Lunes, 24 de julio de 2023

El monstruo de Frankestein acecha a los candidatos tras el recuento de votos y escaños.
DIARIO DE CAMPAÑA (El día después)
Los laureles de la derrota
JULIO MIRAVALLS
La noche en que todos habían perdido, sólo uno renunció a poner sobre sus sienes los laureles de la victoria. Probablemente, no porque se reconociera derrotado, sino porque rumiaba la furia amarga, tras haberse relamido pensando en las exigencias que iba a plantear para la formación de Gobierno.
Nos habíamos creído todos -él líder de Vox también, evidentemente- los augurios de las encuestas. Ni uno sólo de los druidas dio en el clavo. Tampoco el asalariado del Gobierno, Tezanos, por más que en plena ceguera partidista algún medio trate hoy de reivindicarle: él dijo que ganaba el PSOE de Sánchez y tampoco ha sido así.
La profecía era ganar, ganar. O sea, sacar más votos que ninguno otro. No esa victoria por la que con tanto entusiasmo se autocoronó de laurel anoche el primer ministro en funciones. Cabe la probabilidad de que consiga repetir en el cargo, pero ni ganó ayer las elecciones, ni su partido puede presumir de un resultado lustroso con esos magros 122 escaños que apenas son poco más de un tercio de la cámara. Después de cinco años de hacerlo, en su opinión, "muy bien", tiene apenas un par de escaños más que en 2019. Y 7,7 millones de votos, cifra que en otros tiempos no lejanos -antes de llegar Sánchez- se consideraba el suelo del partido. Su triunfo es no haber caído más abajo.
La euforia del sanchismo en la noche electoral -sus hooligans ya lo veneran como 'legendario superviviente'- sólo es comparable a la de su muleta rubia, celebrando a besos el inmenso triunfo de haber perdido nada más que ocho de los 39 escaños que sumaban en el anterior Congreso los grupos integrados en su candidatura. Eso era antes de que los sumara ella. Pero Díaz se vio anoche vicepresidenta del futuro Gobierno y también agarró por su cuenta la corona de laurel. Lo que está por ver es si hará el papel que hizo en su día Iglesias, un poco por libre y un poco como correveydile de Sánchez, para convencer a todos los partidos de las minorías nacionalistas de que les presten sus escaños para investirle.
El número mágico son los 153 escaños que tienen PSOE y Sumar, frente a los 169 que juntan PP y Vox, agitados, no mezclados. Con que UPN o Coalición Canaria (un escaño cada uno) voten en la misma dirección que el bloque de la derecha, bastará con que rechace a Sánchez un grupo nacionalista con 5 escaños (como el PNV), o más, para que esa investidura sea imposible.
Tampoco el aspirante Feijóo podía ponerse anoche la corona de laurel. Pero lo hizo, con cara de pocos amigos y, seguramente, haciendo de tripas corazón.
Es verdad que el PP ganó las elecciones con más de 8 millones de votos y que el subidón de escaños (+47), respecto al gatillazo del antecesor Casado (89), es una recuperación espectacular. Pero gobernar, como creían y creíamos, lo va a tener casi imposible con el clima de extrema polarización que ha impuesto, no seamos ingenuos, el partido del gobierno en funciones. El noesnoismo de Sánchez desde hace cinco años, y ya con unas elecciones repetidas ("con Rivera, no", le coreaban entonces sus fanáticos), ha dado lugar a ese grito guerracivilista de la noche de Ferraz ("¡No pasarán!") que para él legitimará cualquier cosa que pretenda hacer.
El hombre que buscaba votos "bajo las piedras" (quizás se refería a la losa de Franco en el Valle de los Caídos y otros enterramientos) puede sentirse libre hasta para ir a Waterloo a negociar un perdón... si es que no le detienen antes a Puigdemont y se lo llevan esposado a La Moncloa.
Pensar que cualquiera de los cuatro partidos de ámbito nacional pueda proclamarse triunfador del 23-J es un puro ejercicio de voluntarismo.
El mutuo sostén publicitario que se han prestado PSOE y Vox se difumina, porque las pueriles exigencias maximalistas de Abascal le han costado perder 19 de los 52 escaños que tenía -y encima acusa a otros de "desmovilizar"-. Al PP le deja sin opciones reales de gobierno -aunque Feijóo se postule-. Y al PSOE sólo le ha servido para "resistir". Estimular el voto es bueno, pero en el clima que vivimos, con la excitación es frecuente estimular el voto a favor del contrario. Sánchez lo sabe.
Y al fondo se proyecta la sombra de Frankestein. Aunque, de todos los que aportaron alguna víscera para crearlo, solo al Bildu de Otegui le ha ido verdaderamente bien: se han normalizado sus exigencias extremas y ha sobrepasado al PNV -coautor de la historia con sus abstenciones y apoyos puntuales- que ahora debe tentarse la ropa ante las elecciones locales vascas. De los catalanes, ERC ha pagado con la pérdida de casi la mitad de sus diputados -cae de 13 a 7- la cercanía a Madrid a cambio de perdones e indulgencias para sus condenados golpistas. Incluso Junts, que no ha estado en el equipo del doctor Frankestein, pierde un escaño por ese fenómeno de "españolización" del voto del que se quejaba con la resaca electoral el republicano Rufián.
Todos perdieron anoche. Incluso los votantes que se tomaron en serio lo de arrostrar el calor para apoyar a los suyos en un envite final. El indeseable panorama de repetición electoral sería un castigo para todos, tal vez en torno a las Navidades, con pocas opciones de que la ingobernabilidad mejore. A menos que los más exaltados se caigan del guindo.
Las hojas de laurel de anoche estaban resecas.
Post Scriptum (29 de julio).- Cinco días después del recuento electoral, el voto procedente de españoles en el extranjero resta un escaño al PSOE en Madrid y se lo otorga al PP. Quedan, por tanto, con 121 y 137 diputados, respectivamente. EL PSOE de Sánchez sólo mejora un escaño al anterior PSOE de Sánchez, y el PP de Feijóo supera en 48 al PP de Casado. Aunque los equilibrios de bloques siguen siendo muy parecidos, ahora la abstención de cualquiera de los grupos independentistas entregaría al bloque de la derecha una minoría de bloqueo suficiente frente al conglomerado que pretende Sánchez. El monstruo de Frankestein necesita la chispa afirmativa del prófugo Puigdemont para cobrar vida.
Quedan otras dos salidas: o alguno de los minoritarios nacionalistas-independentistas se desentiende por completo y deja obrar a los números de las urnas, o el PSOE se apea del burro y se aviene a negociar una gran coalición. Y si no, la repetición electoral será inevitable, porque los enemigos de que pudiera gobernar la derecha también forman una mayoría de bloqueo.¡Menuda encrucijada para la democracia española!