Esos seres nada sigilosos que recorrían las calles adoquinadas con sus carros, arramplando con todos los trastos, muebles y cachivaches que encontraban por las aceras.
A veces entregaban unos centimillos al vecino que quería deshacerse de algo que pudiera parecer relativamente valioso. Pero la realidad es que a ellos todo les valía para algo. Lo que se podía reparar o remozar, se revendía en sus chamizos o en el Rastro. Lo que no, se desguazaba y se aprovechaban los trozos o las piezas. Y en el peor de los casos, hasta lo más inútil podía servir para alimentar un fuego. Eran como esos insectos que aparecen inexorablemente para aprovechar hasta el último átomo alimenticio de un cadáver.
Ya no hay traperos, cómo se los echa de menos. Aunque sí hay chatarreros, cartoneros y mendigos que recogen lo que les parece que pueda servirles de algo en cualquier amontonamiento de basuras. Así que los contenedores en la calle se convierten en inimaginables vertederos municipales donde, discretamente, los vecinos tiran de todo. Antes o después desaparecerá sin dejar rastro.
Esa puerta, apoyada sobre el bombo de plástico para cartones, fue alguna vez la entrada prohibida a un "RESERVADO" que, por alguna razón, un día dejó de funcionar. "Estropeado", escribieron sobre el cartel hecho a mano, junto con una señal de tráfico que prohíbe el paso y un dedo índice admonitorio. Así que, no intente abrirla. Detrás está la nada, esperando a la reencarnación de un trapero en el siglo XXI capaz de imaginar para qué sirve una puerta por la que no está permitido pasar.