Sábado, 22 de julio de 2023


Yolanda Díaz, Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal.

DIARIO DE CAMPAÑA (16)

¡Reflexionad, criaturas!

Cuando la democracia se estableció en España, con la constitución del 78, como a los españoles nos pillaba de nuevas, los legisladores se fijaron en lo que se hacía en otros países. De ahí sacaron ideas como lo de prohibir las encuestas electorales la última semana o cerrar la campaña un día antes de votar, para dedicar la última jornada a la reflexión. Nada raro en España, con su tradición católica, que impone el examen de conciencia antes de ir a confesarse. O sea: se lo piensa usted un ratito, se quita de la cabeza todas las bobadas y maldades de estos días y piensa por un momento a qué partido quiere y le conviene apoyar (que a veces no es lo mismo).

Lo primero que habría que plantearse, y en eso la educación española es brutalmente deficiente, es un conocimiento real de lo que significa votar en unas elecciones generales. ¡Que no se elige un 'presidente de España', caramba! A los cabezas de lista Sánchez, Feijóo, Díaz y Abascal no los vota nadie más que los electores de Madrid que los elijan. Dan vergüenza ajena todos esos periodistas y políticos que fantasean, creyéndose en Washington, con atribuciones presidenciales, primeras damas y otras memeces fuera de lugar.

¿Que en el fondo tienen razón porque de las elecciones sale un presidente [de Gobierno]? Entonces, ¿por qué se cuenta con que Sánchez podría volver a ser primer ministro, aún dando por muy cierto que en las urnas no ganará su partido? En un régimen presidencialista, el segundo nunca gana.

Así que, queridos niños -cincuentones incluidos-, empecemos por reflexionar que esto es una democracia representativa, con circunscripciones provinciales. Y lo que cada uno elige es quiénes desea que le representen en el Congreso y en el Senado. Esos representantes son luego los que han de ponerse de acuerdo en elegir para el cargo al candidato de un determinado partido, probablemente con el apoyo de otro u otros, tal como están las cosas. Ya sabemos que puede acabar siendo como una subasta de sillones.

Y dicho esto, que levante la mano el que se sepa los nombres de los tres primeros en la lista provincial del partido al que piensa que va a votar. ¿Nadie? ¿Uno allá, al fondo...?

Consideremos, pues, ¿cómo podemos protestar que los representantes provinciales no den la cara por los intereses locales de sus electores si ni siquiera sabemos quiénes son? ¿Qué les tira a los diputados de la España del lobo, de la España seca, de la vacía, de donde importa la pesca o de donde los paneles solares se comen los campos?

La realidad es que a los diputados provinciales los eligen los líderes de partido que los colocan en un lugar de la lista con posibilidades. Luego se lo hacen pagar con ese horror antidemocrático que llaman disciplina de partido. Prohibido tener intereses (legítimos) o ideas propias y mucho menos decirlas en voz alta. Lo que mande el jefe.

Entonces, cambiando la línea reflexiva para no caer en el desánimo, ¿pensamos en lo que han mostrado esos cabezas de lista...?

...¡Vaya! Es otro examen difícil.

Se puede pensar en votar a uno para que no gane el otro. Se puede votar a este para que ese no haga coaliciones con aquel otro. O con aquellos. Se puede votar por manías. Se puede votar por costumbre, o por fidelidad a la historia de un partido (aunque los propios líderes del partido no se la guarden tanto). Se puede votar por odio (incluido el odio a los que se etiqueta como odiadores). Se puede votar por frivolidad. Se puede votar por sentido común...

O sencillamente, se puede votar por el convencimiento que un determinado partido sería el más favorable a los intereses propios y a los de la gente que le importa al votante.

Bueno, criaturas, lo mejor es que no le deis más vueltas. Si ya habéis examinado vuestras conciencias y estáis contritos, no os desaniméis. Esto es lo que hay. Y, ¡hala!, ahora, a confesarse con las urnas.

Para la próxima ocasión, como propósito de enmienda, podríamos reclamar que se hagan 15 jornadas de reflexión y una de campaña. Pero la penitencia de cuatro años ya no nos la quita nadie.